Ortega se adelantó a Maduro

Edmundo Jarquín

Por Edmundo Jarquín

Nicaragua y Venezuela

El régimen de Ortega no solamente se ha solidarizado fervientemente con la deriva despótica del régimen de Maduro en Venezuela, que periodísticamente ha sido alegado como parte del creciente malestar con Ortega en el Congreso de Estados Unidos, sino que se ha anticipado a Maduro en muchos sentidos.

Hasta hace menos de dos años, en Venezuela se celebraban elecciones que cumplían con el “piso de la democracia”: que los votos de los ciudadanos eran iguales y se contaban bien. Mientras el chavismo, al amparo de amplios programas sociales financiados por altos precios del petróleo, tuvo mayoría en 19 de 20 elecciones, los votos se contaban bien. Hasta que, al calor de la pavorosa crisis económica y social por la caída del petróleo y malas política económicas, la oposición ganó abrumadoramente en las elecciones legislativas del 6 de diciembre de 2015.

De inmediato empezó el proceso que culminó con la elección, el domingo pasado y a dedo,  de la Asamblea Nacional Constituyente. Mientras tomaba posesión la nueva Asamblea Legislativa elegida en diciembre de 2015, ilegalmente se designaron una veintena de magistrados chavistas del Tribunal Supremo de Justicia (TSP) con lo cual desapareció la independencia del poder judicial. De ahí en adelante se precipitó el proceso de construcción de un poder despótico. Se impidió el referendo revocatorio de la presidencia de Maduro, se postergaron las elecciones de gobernadores, y, para eso precisamente habían llenado de chavistas (¿no sería mejor llamarles maduristas?) al TSJ, en marzo de este año este tribunal desconoció las facultades de la Asamblea Legislativa, lo que desencadenó la ola de protestas que ha sido reprimida con más de un centenar de muertos y miles de heridos.

En todo eso Ortega se adelantó a Maduro, aunque algunas cosas las ha hecho diferente en su camino al despotismo.

Ortega, para empezar, nunca tuvo la legitimidad de origen de Chávez, en abrumadoras mayorías electorales. Ganó precariamente en 2006 y de inmediato se encargó que nunca más tuviésemos elecciones libres: desde el grotesco fraude en las elecciones municipales de 2008,  nunca más se cumplió con el “piso de la democracia”: que todos los votos fueses iguales y se contaran bien. Las elecciones generales de 2011 tuvieron severos problemas de cedulación, integración de las juntas receptoras de votos, y violencia orteguista el mismo día de las elecciones robándose urnas electorales, al extremo que nunca se conocerá el verdadero resultado, y Ortega se recetó una mayoría calificada en la Asamblea Nacional. Desde el 2008 y después, las personerías jurídicas de los partidos han sido quitadas y otorgadas a discreción del gobierno, con el denominador común de la exclusión de la oposición.

Previamente, en una Corte Suprema de Justicia (CSJ) totalmente controlada por él, se había hecho autorizar la candidatura presidencial constitucionalmente prohibida y después, con su mayoría calificada en el parlamento, eliminó toda prohibición para la reelección.

Mientras, a través de fuerzas paramilitares, como los “colectivos” en Venezuela, desde 2008 había establecido un control absoluto de las calles, reprimiendo a la oposición y cualquier manifestación de protesta. Y no hay presos políticos pues a quienes se han rebelado los han matado.

La diferente secuencia temporal entre el despotismo de Maduro y de Ortega, no altera su naturaleza.

Lo que Ortega ha hecho fundamentalmente diferente, es la política económica. No ha incurrido en los desequilibrios macroeconómicos de Chávez y Maduro en Venezuela, pero tampoco ha puesto a Nicaragua en proceso de un desarrollo sostenible.

Ya se comienza a asomar la extrema dependencia de la ayuda petrolera de Venezuela para financiar algunos programas sociales que no son sostenibles. Consecuencia: la pobreza, que había disminuido ligeramente, ha vuelto a subir.

Y como lo señaló Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile y uno de los más prestigiados economistas latinoamericanos, quién estuvo recientemente en Nicaragua, nuestro país no ha removido ninguno de los obstáculos estructurales a su desarrollo. El crecimiento, bajo Ortega, sencillamente no es sostenible.

¿Nos conducirá el aferramiento de Ortega al poder a una situación catastrófica como en Venezuela con Maduro?  Esto es lo que los nicaragüenses debemos considerar para evitar que Ortega, que anticipó a Maduro en la construcción autoritaria, no lo siga en la catástrofe. La Nicaragua Linda.

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