Putín resucita al viejo imperialismo ruso

Ilustración: caricatura del diario La Prensa de Nicaragua

Ilustración: caricatura del diario La Prensa de Nicaragua

Por Roberto Escobedo Caicedo

Hace algunos años leí la Historia de la Segunda Guerra Mundial, producto de las investigaciones históricas de miembros de la Academia de Ciencias de la URSS. Afirman que fue el Tratado de Paz de Versalles, el que puso punto final a la Primera Guerra Mundial, el que provocó la conflagración de 1939-1945.

Explican que un pueblo orgulloso y trabajador como el alemán, nunca aceptaría la mutilación de su territorio para que surgieran nuevos países en la Europa Central y Oriental, formado a expensas de la desaparición del Imperio de los Habsburgos -Imperio Austro-Húngaro-, y de territorios importantes del Imperio Alemán, siendo la mayor humillación el corredor de Dantzig, enclavado en la nueva Polonia, resurgida como Estado independiente por decisión de las potencias vencedoras durante el conficto de 1914-1918, el que dividía en dos partes importantes la Prusia Oriental, debiendo los alemanes contar con el permiso de las autoridades polacas para la comunicación entre los dos sectores de Prusia.

Las reparaciones de guerra impuestas a los alemanes en el diktat de Versalles, incluyendo también la ocupación de parte de su territorio por efectivos armados de las potencias vencedoras, provocó grandes movilizaciones populares por la falta de trabajo y la hiperinflación que se desató en perjuicio del marco alemán. Estas premisas craron las condiciones necesarias y suficientes para que surgieran peligrosos demagogos que envenenaron el alma de los alemanes y también de los italianos, que aunque formaron parte del grupo de países aliados de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, sus dirigentes fascistas consideraron que el botín territorial alcanzado a través del Tratado de Paz de Versalles, no satisfacía sus aspiraciones por revivir un poderoso imperio ultramarino.

Aprovechándose del caos reinante en Alemania y que los gobiernos socialdemácratas eran incapaces de ponerle freno, hizo su aparición  un demagogo que cautivó a las masas que reclamaban una política revanchista contra los aliados, popularizando la frase, “dolchtoss”, que el Imperio Alemán no habría capitulado ante las potencias de la Entente o de los Aliados, si no es porque los judíos asestaron a los buenos alemanes una puñalada por la espalda.

Durante los meses que estuvo purgando una pena de prisión por haber organizado el llamado Putsch de Munich, golpe de Estado en el territorio de Baviera, dictó su obra cumbre a Rudolf Hess, “Mein Kampf” o sea, Mi Lucha, donde delinea para cuando llegue al poder, una política ferozmente antibolchevique, la denuncia del Tratado de Paz de Versalles y la recuperación de los territorios alemanes perdidos por la capitulación del 11 de noviembre de 1918.

Hitler es nombrado Canciller de Alemania en los últimos días de enero de 1933, siendo juramentado por el anciano Mariscal de Campo, Hindenburg, Presidente de dicho país. Al poco tiempo fallece este caballero perteneciente a la nobleza de los junkers de Prusia y Adolfo Hitler dicta un decreto, uniendo las funciones de Presidente y Canciller de Alemania. Quedaba expedito el camino para llevar a la práctica la política de Hitler, esbozada en “Mein Kampf”.

Primeramente y a través de un hábil proceso de desestabilización política de Austria, logra sin disparar un solo tiro que dicho país sea absorbido por Alemania, dicha unión recibió el nombre de Anschluss. Seguidamente, Hitler aprovechó que en Checoeslovaquia, país surgido con territorios del antiguo Imperio Austro-Húngaro y de la propia Alemania, estaba la llamada Región de los Sudetes, donde estaban establecidos desde tiempos inmemoriales millones de alemanes. Estos, dirigidos por un hábil agitador callejero que estaba al servicio de Hitler, Konrad Henlein, reclamó la autonomía interna para esos territorios, los que quedarían dentro de un Estado Federal Checoeslovaco. La respuesta del gobierno de Praga fue la de reprimir a las minorías germanas, las que reclamaron la protección de la Alemania Hitleriana.

La agitación en Los Sudetes por parte de las minorías alemanas y la represión por parte de las autoridades checoeslovacas, llegaron a tales extremos que Hitler dictó un ultimatum a los checos, para que pacíficamente permitieran la reincorporación de los territorios en disputa a la Alemania Hitleriana. La respuesta del gobierno de Praga fue la la movilización general de todos sus efectivos y la de HItler, señalarles una fecha límite para que cedieron Los Sudetes a Alemania.

Checoeslovaquia tenía un Tratado de Alianza Militar con Francia y otro con la URSS, el que obligaba a los franceses a acudir en auxilio de dicho país si era atacado por Alemania. El segundo de esos Tratados obligaba a la URSS a acudir militarmente en auxilio de la futura presa de Hitler, solo si Francia daba el primer paso. Pero el gobierno francés, presidido por Jean Daladier, no estaba dispuesto a correr esa aventura.

Mientras tanto, Neville Chamberlain, Primer Ministro del Imperio Británico, proponía una reunión en Alemania con Daladier y Hitler. Este último aceptó, siempre y cuando actuara como mediador, el dictador fascista italiano, Benito Mussolini. La reunión se realizó y ante el chantaje de Hitler que ordenaría a los efectivos de la Wehrmacht, atacar a los checos, accedieron a que el territorio de Los Sudetes regresara nuevamente a manos de Alemania.

Sólo quedaba pendiente el asunto del Corredor de Dantzig con los polacos. Este país, cuando resurgió como Estado independiente, recuperó los territorios que estaban en manos del Imperio Austro-Húngaro, del Imperio Ruso y la Alemania Imperial y desde un momento concitó el odio de los alemanes y de los soviéticos, llamándolo “el capricho francés”. El gobierno polaco estuvo siempre en manos de los militares, los que alejados de la realidad, pensaban que podían derrotar a los efectivos de la Alemania Hitleriana, por lo que no accedieron a la restitución del corredor de Dantzig, Esto, sumado a un ataque de presidiarios alemanes vestidos con uniformes polacos, la toma de una estación de radio en la frontera entre ambos países por parte de esos falsos soldados de Polonia y la difusión de un mensaje ofensivo para las autoridades de Berlin,  fueron usados por Hitler para ordenar la invasión del territorio polaco.

Como puede deducirse, la afirmación de los Académicos de la desaparecida URSS no carece de sentido, que fueron las cláusulas humillantes del Tratado de Paz de Versalles, lo que originó la segunda guerra mundial. Y esto precisamente es lo que está haciendo en la actualidad el Presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, invadiendo territorios que pertenecieron a la URSS, como sucesora del viejo Imperio Zarista, pero que al colapsarse el comunismo y aprovechando la oferta del reformista, Gorbachev, haciendo uso del derecho a la autodeterminación, decidieron separarse de lo que fue la URSS y erigirse en Estados independientes, lo que fue reconocido por la comunidad internacional, que les garantizó sus respectivos asientos en la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En los primeros meses de 1942, Winston Churchill, Primer Ministro del Imperio Británico, viajó a Moscú par formalizar un tratado de alianza militar con la URSS. En el avión que lo transportaba a él y a su comitiva, se encontraba el General Wallace, el que notó muy preocupado a Churchill. Le preguntó qué le ocurría y contestó manifestándole que al final de la primera guerra mundial, siendo Primer Lord del Almirantazgo Británico, había ordenado la intervención militar en la URSS para garantizar el pago de su deuda externa con los banqueros y fabricantes de armas de su país y que cuando fue interpelado en la Cámara de los Comunes, había manifestado que “al bebé bolchevique había que asfixiarlo en su propia cuna, porque si le permitían llegar a caminar y desarrollarse, después sería poco menos que imposible terminar con él” y que tenía fundados temores que Stalin le preguntara sobre la trascendencia de lo que había declarado en aquel entonces.

Efctivamente, Stalin le hizo la pregunta que esperaba Churchill, recibiendo como respuesta que por no haberlo hecho las grandes potencias de esa época, estaba firmando ese tratado de alianza militar con la URSS. Una vez terminada la ceremonia, Stalin lo invitó a pasar a uno de los salones del Kremlin, donde se tiraron un mano a mano, Churchill con whisky escocés y Stalin con vodka. Los bocadillos y comida que les sirvieron fueron del agrado del visitante británico, el que alabó la pericia del cocinero. Era nada más ni nada menos, que el abuelo de Vladimir Putin, actual Presidente de la Federación Rusa.

Pasaron revista a la situación internacional y a las ambiciones de Stalin sobre los países de la Europa Central y Oriental, manifestándole Churchill que él creía que la política de anexarse nuevos territorios era exclusivamente de los zares. Recibió como respuesta que para los rusos el postre predilecto era la geofagia, es decir, incorporar nuevos países a su social imperialismo, por lo que el británico desarrolló la estrategia de liberar Europa de los nazis mediante desembarcos en los balcanes, la que fue rechazada por Roosevelt y Stalin en la conferencia de Teherán.

Al colapsarse el social imperialismo soviético durante, Gorbachev, Secretario General del Partido Comunista de la URSS, a través de reformas, perestroika y glasnot, ofreció a las diferentes repúblicas que constituían la URSS, la oportunidad de formar parte de la naciente Federación Rusa o independizarse, eligiendo sus propias autoridades mediante la autodeterminación. Chechenia, Osetia del Sur y Abjasia, Crimea, entre otras, escogieron la ruta de la independencia, guardando estrechos lazos comerciales y culturales con la nueva Rusia.

Siendo Presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, utilizó los efectivos del Ejército Ruso -antiguo Ejército Rojo-, para someter a los chechenios mediante el terror y reincorporarlos a la esfera de influencia de la nueva Federación. Se libró una guerra sangrienta, donde se pusieron de manifiesto las estrategias militares y los métodos terroristas, sin que los chechenios, antiguos miembros de los efectivos de la KGB y de sus procedimientos criminales, fueran sometidos en su totalidad. Primera demostración que para los rusos la incorporación de nuevos territorios a su esfera de dominación está siempre vigente.

Seguidamente, les tocó el turno a Osetia del Sur y Abjasia, pequeñas repúblicas situadas en la Transcaucasia, pero importantes por el tendido de oleoductos y gasoductos que llevan estos combustibles a las zonas europeas de la Federación Rusa y a países de la Europa Occidental. La reincorporación de estos dos pequeños países a la zona de intereses vitales de los rusos confirma una vez más que el apoderarse de nuevos territorios continúa siendo el postre predilecto de los rusos. Esta anexión tan sólo ha sido reconocida por unos pocos de los nuevos satélites del imperialismo ruso, entre estos, la Nicaragua Orteguista.

Ucrania, conocida antaño como el granero de Europa, siempre ha luchado por emanciparse de la tutela rusa o de la soviética. En el siglo XIX, Stepán Bandera, encabezó un movimiento guerrillero para luchar por la independencia del Imperio Zarista. Luego, Simón Petliura, procuró formar la República independiente de Crimea, desempeñando tal cargo durante unos meses, después del triunfo de la revolución bolchevique, con su propio Parlamento o Rada, pero los efectivos del Ejército Rojo terminaron con esas legítimas aspiraciones del pueblo ucraniano.

Durante el régimen reformista de Gorbachev, Ucrania se convirtió en país independiente, con facultades de elegir a todas sus autoridades. Pero parece ser que los rusos no olvidaron la lección de Los Sudetes, Dejaron importantes minorías rusas en los territorios que más les interesaban de Ucrania, para usarlos luego como pretexto para intervenir militarmente para proteger a sus compatriotas, cuando en realidad la finalidad perseguida era la reincorporación de esos territorios al poder centralizado en Moscú.

La chispa que provocó la intervención rusa en regiones de Ucrania, principalmente Crimea, importante fortaleza situada en el Mar Negro, fue la decisión de la mayoría de los ucranianos de estrechar sus lazos con los países de la Europa Occidental, ingresado al Mercado Común Europeo. Con una rapidez propia de operación del tipo de las blitzkrieg, los comisarios políticos del ejército ruso organizaron un plebiscito en Crimea, resultando que la mayoría de la población, integrada en gran parte por sobrevivientes de los Gulags y Campos Especiales de Stalin y por sus respectivos descendientes, como si fueran masoquistas, votaron masivamente por su reincorporación a la Federación Rusa.

La estrategia de Putin, enmarcada como el postre predilecto de las nuevas manifestaciones del imperialismo ruso, es reincorporar toda Ucrania a la Federación Rusa, lo que pone en grave peligro la paz mundial, dando inicio al primer capítulo de la Segunda Guerra Fría. Además, las fuerzas armadas de Rusia están negociando la instalación de bases aéreas y navales en diferentes países para rodear de un cinturón ofensivo a los Estados Unidos. Por supuesto que uno de los países que ya ofreció toda clase de facilidades a los círculos más agresivos y aventureros de la Federación Rusa, es Daniel Ortega Saavedra, dictador fascista de Nicaragua.

Pretenden disfrazar esas bases y sus instalaciones militares de última generación como si fueran centros para mejorar las operaciones y recolección de información de sus satélites militares, las que pueden utilizarse para dejar fuera de servicio los equipos científicos de alarma temprana de un ataque nuclear contra los Estados Unidos, preparar terroristas para operaciones clandestinas en los países aliados de norteamérica y centralizar las operaciones de siembra de marihuana, coca, amapola, etc., en estrecha asociación con los cárteles colombianos, orteguistas y mexicanos de las drogas que introducen subrepticiamente a los Estados Unidos.

Además, Ortega Saavedra ya declaró que Rusia dotará de armamento nuevo de última generación a los efectivos del Ejército Popular Orteguista, cumpliendo de esta manera con un doble propósito. Someter al pueblo nicaragüense a su infame dictadura fascista y desatar una carrera armamentista en la región centroamericana, logrando de esta manera que los restantes países tengan que destinar ingentes recursos a su defensa en desmedro de los programas sociales.

La actual dictadura fascista de Ortega Saavedra, pone en grave peligro el futuro del pueblo nicaragüense. Durante la primera Guerra Fría, la que terminó con el colapso de la URSS, Nicaragua fue incorporada al infierno de la confrontación este-oeste. Pero ahora, con esta resurrección del viejo imperialismo ruso que lleva a cabo, Vladimir Putin, la conversión de nuestro desventurado país en satélite de la Federación Rusa, pone en grave peligro hasta su propia existencia, por participar activamente en el desencadenamiento de la segunda Guerra Fría.

Los políticos nicaragüenses que se presentan como “opositores” a los planes macabros de Ortega Saavedra, dedicados a tiempo completo a mendigar migajas de lo que se reparten los entornos mafiosos del secretario general del FSLN, deben meditar muy cuidadosamente acerca de todas las traiciones que están haciendo al pueblo nicaragüense, porque están poniendo en grave peligro hasta su propia existencia.

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