Sin máscaras ni tapujos, el Ejército es orteguista

Julio César Avilés

Julio César Avilés

Por David Castrillo

El inconstitucional mandatario nicaragüense Daniel Ortega asestó recientemente una nueva puñalada a la frágil institucionalidad democrática del país, vía decreto, ratificando en su cargo de Jefe del Ejército de Nicaragua al general Julio César Avilés (57 años), convirtiéndolo así en el primer jefe militar reelecto desde la transición democrática que se inició en 1990, bajo la Administración de Violeta Barrios de Chamorro, hoy truncada por el orteguismo.

Avilés asumió la comandancia del Ejército el 21 de febrero de 2010 y debería entregar el mando el 21 de febrero de 2015. Analistas consultados por el diario digital Confidencial coincidieron en que se juntaron los intereses de Ortega con los de la cúpula militar para permitir la “reelección” militar.

Con la medida, calificada como ilegal e inconstitucional por la mayoría de especialistas consultados, Ortega ha borrado la base conceptual jurídica que creó la institución militar, que la define como un cuerpo profesional apolítico, apartidario y no deliberante, según las leyes y la Constitución Política de Nicaragua. Así, Ortega se asegura el apuntalamiento de su dictadura con un ejército y una policía que responden a los intereses particulares de la familia Ortega – Murillo y de sus cómplices políticos y económicos.

A partir de ahora y sin ningún tipo de máscaras ni tapujos el Ejército de Nicaragua es oficialmente orteguista. Un ejército personal que responde a los intereses de una dictadura (Ortega – Murillo) y que en poco o nada se diferencia de la desaparecida Guardia Nacional de Nicaragua, creada a la medida de los intereses de la familia Somoza y su dinastía.

Los siguientes párrafos, citados textualmente de una nota del periodista Octavio Enríquez, del diario Confidencial, confirman lo dicho anteriormente:

La mayoría legislativa del mandatario sandinista hizo posible que este año se aprobará el nuevo código militar en que el Poder Ejecutivo borró la prohibición de la reelección del Jefe castrense establecida en el artículo ocho. El veinte de diciembre del año pasado, Avilés retiró a su jefe del Estado Mayor, el mayor general Oscar Balladares, y quien debería sucederlo. Así se rompió la tradición militar.

“A diferencia de cualquier institución del Estado nicaragüense, el Ejército tenía una línea estratégica de desarrollo institucional y el eje de esa línea es la sucesión de mandos y lo que llamé en un momento para el nombramiento de Omar Halleslevens (2005-2010) la ley no escrita: el sucesor del Comandante en Jefe era el Jefe del Estado Mayor”, explicó en su momento el consultor en temas de seguridad, Roberto Cajina.

En reemplazo de Balladares fue nombrado el mayor general Oscar Mojica, un funcionario con experiencia administrativa después de dirigir el Instituto de Previsión Social Militar (IPSM), el brazo financiero del Ejército y a cargo del pago de pensiones a los oficiales retirados de la institución, pero con menos de un año de experiencia en la dirección del Estado Mayor.

Avilés  en cambio ya había mostrado su interés en quedarse al frente de la institución cuando el 27 de noviembre de 2013 dijo que era “un soldado de la patria” y que serviría donde ésta lo necesite. Unos días antes la Comandancia respaldó las reformas constitucionales que permitirán la reelección indefinida del mandatario, pese a que la Constitución los definía como apolíticos.

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Un comentario

  1. J. El Fakir Alérgico.

    CAEN: Sin máscaras ni tapujos además, Ortega y Murillo intentan a toda costa entorpecer o borrar la memoria patriótica, cultural y religiosa del pueblo, manoseando la Constitución, manipulando la fe y sustituyendo símbolos de nuestra identidad por objetos, figuras y sonidos que exalten sus miserables egos. Y más obscena aún la intención de hacer “danielista” al mismísimo Sandino. Vulgaridad e insulto que no se lo perdonará la historia, y que pasará a la colección infame de los miserables que pese al poder y la arrogancia que ostentaron, cayeron como caen irreversiblemente las hojas marchitas, sin importar la robustez, el tipo y la altura del árbol. ¡Cae también el árbol!.

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