Mártires del fanatismo

silvio_avilez_gallo_bloquePor Silvio Avilez Gallo

Resulta una paradoja incomprensible que en pleno siglo XXI la conducta de ciertos individuos nos haya hecho retroceder brutalmente centenares de años a la época de las guerras de religión, que devastaron el mundo de entonces, principalmente en Europa y el Cercano Oriente, con luchas sangrientas bajo el signo de la intransigencia por cuestiones de creencias, como cuando los musulmanes invadieron el sur de Europa y ocuparon durante más de ocho siglos la mayor parte de la península ibérica.  No fue sino poco antes de la gesta del Descubrimiento de América, en enero de 1492, que los reyes católicos de España expulsaron a los moros del continente europeo. Pero los musulmanes juraron vengarse por el despojo de un territorio que consideraban propio.

Más de 500 años después, en septiembre de 2001, la humanidad fue brutalmente sacudida por la acción vandálica de desquiciados suicidas que destruyeron las torres gemelas en Nueva York y causaron la muerte a más de 3.000 civiles inocentes.  Con posterioridad a esta increíble y abominable barbarie, se conoció que ese acto de salvajismo había sido obra de terroristas de Al-Qaeda.  Este fue el inicio de una larga cadena de acciones similares en varios países, entre ellos España, Francia, Bélgica, Jordania y Dinamarca. La más publicitada de estas recientes atrocidades tuvo por escenario a París, donde elementos pertenecientes al llamado Estado Islámico (ISIS) asesinaron a unos periodistas que laboraban en el semanario satírico Charlie Hebdo y posteriormente a rehenes de un supermercado judío, con un sangriento saldo  de 12 víctimas mortales. El motivo aducido: vengar la afrenta infligida al profeta Mahoma por los “infieles” de la publicación humorística francesa.

Ahora la conciencia mundial ha sido brutalmente sacudida de nuevo con la decapitación —amplia y morbosamente difundida en internet— de 21 civiles egipcios en Libia por el único “delito” de ser cristianos coptos, vale decir “infieles” pertenecientes a la nación de la cruz (léase cristianos).  Este acto de barbarie supera con creces las atrocidades cometidas en un pasado reciente por Stalin, Hitler, Mussolini, Honecker, Ceausescu, Castro y tantos otros desquiciados para quienes la libertad, en todas sus formas, es una invención diabólica porque es incompatible con el totalitarismo que ellos encarnaron. Éste degrada al ser humano, que por naturaleza es un ser libre, pensante, dotado de lenguaje y razonamiento, al contrario del resto de las especies del reino animal, que actúan movidos únicamente por sus instintos.

Estamos en presencia, por consiguiente, de algo que desborda nuestra comprensión, ya que mientras el hombre se apresta, quizá en el próximo decenio, a conquistar el planeta Marte en búsqueda de un lugar donde la especie humana pueda sobrevivir después de la desaparición de la Tierra— como consecuencia de la destrucción de los recursos y condiciones que posibilitan la continuación de la vida, por obra de conductas suicidas del llamado “homo sapiens”—, he aquí que de sopetón retrocedemos sin transición a la era de las cavernas con el proceder de los trogloditas terroristas al servicio del Estado Islámico.

Resulta increíble que a pesar de todo el progreso que el hombre ha acumulado a lo largo de siglos en todos los campos del conocimiento y las ciencias, tengamos hoy que lamentar y condenar enérgicamente el martirio de 21 personas por el solo hecho de ser cristianos, así como la bestialidad de los yihadistas que quemaron vivo a un piloto jordano, todo lo cual fue sádicamente filmado y transmitido al mundo.

Si tenemos en cuenta 1) toda la sangre que tuvo que derramarse en luchas fratricidas en  épocas prehistóricas; 2) las guerras entre naciones en un pasado todavía reciente, como las dos conflagraciones mundiales del siglo XX, para consolidar el derecho de ser libres; 3) el respeto a nuestras creencias religiosas (o a ser agnósticos,  ateos o no adscritos a ninguna denominación); 4) el derecho de pensar y opinar libremente; 5) la garantía de vivir en un régimen de pleno respeto a los derechos humanos; 6) el respeto a la dignidad humana; 7) la creencia y práctica del sistema político de nuestra elección, no podemos menos que exigir la condena enérgica de las Naciones Unidas y de todos los gobiernos genuinamente democráticos a estos actos de inhumanidad que —¡oh blasfemia!— cometen esos descerebrados en el supuesto nombre de Dios, que, como escribe el apóstol,  es precisamente la encarnación divina del Amor (I Jn: 4), vale decir, todo lo contrario al odio y la maldad.

Cuando se escriba la historia de la humanidad, el siglo XXI será recordado no por sus logros y progresos en todas las ramas del saber, particularmente la ciencia y la tecnología, sino por la aparición de la plaga siniestra de execrables humanoides, como los yihadistas, que hicieron volver vertiginosamente hacia atrás las manecillas del reloj a épocas muy anteriores a la aparición del homo erectus.

Si por la víspera se saca el día, como reza el refrán, eso quiere decir que nos aguardan tiempos de gran tribulación, que pondrán a prueba nuestra supervivencia como seres humanos.

Que Dios tenga misericordia de nosotros.

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