Nuevas realidades, nuevo continente, nueva Cumbre de Las Américas

el_pulso_de_la_semanaPor Edmundo Jarquín

Es muy difícil prever todas las incidencias de la Cumbre de Las Américas que oficialmente se inició anoche en Panamá. Algunas de esas incidencias -como una foto de Castro y Obama, o conflictos callejeros entre venezolanos y cubanos tan polarizados políticamente en sus países- tendrán repercusión mediática, por secundarias que sean en relación a las grandes tendencias que hacen de esta Cumbre expresión de realidades y cambios más profundos.

Cuando hace 20 años, en diciembre de 1994 se iniciaron las Cumbres Hemisféricas, recién había terminado la guerra fría y en el continente, con la excepción de Cuba que no fue invitada, había un gran consenso en torno a la democracia, en lo político, y la economía de mercado, en lo económico. Por esos años se publicó el libro sobre “El fin de la historia” de Francis Fukuyama, en que se asumía el triunfo definitivo de la democracia liberal y la economía de mercado. Al aliento de ese consenso, en la Cumbre de Miami se lanzó la iniciativa de una Asociación de Libre Comercio de Las Américas (ALCA).

El consenso se mantuvo hasta la Cumbre de Québec, en 2001, en que se lanzó la idea de la Carta Democrática Interamericana, que se suscribió ese mismo año. Hasta ahí llegó el consenso: la declaración de Québec se firmó con reservas de Venezuela, ya entonces liderada por Chávez, tanto a la Carta Democrática como a ALCA.

En la Cumbre de Mar del Plata, en 2005, en pleno desarrollo de la geopolítica petrolera de Chávez (¿recuerdan el gasoducto sudamericano que iría desde el Caribe hasta la Patagonia, tan realidad ahora como nuestra megarefinería “El Supremo Sueño de Bolívar”?), del inicio de la gran demanda de materias primas de China que dio gran autonomía económica y política a varios países de Sudamérica, y con gobiernos como el de Kirchner en Argentina y Lula en Brasil, y de la mano de figuras mediáticas como Maradona y Evo Morales (que pronto sería elegido Presidente de Bolivia), los Estados Unidos de Bush fueron literalmente humillados. Fue el entierro definitivo del ALCA.

Después, con Petrocaribe, UNASUR y ALBA, se gestó un gran activismo multilateral latinoamericano, que se puede explicar por muchas razones de identidad histórica, cultural y geográfica, pero con un fuerte acento político-ideológico contra los Estados Unidos. Diríamos que fueron años de ruptura muy fuerte del consenso de los años 90.

A la Cumbre de Panamá se llega con algunas tendencias de fondo que configuran una realidad hemisférica sustancialmente diferente. No se trata de regresar al consenso de los años 90, pero tampoco, ni mucho menos, al momento de esplendor que tuvo la interpretación chavista del bolivarianismo.

Para empezar, el régimen de Maduro en Venezuela está en una profunda crisis. La decisión del gobierno de Obama declarando a Venezuela una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos, le dio un respiro momentáneo que, sin embargo, al momento de la Cumbre ha perdido oxigeno por tres razones. Primero, porque los Estados Unidos han hecho una vocalización diferente, quitando el acento de la amenaza y enviando a un diplomático de alto nivel, Tom Shannon, a Caracas; segundo, porque se ha acelerado el proceso de acercamiento Cuba-Estados Unidos; y tercero, y más importante, porque la situación interna de Venezuela se ha internacionalizado dramáticamente.

Sobre el último punto cabe destacar la decisión de Felipe González, el más caracterizado dirigente de la izquierda democrática a nivel mundial, de incorporarse a la defensa de Leopoldo López; rematando ese nuevo escenario en que no solamente la “derecha” se opone a la represión de Maduro, el Canciller del recién reinstalado Tabaré Vázquez en el gobierno uruguayo, y la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, se han agregado a la preocupación desde el centroizquierda, por la situación de derechos humanos en Venezuela.

Pero hay otra tendencia de fondo: Estados Unidos se han revitalizado económicamente y han pasado a ser una potencia energética que les ha permitido una política hacia los numerosos países del Caribe anglófono -que se habían sumado a Venezuela- que, de hecho, los ha vuelto a alinear a su lado. La reunión de Obama con ellos, el día antes de la Cumbre, fue la visibilización de ese hecho.

Hay, entonces, una nueva América Latina, unos nuevos Estados Unidos, y consecuentemente un nuevo continente, desde el punto de vista de las realidades económicas y políticas. En esta nueva realidad, más compleja y diversa, los alineamientos político-ideológicos, como los del gobierno de Ortega, carecen más y más de sentido.

La Nicaragua Linda

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