«No me cuelguen, hijos de la gran p…»

Ilustración / Imagen de e-consulta.com

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Por Roberto Escobedo Caicedo

Es bien conocido que entre Rivas y Costa Rica existe un corredor para el tráfico de cargamentos de cocaína, heroína, marihuana y metanfetaminas en ambos sentidos. Esto ha hecho que la plaza de Comandante de la Policía Orteguista  de Rivas y el cargo de jefe de la policía antinarcóticos sean de alta rentabilidad para uniformados corruptos, los que deben simular decomisar drogas y dinero en efectivo, cuando lo cierto es que la mayor parte de esos cargamentos prohibidos son entregados al jefe del cártel orteguista. Pero tanto Ortega Saavedra como los miembros de su entorno mafioso no toleran que nadie les haga un «mal serrucho». Por eso fueron capturados un grupo de narcotraficantes que trabajaban coludidos con el jefe de la policía antinarcóticos, Comisionado Estéban Delgado y varios de sus cómplices, entre estos Francisco Javier Ponce Sanarrusia.

La forma en que fueron capturados los cómplices del jefe de la policía antinarcóticos de Rivas, Comisionado Estéban Delgado, con individuos vestidos de civil, máscaras o pasamontañas que les cubrían la cara y equipados con armas que no son de uso de las fuerzas de policía, amarrados en lugar de esposados y conducidos a lugares desconocidos, pone al descubierto que se trataba de un ajuste propio de gángsters. Lo único fuera del guión fue que los agentes de la policía encargados de la captura de los mencionados delincuentes reemplazaron el uniforme por la vestimenta ordinaria y las armas, de las que utilizan los delincuentes comunes.

Todo indica que el coordinador del equipo civil de narcotraficantes que colaboraba con la Policía Orteguista, estaban encabezados por Ponce Sanarrusia. Este fue torturado salvajemente, como entrenaron los mercenarios extranjeros a los esbirros de la Dirección General de Seguridad del Estado durante las jefaturas de Hugo Torres Jiménez y Lenin Cerna Juárez, lo que le provocó la muerte, decidiendo entonces trasladarlo a las celdas de las cárceles de «El Chipote», simulando que se había suicidado, recurriendo al expediente de colgarse de una cuerda. Como ocurre siempre en estos casos, los cómplices de los verdugos orteguistas, el personal médico del Instituto de Medicina Legal, dictaminaron que Ponce Sanarrusia se había «suicidado». No hay que olvidar que entre ese personal médico se encuentra Abad Balladares, el que sometió a grupos de prisioneros políticos de la Cárcel «Modelo», de Tipitapa, durante el período 1979-1990, a experimentos médicos criminales, siendo el que por unos «dólares más» le diagnóstico, «stress carcelario» a William Hurtado, asesino confeso y convicto del periodista, Carlos Guadamuz Portillo.

Siempre que se mencionan las celdas de las cárceles de «El Chipote», atribuyen su construcción a Somoza Debayle. Algo totalmente alejado de la realidad, porque de haber ordenado su construcción, nunca hubiera permitido que les pusieran tal nombre.Estas cárceles se comenzaron a construir en octubre de 1979, durante el llamado Gobierno de Reconstrucción Nacional, donde figuraba como cabeza del mismo una Junta, de la que formaban parte los representantes orgánicos de la burguesía nicaragüense, aliada del sandino-comunismo, Violeta Chamorro y Alfonso Robelo Callejas, utilizando mano de obra esclava de los primeros prisioneros políticos, dirigidos por estudiantes de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional de Nicaragua. Era Director General de la Seguridad del Estado, su fundador, Hugo Torres Jiménez, el que al ser reemplazado por Lenin Cerna Juárez fue designado Comisario Jefe del Ejército Popular Sandinista, cargo desde el cual dirigió operaciones punitivas contra los campesinos sospechosos de colaborar con los efectivos de las Fuerzas de Tareas de la Resistencia Nicaragüense.

Las nuevas cárceles construidas por los sandino-comunistas en la Loma de Tiscapa, fueron formalmente inauguradas el 20 de noviembre de 1980, cuando trasladaron de la Cárcel «Modelo», de Tipitapa, a nueve prisioneros políticos, los que siendo parte de un grupo de 300, esperaban ser llevados a las mazmorras de la Fortaleza de «El Coyotepe». Ese día, el verdugo sandino-comunista, José María Alvarado, alias «Chéster», Director General del Sistema Penitenciario, el que había relevado en el cargo al poeta-verdugo, Francisco de Asís Fernández Arellano, alias «Chichí», llegó a la cárcel de Tipitapa, llamando a ese grupo de prisioneros considerados, «irrecuerables para el proceso revolucionario». Eran: Hugo Torres Llanes, Juan José Puerto Pérez, Oscar Roberto Porras Medrano, Roberto Zelaya Blanco, Otoniel Portillo González, Róger Antonio Vega Morales, Ricardo Gómez Marenco, Manuel Antonio López Bravo, José Francisco Pizzi Pérez. Despojados de todas sus pertenencias por las tropas de choque de la Seguridad del Estado, fueron conducidos a una camioneta-jaula, siendo esposados uno con otro. Los que quedaban en los extremos de cada fila, fijaban uno de los extremos de las esposas a argollas de acero soldadas a la carrocería.

Según narra en su libro el autor de «Nicaragua en la Conspiración del Silencio», los prisioneros estuvieron en esas camionetas-jaulas desde las 11:00 A.M. hasta las 5:00 P.M., sufriendo toda clase de burlas y ofensas de la soldadesca sandino-comunista, el calor sofocante porque cerraron las ventanas del vehículo, imposibilitados de realizar sus necesidades fisiológicas. A esa hora, se inició el viaje a las nuevas celdas de lo que llamaron «El Chipote»; un jeep precedía la caravana, luego seguía la camioneta-jaula y finalmente, otro jeep. Sonando las sirenas, tomaron la carretera norte, llegando a las instalaciones de la Seguridad del Estado, donde personal de servicio procedió a quitar las esposas a los prisioneros. Solamente quienes han estado sentados e inmovilizados durante horas, saben lo difícil que es levantarse, Para acelerar este proceso, los esbirros de servicio procedieron a culatear a los prisioneros para ayudarles a desentumecer las piernas.

Según narra el autor de «Nicaragua en la Conspiración del Silencio», página 400 y siguientes, ordenaron formar a los prisioneros y los miraba como «animales raros» el sádico Jefe de Operaciones de la Seguridad del Estado, Raúl Cordón Morice. Fumaba un habano. Preguntó su nombre a cada prisionero, haciendo comentarios jocosos después de escucharlo. Preguntó porque faltaban el Coronel Ex-G.M., Alberto Moreno Gutiérrez y el dirigente deportivo, Carlos García Solórzano. Sus secuaces contestaron que no figuraban en la lista entregada al Director del Sistema Penitenciario, José María Alvarado.

Expresó a los prisioneros que formaban parte de un Estado Mayor de Guardias Somocistas en la Cárcel «Modelo», de Tipitapa, manteniendo relaciones estrechas con oficiales operativos de la CIA y personal de la embajada gringa en Managua, siendo los responsables que los reclusos rechazaran la Reeducación Penal. Pero agregó que una estadía en las nuevas cárceles del pueblo para someter a los enemigos de la revolución popular sandinista, los haría cambiar de opinión.

Luego preguntó al Coronel Ex-G.N., Hugo Julián Torres Yanes, si había sido miembro de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN), recibiendo una respuesta afirmativa. Le dijo entonces que cuando estuviera en las nuevas celdas, diría en su fuero interno, si hubiéramos tenido a nuestra disposisción estas instalaciones, no hubiéramos perdido el poder. Pero dichosamente, agregó, ustedes sólo pensaban en robarse el dinero y no en prepararse para enfrentarse a la insurgencia vanguardizada por el FSLN.

Cada prisionero recibió un uniforme de color azul, tipo overhaul, de tela especial, porque si se deshilachaba para hacer una soga, no había donde colgar uno de los extremos y además, ese tipo de tejido no soportaba las tensiones propias del peso  de un adulto, siendo materialmente imposible pensar en el suicidio.

Las celdas eran nuevas, de unos 2.5 metros de largo, 1.75 metros de ancho y unos 3.0 metros de alto. El techo era una losa de concreto, donde no había nada para fijar el extremo de una cuerda, si el prisionero pensaba en el suicidio. Tampoco disponía de ventanas. El aire entraba por un hoyo en la parte inferior, donde ingresaba  a través de un ducto. A la entrada había un hoyo en el suelo, donde se descargaba el agua cuando se bañaba el recluso o realizaba sus necesidades fisiológicas. La puerta era de lámina de acero, que tenía una pequeña ventana cerrada con alambres y en el corredor, estaba una bujía, por donde entraba la iluminación indirecta, la que prendían únicamente cuando el prisionero recibía la orden de bañarse y le daban la bazofia que hacía las veces de comida. No podía tener ningún recipiente para tomar agua, debiendo hacerlo abriendo la llave del baño. Adosado a la pared había un camastro para que durmiera el prisionero sin ropa de cama ni nada por el estilo.

Harrison Salisbury, periodista norteamericano, en su obra «Las Puertas del Infierno» y el disidente soviético, Alexandr Solzhenitzin, en «Archipiélago Gulag», denominan a este tipo de celdas de «máxima seguridad» y «confinamiento solitario», donde abundan los instrumentos de tortura utilizados desde tiempos inmemoriales para quebrantar la resistencia de un prisionero, la oscuridad y el silencio. Muchas veces no sacaban a interrogatorio alguno, sino que las funciones de estas celdas, como lo definiera el verdugo stalinista, Lavrenti Beria, el que las construyó en La Lubianka, Lefertuovo y Vladimir, eran provocar el pánico y el terror entre los prisioneros políticos, debido a la falta de contacto con otras personas y a su incierto futuro. Por lo regular mantenían a los prisioneros durante varios meses en esas condiciones, para que cuando regresaran al penal donde cumplían una arbitraria condena impuesta por los tribunales populares, les platicaran al resto de detenidos las condiciones infames que prevalecían en esas celdas.

Cuando las estadías eran prolongadas, permitían una visita de sus familiares al prisionero, la que tenía lugar en la famosa Casa No. 50 de la antigua Colonia Militar de la época de Somoza, cuando vivía con su familia el Coronel G.N., Adonis Porras Largaespada, su esposa María Helena y sus hijos. Sentaban al prisionero y a sus familiares alrededor de una mesa y para supervisar la conversación estaba presente un esbiro de la Seguridad del Estado, el que tenía conocimientos de psicología, para evaluar el comportamiento del recluso y sus reacciones al encontrarse con sus seres queridos. Muy poco era lo que podían platicar en esas condiciones tan infames. Una vez terminada la visita, el prisionero era regresado a su celda y los familiares recibían la orden de mantenerse sentados alrededor de la mesa ya mencionada. Muchas veces los verdugos sandino-comunistas procedían a violar a las mujeres que  habían concurrido a la visita. Este sistema lo implantó el fundador y primer Director General de la Seguridad del Estado, Hugo Torres Jiménez, el que ahora se presenta como disidente del orteguismo y hasta es diputado del Parlamento Centroamericano, representando a un grupo de de farsantes que se presentan como miembros del Movimiento Renovador Sandinista (MRS).

Estas nuevas celdas de máxima seguridad y confinamiento solitario, no existían durante la época de Somoza, sino que fueron construidas por los sandinistas durante 1979 y 1980. Como jefe de esas nuevas instalaciones estaba el verdugo sandino-comunista, Primitivo Rodríguez Blandón, alias Comandante «Pedro».

Todo esto lo narra en su libro el autor de «Nicaragua en la Conspiración del Silencio». Además, todas esas celdas estaban enmascaradas  como bodegas, recubiertas de láminas de cinc. Una fotografía aérea, es lo que lo revelaría.

Es, pues, materialmente imposible que el prisionero, Francisco Javier Ponce Sanarrusia, se hubiera podido suicidar en una de esas celdas. A este lo ahorcaron en otra parte y llevaron su cadáver a una de las celdas ya mencionadas. Directamente responsable de esta ejecución extrajudicial es el Comisionado de la Policía Orteguista, Esteban Delgado Espinoza, el que figuraba como jefe de la sección  antinarcóticos en el Departamento de Rivas y el personal médico del Instituto de Medicina Legal, los que se prestaron a corroborar que el mencionado prisionero se había suicidado en una de las celdas descritas anteriormente. Lo eliminaron porque sabía demasiado en el involucramiento del personal de la policía en el tráfico de drogas, los que después de decomisarla se la entregaban a sus jefes para que la hicieran circular entre los cárteles mexicanos.

Los que se suicidan, dejan por lo regular una carta donde explican los motivos que los llevaron a adoptar esa decisión, pero en el caso específico de Francisco Javier Ponce Sanarrusia, no hay nada al respecto. Posiblemente sus verdugos recordarán sus últimas palabras, no me cuelguen, hijos de la gran p…

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Un comentario

  1. Quisiera que todos los articulos fueran como esta, diciendo las verdades de los 80 y no decir danielismo si eso es lo mismo que sandinismo. los unos son tan hijos de p como los otros.
    Donde estan los que enn los 70 estaban encontra de las torturas, donde estan que no los veo?

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