Una política exterior de Estado

silvio_avilez_gallo_bloquePor Silvio Avilez Gallo

La sociedad internacional comprende una diversidad de miembros que se rigen por normas emanadas de la voluntad de sus ciudadanos organizados políticamente en Estados, repúblicas, monarquías, imperios, etc.  Pero este singular mosaico de países con regímenes, historias, idiomas y características raciales diferentes, está llamado a coexistir pacíficamente, lo que implica, entre otros principios, el respeto a la soberanía e independencia de cada uno, la no injerencia en sus asuntos internos y la igualdad jurídica de todos.

Para lograr esa convivencia amistosa, es preciso que la sociedad internacional se organice según la finalidad que persiga. Así tenemos organizaciones de carácter político, científico, cultural, meteorológico, comunicacional, sanitario, laboral, económico, etc. A ese respecto, la Organización de las Naciones Unidas, nacida en 1945 después de la hecatombe de la II Guerra Mundial, es la más representativa y universal de todas, ya que a ella pertenecen casi todos los países del mundo (193 en 2013).

Lo ideal sería que los Estados normaran sus relaciones con los otros miembros de la comunidad internacional de manera armónica, pero sus intereses difieren según sus preferencias ideológicas, estratégicas, políticas, económicas, comerciales, religiosas y de otra índole.  Por consiguiente, su política exterior se regirá de acuerdo con determinados lineamientos.

En opinión de un conocido político inglés del siglo XIX, la Gran Bretaña no tiene amigos, sólo intereses permanentes. Esta afirmación, fuera de su cinismo pragmático, tiene el mérito de ser una gran verdad, porque corresponde al proceder de la mayoría de los países del mundo, pero particularmente al de las grandes potencias.

En el caso de los países medianos y pequeños, su política exterior deberá basarse en el interés nacional, que busca el bienestar de la ciudadanía. Si la economía de un país depende mayoritariamente de la producción agropecuaria, su interés primordial será la búsqueda de mercados consumidores. Y si su principal riqueza es la explotación petrolera, sus esfuerzos se orientarán a conquistar los mejores mercados de exportación.

Pero existen, además, otras variables que inciden en la actuación de los Estados, por ejemplo, su  ubicación geográfica o estratégica, sus preferencias ideológicas o políticas y otros factores que determinan su línea de conducta. Un país que no es autosuficiente debe importar insumos para su subsistencia y si, a su vez, depende de mercados externos para colocar sus exportaciones, deberá seguir una política exterior prudente para no comprometer sus relaciones económicas y comerciales.

Para Nicaragua, por su entorno geográfico y su ubicación estratégica, el mantenimiento de relaciones amistosas con Centroamérica es prioritario, ya que el comercio con esa región representa aproximadamente el 25% de su intercambio comercial. Pero sobre todo debe cuidar de no poner en riesgo sus exportaciones hacia los EE. UU., principal socio comercial, a la vez que dicho país es el suplidor más importante de ayuda crediticia para sus necesidades financieras. Los centenares de miles de nicaragüenses residentes en EE.UU. aportan, con sus remesas de divisas, una suma no despreciable (60%) a la economía nacional.

En esas circunstancias, sorprende la actitud beligerante del titular del Ejecutivo, que no pierde oportunidad de despotricar contra el “imperio” para solidarizarse con sus amigotes del ALBA. En vez de “sudar calentura ajena”, como se dice popularmente, debería dirigir sus esfuerzos a lograr la extensión de los TPL, tan necesaria para la industria nacional en las zonas francas, ya que la no renovación se traduce en la cesantía de miles de trabajadores que laboran en esas actividades. Es obvio que una actitud agresiva de “compadrazgo anti imperialista” perjudica los verdaderos intereses de Nicaragua y constituye la antítesis de una política exterior de Estado.

En derecho internacional, uno de los pilares fundamentales de la convivencia pacífica es la no injerencia en los asuntos internos de otros países. Los Estados tienen derecho a relacionarse con quien les plazca, pero deberán abstenerse de intervenir en asuntos que atañen a la política interna de otros, so pena de que algunos intervengan, a su vez, en cuestiones que son de la exclusiva competencia nacional.

Como dijo sabiamente el prócer mexicano Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz y este principio debe ser la piedra angular de la política exterior de los Estados.

Managua, marzo 20 de 2015

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