Moral, dignidad y política

Por Enrique Sáenz

No se puede separar la política de la moral

En días recientes tuve oportunidad de asistir a un acto singular. Se trató de una conferencia magistral sobre la vida y el pensamiento de Tomás Moro. La conferencia estuvo a cargo del intelectual mexicano Humberto Treviño. La actividad se realizó, en la universidad Thomas More, aquí en Managua.

Algunos de ustedes se preguntarán, bueno, y qué de singular puede tener una conferencia sobre Tomás Moro, que es el nombre que se utiliza en castellano. En verdad, son varias las razones.

Una primera razón sería que Tomás Moro es el autor de una de las obras emblemáticas de la humanidad. A quinientos años de haber sido publicada, todavía sigue editándose y vendiéndose en las librerías como si se tratara de un libro reciente. Utopía es el título de la obra, donde Moro critica la sociedad de su tiempo y expone una sociedad ideal en materia económica, política, social y religiosa. Se trata de un trabajo que ha servido de inspiración a religiosos y no religiosos.

Además de escribir importantes obras en diversos campos, que siguen leyéndose después de 500 años, Tomás Moro también ejerció como filósofo, teólogo, político, humanista, poeta, parlamentario, ministro, traductor, juez, abogado, profesor y diplomático. Hasta culminar su trayectoria pública como canciller de Inglaterra en el reinado de Enrique VIII.

Alguien podría decir que este es un asunto de intelectuales y estudiosos pero que no tiene relación directa con los desafíos que enfrentamos en Nicaragua.

Tendríamos entonces que dar otra razón para justificar por qué consideramos relevante la actividad sobre Tomás Moro: Resulta que el pontífice Juan Pablo II lo declaró oficialmente como patrono de los gobernantes y de los políticos. Moro, además de mártir y santo de la iglesia católica es patrono de gobernantes y políticos.

¿Por qué habrá tomado esta decisión el papa? Es lo que quisiéramos compartir con ustedes.

Escuchemos lo que afirmó Juan Pablo II al anunciar esa decisión:

“De la vida y del martirio de santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia”.

Y agrega:

“Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana”.

Para que comprendamos mejor la expresión anterior es importante que conozcamos un poco de la vida de Tomás Moro. Nació en Londres, en 1478. Después de cumplir una brillante carrera en los campos que antes mencionamos, estimado por todos por su intachable integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre, su gran sentido del humor y por su sabiduría extraordinaria, en 1529, en un momento de crisis política y económica del País, el Rey Enrique VIII, de Inglaterra le nombró Canciller del Reino. Esto significaba alcanzar la cúspide del poder político.

Sin embargo, por razones de conciencia se opuso a las arbitrariedades del rey, cayó en desgracia y aceptó sufrir con su familia la pobreza y el abandono. Bastaba doblegarse a los designios del monarca para recuperar su condición, pero se negó, fue encarcelado y después juzgado y condenado a muerte. Murió decapitado por preservar su integridad moral.

Acudimos nuevamente a las palabras de Juan Pablo II quien refiriéndose al sacrificio de Moro, afirma: “Su vida nos enseña que el gobierno debe ser, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte.

No se puede separar la política de la moral.

Esta es la razón fundamental de nuestro interés en compartir con ustedes este corto relato.

En un país donde la política se transformó en mercado de conciencias, donde se transan, se compran, se alquilan y se venden unas caras y otras baratas; en un país donde campea la corrupción, la impunidad, el abuso y el cinismo, resulta refrescante y aleccionador conocer la vida, la fortaleza espiritual y el pensamiento de personajes como Tomás Moro. Aquí también los hemos tenido. Y hoy hacen más falta que nunca.

En nuestra opinión, es una razón sobradamente suficiente para considerar un hecho singular, la conferencia ofrecida en la universidad Thomas More.

Estamos seguros que ustedes también comparten esta opinión.

Del blog de Enrique Sáenz

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