Salvajes al volante

educacion-vialPor Silvio Avilez Gallo

Ya es un lugar común hablar de la pérdida de valores en el mundo actual, donde impera la falta total de solidaridad con el prójimo, la aberrante idolatría al dios dinero, que se ha posesionado de nuestros sentimientos —porque obviamente es un contrasentido hablar de conciencia—, al  punto que sin pecar de exagerados, podemos afirmar que el corolario de todo esto es la violencia generalizada que caracteriza la “convivencia” entre seres supuestamente civilizados.  Esta verdadera epidemia es sumamente preocupante cuando se da en una sociedad en la que el otrora bastión de la familia ha sido fuertemente socavado por la proliferación de uniones de hecho, en el mejor de los casos, cuando no por la existencia de “hogares” monoparentales, hecho al que se agrega la ineficiente o inexistente educación escolar.

El hombre, como ser llamado a vivir en sociedad, se ha transformado en un insoportable energúmeno que se cree el centro del universo, sin la más mínima consideración o deferencia por sus semejantes.  Ese fenómeno lo constatamos diariamente al leer la crónica roja de accidentes de tránsito, asaltos, homicidios y otros actos de violencia.  Basta con observar la actitud de los conductores de vehículos —automóviles particulares, vehículos de transporte de carga, autobuses y microbuses de pasajeros, taxis, motocicletas y bicicletas— en las calles y carreteras del país. Los menos protegidos —ciclistas y motociclistas— son precisamente los más osados, vulnerables e imprudentes. Así vemos, por ejemplo, que bicicletas y motos circulan de noche sin luces por las carreteras y la mayoría de sus conductores ni siquiera porta cascos protectores o cintas reflectantes que permitan a otros usuarios percatarse de su presencia.

A pesar de la grita general por el aumento exponencial de las multas por infracciones de tránsito, la cantidad de accidentes, lejos de disminuir, no deja de incrementarse diariamente, al punto que las autoridades policiales estiman que el presente año superará con creces la cifra de víctimas fatales de años anteriores.  La explicación hay que buscarla en el manejo irresponsable de los conductores, que circulan a exceso de velocidad, manejan a veces drogados o bajos los efectos del alcohol, irrespetan las señales de tránsito y conducen zigzagueando sin cumplir con la obligación de señalizar los cambios repentinos de carril o advertir a los demás de las maniobras que se proponen efectuar  con suficiente antelación. Si a esto agregamos que muchos, mientras manejan, van más interesados en conversar o “chatear” por el celular y prestan poca o ninguna atención a las condiciones del tránsito vehicular, es sorprendente que la cifra de accidentes no sea aún mayor.

Salvo raras y contadas excepciones, ningún conductor se detiene para ceder el paso a peatones o vehículos que esperan pacientemente la oportunidad de atravesar la calzada o girar para ingresar a la vía de circulación, y en su egoísmo llegan a bloquear por completo el cruce cuando los vehículos que los anteceden se encuentran detenidos al otro lado de la intersección. O sea, como se dice popularmente, “ni lavan ni prestan la batea”.

¿Qué puede hacerse para corregir esta conducta abusiva y peligrosa? Crear conciencia, mediante la educación en el hogar y en escuela, de que el hombre no es un animal salvaje, que está llamado a convivir en comunidad y que debe tener presente que su libertad personal termina donde empieza la de su prójimo.  Las autoridades deben mostrarse sumamente exigentes cuando expiden licencias de conducir para cerciorarse que los recipiendarios conozcan a fondo la ley de tránsito y las técnicas de manejo. Los postulantes deberían ser objeto de evaluación psicológica, a fin de determinar si representan o no un peligro para sus conciudadanos. Y sobre todo, hacer ver a la ciudadanía que la licencia de conducir es un privilegio —y no sólo un derecho— que debe ejercerse de manera responsable.

En el pénsum de escuelas y colegios deberían figurar cursos de educación cívica y vial para crear conciencia en niños y adolescentes respecto del invaluable valor de la vida humana.  Esos jóvenes, el día de mañana, serán futuros conductores y para entonces, deberían tener muy claro que en sus manos está no sólo su propia vida sino también la de otras personas, así como la posibilidad de evitar costosos accidentes mediante una conducción sensata y razonable.

En algunos países del primer mundo —entre ellos Alemania— no se ven en las carreteras señales de limitación de velocidad, ya que las autoridades de tránsito dejan a criterio de los conductores la opción de determinar la velocidad a la que pueden desplazarse sin peligro, según las condiciones imperantes para una conducción segura. Evidentemente, esta opción no puede darse en nuestro país, donde a pesar de las fuertes multas y la vigilancia constante de las autoridades policiales, los conductores se comportan como auténticos salvajes irresponsables.

En esas circunstancias, no queda más remedio que aplicar mano dura a quienes se comportan como malabaristas del volante, ya que al hacerlo ponen en riesgo su vida y los bienes de sus semejantes.

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