Yo no boto mi voto | Nicaragua

Protesta, ilustración

Protesta, ilustración

Por Héctor Mairena

El acto íntimo, individual y solemne de votar para elegir, ejercicio y derecho básico de la democracia, los nicaragüenses no lo podremos ejercer. Nos ha sido usurpado, ahora de raíz, por el orteguismo. No solo porque ha impedido la participación de la verdadera fuerza opositora al despojarla de legalidad -como antes ya había hecho con la UDC y el MRS-, sino también porque ha dejado en evidencia que la voluntad de los ciudadanos le vale un pepino, al arrebatar su investidura de parlamentarios a los electos en el 2011 con la voluntad de al menos -para atenernos a las cifras oficiales- de una tercera parte de los votantes. El régimen ha ejecutado una violación masiva. Otra.

Y lo que aparece como un desmedido afán de concentración de poder, si bien puede obedecer a un comportamiento patológico, es resultado de intereses económicos bien asentados y por lo demás cuantificables.

El somocismo antes y el orteguismo ahora, son expresiones del capitalismo más primitivo y de la peor calaña, el que sustenta su acumulación originaria en base al parasitismo directo del Estado. ¿O se imaginan ustedes a algunos de los ahora flamantes empresarios en tal condición, en un sistema de verdadera y libre competencia y sin aprovecharse del erario?

La dictadura somocista se estructuró a partir del control de la Guardia Nacional. Desde allí avanzó al dominio de todo el aparato estatal y a la conformación de un grupo económico que lo usufructuó, hasta convertirse en una verdadera amenaza a los intereses de los otros grupos del capitalismo criollo. Amenaza que hizo crisis a partir de 1973, después del terremoto de Managua de 1972, cuando la rapacidad del somocismo traspasó los límites tácitamente acordados con la burguesía local.

Después vino la agudización de la crisis política: el surgimiento de UDEL, el operativo del 27 de diciembre, la represión generalizada, los ataques de octubre del 77, el asesinato del doctor Chamorro, las insurrecciones de Monimbó y de septiembre del 78 y finalmente el derrocamiento del somocismo, mediando -como bien sabemos- una cruenta guerra.

La dictadura orteguista se constituyó a partir de la apropiación de los fondos propiciados por la cooperación venezolana, lo que le fue posibilitado por el control del Ejecutivo. Ha sido mediante la usurpación -personal, familiar- de esos fondos, que ha logrado conformar un nuevo grupo económico parasitario y penetrado con voracidad todos -absolutamente todos- los ámbitos y niveles de la actividad económica. Y a su vez, el control personal- familiar de las instituciones del Estado, le permite, además de mantener a buen resguardo la riqueza acumulada y preservarse impunidad, activar las nominales instituciones para atraer a los vulnerables, reprimir a los consecuentes y finalmente sacar del juego electoral a la oposición.

La supervivencia del poder económico del orteguismo está íntimamente vinculada a que logre mantener el poder político. Y al revés. Ellos lo han sabido siempre. De allí que ante la crisis venezolana y sus consecuencias económicas, sociales y políticas en Nicaragua -unas ya reales, las más graves por venir-, en un período relativamente corto de menos de 60 días, entre el 4 de junio y el 2 de agosto, el régimen haya decapitado mediante varios zarpazos los últimos espacios de ejercicio democrático. Ortega, septuagenario y acaso valetudinario, quiere establecer una dinastía, ciertamente, pero lo que hay detrás es el interés de afianzar el poder para procurarse impunidad y continuar el enriquecimiento a su sombra.

En ese contexto y con los antecedentes señalados, las votaciones del 6 de noviembre, solo son una acción para apuntalarse y el intento del régimen de legitimarse. De allí que las comparsas, llámese Maximino, Canales, Cabezas, Pedro o Saturnino, sean cómplices -conscientes o por oportunismo- de esa maniobra del régimen.

De allí también el miedo del régimen a la abstención y las amenazas -por lo demás inútiles- proferidas  con la pretendida ley Navarro de encarcelar a quienes la promovamos.

Se nos ha conculcado a los nicaragüenses el derecho a votar para elegir. Y sobre quienes vayan a las urnas -por convicción, miedo o complicidad- estarán vigilantes los ojos del régimen, para garantizarse los porcentajes que ya definieron.

Por eso yo no boto mi voto.

La Ventana, blog de Héctor Mairena

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