¿Por qué en Nicaragua no baja la tarifa eléctrica aunque cambie la matriz energética?

el_pulso_de_la_semanaPor Edmundo Jarquín

Ya casi no te leo, Mundo

El encuentro con un amigo empresario, a quien tenía mucho tiempo de no ver, dio origen a unas reflexiones que, de alguna forma, apuntan a parte importante de lo que nos está ocurriendo en Nicaragua. Creo vale la pena sean compartidas.

La plática derivó a un tema, la reforma del presupuesto, sobre la que había comentado en este espacio hace dos semanas y había escrito un artículo en La Prensa. Pregunté si había leído mi artículo. Después de vacilar un poco, como temiendo a mi reacción, dijo que como era amigo me hablaría con franqueza:

“Es que ya casi no te leo, Mundo….”, agregando: “es que nunca reconocés lo bueno que hace el gobierno”.

A continuación me comentó, a título de ejemplo, que había estado recientemente en Honduras y se sintió orgulloso, como nicaragüense, que solo comentarios positivos había recibido sobre los niveles de seguridad en Nicaragua.

Estuve de acuerdo en que los niveles de seguridad de nuestro país se comparan muy positivamente con los del llamado “triángulo norte” (Honduras, Guatemala, El Salvador), pero le pregunté al amigo: ¿Y es que ahora, con Ortega, los niveles de seguridad en Nicaragua son mayores que antes? Vaciló mi interlocutor, por lo que decidí ayudarle a la respuesta: ¿Verdad que no, que los niveles de seguridad ahora no son mayores que antes? (no le quise decir que para mucha gente son incluso menores). Como contestó que era cierto, que ya teníamos desde antes mejores niveles de seguridad que otros países centroamericanos, le agregué: Bueno, teníamos iguales o mejores condiciones de seguridad y sin perder la democracia.

La amistosa conversación pasó a otros temas, incluyendo que Ortega había mantenido la política macroeconómica de los otros gobiernos. “Sí, le reconocí, volviendo a la muletilla: y sin perder la democracia”.

Desde luego, salió el tema de que ahora Ortega no confiscaba como en los ochenta.

Fue en ese punto que me di cuenta que necesitaba hacer una reflexión más general: el problema, o parte del problema le dije, es que el gobierno de Ortega de hoy no hay que compararlo con el gobierno de Ortega de antes, sino con el gobierno que podríamos tener. A Ortega no hay que verlo en el espejo del pasado, sino en el espejo del presente. Otros países de América Latina tienen política macroeconómica responsable, y crecen, y no por ello cercenan los espacios democráticos. Y esos países, al mantener espacios democráticos, no están incubando conflictos y confrontaciones que en algún momento, del futuro, echarán a perder todo lo avanzado. Es decir, si en el espejo del presente el gobierno de Ortega se ve mal, en el del futuro se ve peor.

Pero hay otra dimensión: si el gobierno no fuese tan autoritario, y tan excluyente de todo el que no piensa igual o actúa de conformidad con su gusto e intereses, el debate político y los análisis no serían tan polarizados. Es el gobierno el que polariza y excluye, el que define el terreno en términos de blanco o negro, bueno o malo.

Que Ortega podría ser peor, pareciera ser la conclusión implícita detrás del razonamiento de mi amigo empresario. Y le entiendo, pero la complacencia con Ortega incentiva a éste a seguir por el camino que lleva, que es la consumación de su vocación de poder total, ahora también como empresario. Ortega, como Somoza, se va a apalancar cada vez más en el poder político para eliminar competencia empresarial, o para “comprar” empresas y propiedades. Y lo mismo están haciendo los “orteguitas”, es decir, las versiones subalternas de Ortega en cada ciudad y cada municipio. “Si el Jefe lo hace, dicen, por qué no yo?” Con lo cual la dinámica de la vocación del poder total se extiende hasta el último rincón.

De tal forma que quienes nos oponemos a Ortega, curiosamente, somos una suerte de escudo para aquellos que creen que la quema no les va a llegar. Si no hay competencia en la política, tampoco la hay en la economía. Es más, la competencia en la economía, que es la esencia de la eficiencia de la economía de mercado, llegó por la competencia en la política. Así lo han escrito los grandes teóricos de la economía de mercado, desde Adam Smith, reconocido como el primer gran teórico de la misma.

Espero, entonces, que mi amigo empresario me vuelva a leer.

¿Se pudo hacer mejor?

Una noticia preocupante de esta semana es que, según versiones del sector privado, es muy probable que no se extienda, cuando a finales de año termine, el tratamiento preferencial arancelario (conocido como TPL) que permite el acceso, libre de impuestos, en los Estados Unidos, de productos textiles procedentes de las zonas francas de Nicaragua.

Las cifras varían, pero entre 10,000 y 20,000 personas perderían sus empleos. Muy, muy doloroso para las familias que dependen de esos empleos.

Otra noticia de la semana, aparentemente no relacionada, es que ahora sí, según el gobierno, el proyecto hidroeléctrico Tumarín va.

Decimos que, aparentemente, ambas noticias no están relacionadas. Pero sí lo están, como veremos.

Nicaragua ha venido cambiando su matriz energética, y eso es reconocido como parte de los esfuerzos positivos que se han realizado en el gobierno de Ortega. Pero, a la vez, el cambio en la matriz energética no ha incidido en una reducción de la tarifa eléctrica. Y tampoco se ha dicho, por más que se ha preguntado, cómo el proyecto Tumarín ayudará a que se reduzca la tarifa eléctrica.

Pues bien, la tarifa eléctrica es uno de los costos más importantes de las empresas que trabajan en las diversas zonas francas. Si la tarifa eléctrica fuese menor, esas empresas serían más competitivas, y podrían, al menos parcialmente, absorber el impacto de la no extensión de los TPL, y menos empleos se perderían. Eso lo han dicho los propios dirigentes empresariales del sector.

Es decir, desde el gobierno las cosas se podrían hacer mejor, y esto es preferible a consolarnos con el mal menor.

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