La vida es un derecho irrenunciable | Papa Francisco

amamantar_bebe_3Por Silvio Avilez Gallo

Periódicamente surge la controversia respecto de si es lícito o no aplicar la pena de muerte para sancionar determinado tipo de delitos. Uno de estos casos involucró recientemente a un nicaragüense, condenado en el Estado de Texas a la pena capital por haber sido convicto de homicidio culposo, en circunstancias que el autor era menor de edad al momento de la comisión del delito y que transcurrieron unos quince años de espera del inculpado en el llamado corredor de la muerte. Finalmente, la defensa del reo interpuso un recurso ante la justicia estatal y casi in extremis el tribunal decidió aplazar sine die la ejecución de la sentencia.

En estos días la controversia ha vuelto a retomar fuerza con los discursos pronunciados por el Papa Francisco en el Capitolio de Washington y ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde el Pontífice abogó enérgicamente por la abolición de la pena de muerte, con el argumento de que nadie, ni siquiera el Estado, tiene derecho a privar de la vida a un ser humano. Idos están los tiempos en que la sociedad se regía por la ley del talión (ojo por ojo y diente por diente), ya que si lo que se busca es el castigo o la transformación del delincuente, lo que corresponde es una condena a largos años de prisión en los que el antisocial pueda rehabilitarse, lo que no se consigue privándolo de la vida.  Sobre este punto existe un trasfondo ideológico-religioso, pero sobre todo consideraciones jurídicas y doctrinales, que conforman la trama de los diversos instrumentos de las organizaciones internacionales.

El romano Pontífice no sólo intercedió por la abolición de la pena capital sino que también hizo una ardorosa defensa del medio ambiente, criticó la carrera armamentista y abogó por el derecho a la vida de jóvenes, hombres, mujeres, ancianos, enfermos, discapacitados y no natos. En efecto, muchos de quienes condenan sin reservas la pena de muerte se muestran contradictoriamente favorables al aborto y recurren maliciosamente a falsos eufemismos, como el mal llamado “aborto terapéutico” (¿es acaso el embarazo una enfermedad que requiera “tratamiento” para curarla?), con el cual pretenden justificar el más cruel e inhumano de todos los crímenes: el asesinato premeditado de un ser indefenso e inocente, a quien le niegan el derecho a la existencia, consagrado en la inmensa mayoría de los textos constitucionales.

En sus intervenciones en los diversos foros, el Santo Padre también  enfatizó la preeminencia de los valores y principios sobre los que se fundamenta la civilización moderna. El predominio del materialismo y los antivalores falsea las bases del Estado de Derecho y el funcionamiento eficaz del régimen democrático. Si se desconoce y niega el valor intrínseco de la vida humana desde sus inicios hasta su término natural, se atenta gravemente contra el futuro de la humanidad y contra la sobrevivencia de la especie humana en el único hábitat que posee en todo el universo.

La importancia de los valores y principios éticos y morales para fundamentar el funcionamiento de una sociedad civilizada implica luchar frontalmente contra el egoísmo, la ambición desmedida del sistema financiero internacional, la avaricia del poder por el poder mismo como fin, y contra el egocentrismo que nos vuelve insensibles a la miseria de gran parte de la humanidad, así como el yoquepierdismo de los poderosos para no atender el deterioro galopante del medioambiente y sus nefastas consecuencias, debe hacernos reflexionar seriamente sobre el inevitable final que aguarda a la humanidad con la desaparición de nuestra casa grande en el universo.

La defensa inclaudicable del derecho a la vida, tal como lo señaló enfáticamente el Papa Francisco en sus alocuciones públicas y privadas durante su reciente gira por Cuba y los Estados Unidos de América, debe constituir el “leit Motiv” de una verdadera política de Estado de quienes dicen preocuparse sinceramente por el futuro de nuestro planeta.

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