La visita de Vladimir y sus consecuencias para Nicaragua

El presidente ruso considera que Nicaragua es un “socio importante” para su país. / Imagen de El Nuevo Diario.

Por Silvio Avilez Gallo

La política exterior de un país suele basarse en una serie de factores que obedecen a consideraciones históricas, estratégicas, geográficas, ideológicas, climáticas, etc. que influyen poderosamente en las decisiones que determinado Estado toma para conducir sus relaciones bilaterales o multilaterales con otros miembros de la comunidad internacional.  Muchas veces, el factor geográfico es determinante, ya que no es lo mismo un país insular —como  Aruba, Chipre, Madagascar o Haití— que  otro que es prácticamente un continente como Australia.  No es igual tener acceso a los océanos que ser un país mediterráneo.

     Estas circunstancias explican, por ejemplo, que una de las constantes de la política exterior rusa, independientemente del régimen político imperante, haya sido obtener y conservar una salida a los mares cálidos, lo que explica la continuidad de esa política desde tiempos del imperio zarista, de la revolución bolchevique, de la ex Unión Soviética y de la actual Federación de Rusia. No pocas veces ese país desencadenó conflictos con sus vecinos para asegurarse el acceso al Mar Negro o a los océanos Pacífico e Índico. Otro tanto puede decirse de los grandes imperios coloniales —el Reino Unido, Francia, Alemania, España, Portugal, los Países Bajos— en los que la historia o los imperativos comerciales determinaron la conducción de determinada política exterior.

    La situación no es diferente cuando se trata de países modestos o medianos, como los que integran Centroamérica y algunos de África o Asia. Éstos han visto su destino girar en torno a determinantes geográficas, como en los casos de Egipto con el Canal de Suez, o de Panamá y Nicaragua, en los que su posición estratégica los ha condenado a ser víctimas del colonialismo y la explotación de potencias continentales o extra continentales que han buscado la manera de lucrarse con la construcción de vías interoceánicas.

     El proyecto de construir un canal por Nicaragua ha estado presente desde hace mucho, pero fue a finales del siglo XIX y comienzos del XX que esa idea pareció reavivarse poderosamente. En efecto, cuando como consecuencia del interés de los EE.UU. por construir una vía interoceánica Washington logró segregar a Panamá de Colombia en 1903, fue evidente que la opción estadounidense descartaba momentáneamente el proyecto por la Ruta del  Tránsito en Nicaragua, pero el Departamento de Estado quiso asegurarse que ningún otro país consiguiera negociar con Nicaragua la apertura de esa vía, para lo cual impuso el Tratado Chamorro-Bryan en 1914, por el que Nicaragua otorgaba esa prerrogativa por 99 años a la Casa Blanca. Este año se cumplen 100 años de este histórico tratado, que fue felizmente abrogado en 1970 por mutuo acuerdo entre los EE.UU. y Nicaragua.

     Pero no sólo los factores geopolíticos determinan la política exterior. También hay otros aspectos que cuentan, por ejemplo, el poderío de determinado país, su capacidad militar y las alianzas que pueda concertar con otros Estados.  La historia de Nicaragua ha girado en torno a su privilegiada situación estratégica, que le significó en el pasado verse involucrada en conflictos por rivalidades de las grandes potencias.

     En lo que respecta a nuestro país, gran parte del fracaso que ha experimentado en sus relaciones con otros países justamente se debe a la ausencia de una política exterior de Estado. Por falta de educación cívica, su historia se ha caracterizado por una sucesión de luchas y contiendas civiles que la han hecho recaer en los mismos errores del pasado.  Sin ir muy lejos, el último gran conflicto interno para deshacerse de una dictadura terminó en 1979 con la instalación de un régimen autoritario que obstinadamente repite las mismas equivocaciones que provocaron miles de víctimas entre la población. Como se dice, pasamos de Guatemala a Guatepeor…

     El gran error del régimen somocista fue confiar ciegamente en Washington y al final ya sabemos lo que pasó.  Nicaragua no está para “escupir en rueda” con los grandes, habida cuenta que no tiene capacidad de hacer frente a presiones o represalias de los que ostentan el poder en el mundo.

     La reciente visita —si es que puede llamarse así a una breve escala técnica— del mandatario ruso Vladímir Pútin para saludar a su colega nicaragüense ha dado pie a muchas especulaciones, que van desde el absurdo de repostar combustible (si se piensa que el ex jefe del KGB es un experto planificador) o que obedeció a un “consejo” del dinosaurio de La Habana. Esto es menospreciar la inteligencia del ruso. Sus razones habrá tenido, que obviamente no fueron divulgadas, pero quizá quiso dar un espaldarazo simbólico a Ortega, dirigido a Washington, para significar que no está solo y que cuenta con el respaldo de Rusia.

     Mal haría Nicaragua, en estos momentos de tensión entre los EE.UU. y Rusia, en “torear” como se dice popularmente a Washington. Nuestro país no debe olvidar que el país del norte es un excelente cliente comercial para sus exportaciones y que hay mucho que perder en una confrontación desigual.  

     En política exterior no conviene jugar a David cuando se tiene frente a sí a semejante Goliat.

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