El día de la traición a la Resistencia Nicaragüense

En Sapoá, la dirigencia de la "contra" entregando el movimiento al FSLN / Imagen de community.nicaraguadispatch.com

En Sapoá, la dirigencia de la “contra” entregando el movimiento al FSLN / Imagen de community.nicaraguadispatch.com

Por Roberto Escobedo Caicedo

La Asamblea Nacional de Nicaragua, con el voto masivo de la representación orteguista, declaró el 27 de junio de cada año, “Día de la Resistencia Nicaragüense”. A simple vista parecería algo ilógico que quienes se enfrentaron con los contras durante la década de los 80 del siglo pasado, hayan decidido apoyar tal iniciativa. Pero no es más que una farsa para proyectar dentro y fuera de Nicaragua que el orteguismo ha realizado la mayor contribución a un falso proceso de reconciliación nacional, tendiéndole la mano y exaltando el patriotismo de los restos de la Guardia Nacional de Nicaragua y del campesinado liberal que empuñaron las armas para evitar que nuestro país se convirtiera en un protectorado del desaparecido bloque soviético.

Cuando los sandinistas, contando con el apoyo decidido de la social democracia europea y el terrorismo internacional se apoderaron del poder en Nicaragua, contaron con el visto bueno de la administración Carter. Siempre que los sandinistas cantaban su nauseabundo himno, finalizaban con la consigna: “Si Nicaragua venció, ¡El Salvador vencerá!” Pero los Estados Unidos se propusieron -después de la caída de Nicaragua en manos del terrorismo internacional-, que no ocurriera el efecto de dominó en los restantes países centroamericanos.

El flujo de armas, municiones y terroristas a El Salvador, procedentes de Nicaragua, era interminable. Fue entonces que el nefasto, Jimmy Carter, decidiera constituir una fuerza paramilitar de 900 efectivos, los que frenaron tan perversa política, aunque la mayor parte de estos eran antiguos soldados y oficiales de la Guardia Nacional de Nicaragua. Estos se convirtieron después de uno de los gérmenes de la Fuerza Democrática Nicaragüense (F.D.N.).

Durante el primer gobierno de Ronald Reagan, los respectivos servicios de inteligencia norteamericanos llegaron a la conclusión que Nicaragua estaba perdida y se convertiría en poco tiempo en una nueva Cuba, nada más que en tierra firme del continente americano. Prueba de esto es que el Subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos en ese entonces, Thomas “La Torre” Enders, viajó a Nicaragua y se entrevistó con los nueve Comandantes de la Robolución Popular Sandinista. Les explicó claramente que el gobierno de Mr. Reagan consideraba que Nicaragua no saldría nunca del bloque soviético, pero que los Estados Unidos no permitirían que El Salvador corriera la misma suerte. En su exposición agregó que a su gobierno poco le importaba lo que hicieran los sandinistas dentro de Nicaragua, pero que por ningún motivo les permitirían exportar su revolución, Pero predicó en el desierto y los sandinistas decidieron continuar con su política de exportar el terrorismo a los países vecinos.

Fue entonces  cuando Ronald Reagan y sus asesores militares decidieron ayudar a los primeros grupos de contras, utilizándolos para evaluar la estrategia de los Conflictos de Baja Intensidad. Suministrar armas, municiones y asesores militares a quienes luchaban contra un régimen marxista-leninista, como era el caso de Nicaragua y en el caso de El Salvador, hacer lo mismo con un gobierno firmemente alineado con los Estados Unidos y que estaba siendo agredido por comunistas locales y terroristas procedentes de varios países. En otras palabras, perseguía la reversión de los procesos revolucionarios triunfantes y la derrota de quienes pretendían derrocar a gobiernos aliados de la Gran Potencia del Norte de América.

Varios gobernantes latinoamericanos, tratando de salvar de la debacle a los sandinistas, formaron el Grupo de Contadora, constituido por Panamá, Venezuela, Colombia y México. Lo único que lograron poner de manifiesto fue la intransigencia de la dirigencia sandinista que demandaban el desarme de la contra y garantías del gobierno norteamericano que respetaría su “revolución”. A este grupo de países se agregaron posteriormente Argentina y Brasil, llamándose a ambos desde entonces, el Grupo de Río.

Los países miembros del Grupo de Río llegaron a la conclusión que los contras no tenían ninguna posibilidad de derrocar militarmente al régimen de los nueve Comandantes de la Robolución Popular Sandinista, porque nunca les dieron el armamento necesario para librar batallas que les permitieran retener en su poder ciudades importantes de Nicaragua. Fue entonces que el Presidente de Guatemala, el Licenciado Vinicio Cerezo Arévalo, sometió a la consideración de todas las partes involucradas en el conflicto centroamericano, el documento que abrió las puertas a la firma de los Acuerdos de Esquipulas, pero el gran premio se lo llevó el entonces Presidente de Costa Rica, el Licenciado Oscar Arias Sánchez, al que le concedieron el Premio Nobel de la Paz, capitalizando a su favor los méritos de otros.

La dinámica de la traición a las Fuerzas de Tareas de la Resistencia Nicaragüense, a la que se habían sumado los grupos de sandinistas resentidos que operaban en territorio costarricense, como Alianza Popular Revolucionaria (ARDE), del aventurero Edén Pastora Gómez y Bloque Opositor del Sur, los que pretendían salvar lo que se pudiera del proyecto original sandinista o sea, una verdadera quinta columna en las filas de la contrarrevolución, se inició con los Acuerdos de Sapoá, negociados el 24 de marzo de 1988; los Acuerdos de Tesla, el 7 de agosto de 1989, donde los cinco Presidentes centroamericanos, Daniel Ortega Saavedra, José Azcona Hoyo, Alfredo Cristiani, Oscar Arias Sánchez y Vinicio Cerezo Arévalo, aprobaron lo que ya se había alcanzado en las negociaciones anteriores; la Declaración de San Isidro de Coronado, celebrada en Costa Rica el 12 de diciembre de 1989, mediante la cual los gobernantes centroamericanos brindaban su apoyo al dictador nicaragüense, Ortega Saavedra y, finalmente, el Acuerdo de Toncontín, Tegucigalpa, Honduras, el que tuvo lugar el 23 de marzo de 1990, entre el Cardenal, Miguel Purificación Obando y Bravo, participando también una delegación que representaba a la Presidente electa de Nicaragua, Violeta Chamorro, lo mismo que una Comisión de la Resistencia Nicaragüense asentada en Honduras.

Es oportuno mencionar que para ese entonces, no eran públicas las secretas inteligencias que desde hace tiempo existían entre la plana mayor de los sandinistas y el Cardenal de Nicaragua, Miguel Purificación Obando y Bravo, por lo que su participación en la firma de los Acuerdos de Toncontín fue completamente sesgada a favor de sus aliados sandinistas. Otro tanto puede decirse de la Comisión que representaba a la Presidente electa de Nicaragua, Violeta Chamorro, la que formó parte de la primera Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, tiempo durante el cual se cometieron la mayor cantidad de crímenes de lesa humanidad en Nicaragua y se despojaron de las mejores y más valiosas propiedades de nuestro país a sus legítimos propietarios

Desde un comienzo, Ronald Reagan y funcionarios de su administración, se referían a que el sandinismo debía ser derrocado militarmente y desmanteladas todas sus estructuras políticas y militares, tarea que corría a cargo de los “Paladines de la Libertad”, como se comenzó a designar a los contras. Pero Edgard Chamorro Coronel, uno de los dirigentes políticos impuestos a la Fuerza Democrática Nicaragüense por los servicios de inteligencia norteamericanos, denunció que todas esas declaraciones no eran más que una farsa, porque los verdaderos objetivos perseguidos por los Estados Unidos eran obligar al sandinismo a cambios de comportamiento y hacer unas cuantas concesiones políticas a  la oposición democrática, por lo que nunca les entregarían medios aéreos, artillería y blindados a las Fuerzas de Tareas de los contras. Por esas declaraciones fue expulsado inmediatamente, pero el tiempo de encargó de confirmar que estaba en lo correcto y había logrado descifrar la lógica de la estrategia norteamericana. Todo esto se confirmó posteriormente en Sapoá, Tesla, San Isidro de Coronado y Toncontín.

La mayor traición que sufrieron lo que empuñaron la armas en las filas de la Resistencia Nicaragüense de parte de los dirigentes políticos impuestos por los servicios de inteligencia norteamericanos, fue que aceptaran la desmovilización unilateral de sus efectivos y el internamiento de estos en el territorio nacional, donde muchos de ellos cayeron víctimas de la implementación de la operación, “venadito entre tu huerta”, planificada por la seguridad del Estado sandinista.

Mediante el Acuerdo de Tesla, celebrado el 7 de agosto de 1989, los cinco Presidentes Centroamericanos, dieron su visto bueno a la formación de la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación (CIAV), integrada por representantes del Secretario General de las Naciones Unidas y del Secretario General de la Organización de Estados Americanos. El Congreso de los Estados Unidos acordó destinar 32 millones de dólares para facilitar la reinserción en la vida civil de los desmovilizados de las Fuerzas de Tareas de la Resistencia Nicaragüense. Al final, fue nombrado Secretario General de la CIAV, el señor Sergio Caramagna, el que se entregó en manos de oportunistas y de quienes traicionaron a los verdaderos contras, negociando su desmovilización unilateral, mientras el FSLN quedaba con todo su aparato de terror, intimidación y chantaje intactos.

El gran error de Sergio Caramagna fue creer en la buena fe de oportunistas como los hermanos Roberto y Azucena Ferrey Robleto; en sandinistas infiltrados en la contra como Salvador Talavera Alaniz y Julio César Blandón, alias (“Kalimán”) y en la escoria de los restos de la Guardia Nacional de Nicaragua, como José Benito Bravo Escobar, alias (“Mack”), Elida Galeano, (Comandante “Chaparra”) y otros de idéntico plumaje, los que se repartieron el dinero aportado por los Estados Unidos para facilitar la reinserción de los verdaderos contras en la vida civil, convirtiéndose de la noche a la mañana en millonarios, lo mismo que sus respectivos secuaces.

Fueron estos los que para ultimar la traición a los miles de “Paladines de la Libertad”, formaron el llamado Partido Político de la Resistencia Nicaragüense (PRN), verdadero apéndice del FSLN, figurando entre los grupúsculos políticos de la Convergencia Nacional, contribuyendo con sus traiciones a dividir a la oposición anti orteguista de Nicaragua.

El 27 de junio no es día destinado a exaltar la epopeya militar, cívica y patriótica de quienes empuñaron las armas en las filas de la Resistencia Nicaragüense, procurando devolver a los nicaragüenses el conjunto de sus libertades fundamentales y el derecho inalienable de elegir a sus autoridades en procesos electorales honestos y transparentes. Las concesiones negociadas por falsos representantes políticos de la contra no guardaron simetría alguna con lo que alcanzaron, porque debió producirse también la desmovilización de todos los integrantes del aparato de terror constituido por los nueve Comandantes de la Robolución Popular Orteguista.

El 27 de junio de cada año tan sólo pueden celebrarlo los orteguistas y sus aliados del gran capital y empresariado nacional. Los que traicionaron a los verdaderos contras son los verdaderos responsables de la dictadura fascista de Ortega Saavedra, contando con el respaldo irrestricto del Ejército Popular Orteguista, Policía Orteguista, Seguridad del Estado Orteguista, paramilitares del grupo de empresas agrupadas en ALBA-VIGILANCIA y las bandas de matones que mantienen listas para agredir a quienes proyectan organizar manifestaciones de protesta contra la actual dictadura fascista del secretario general del FSLN.

La falsa celebración del 27 de junio de cada año representa el ORTEGA FOR EVER para los nicaragüenses amantes de la democracia representativa y del conjunto de libertades públicas y privadas, que poco a poco van desapareciendo del escenario político nacional.

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