La cultura política, un espacio de conflictos | Nicaragua

Héctor Mairena

Héctor Mairena

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

El orteguismo, de manera deliberada y planificada, procura establecer en Nicaragua su cultura política, funcional a su proyecto. Una cultura que le permita sustentarlo y -en sus intenciones- consolidarlo.

Los valores –o antivalores, si se prefiere– de esa cultura ecléctica, los transmite repetida y profusamente a la sociedad, al mismo tiempo que por otras vías “los impone”. No hay nada casual en lo que percibimos como un chacuatol que mezcla rasgos del marxismo con un cristianismo traído de los pelos y un esoterismo exultante: ni las coreografías en los actos oficiales, ni los rótulos gigantes por doquier, ni las recurrentes invocaciones divinas, ni la destrucción de obras de administraciones anteriores. Ni en el desmesurado afán de controlar nuevos y viejos medios de comunicación.

De esa manera es que se explican las cotidianas retahílas de la exclusiva y omnipresente vocera oficial, en las que se hace propaganda disfrazada de información -sea sobre inauguraciones, temblores u obituarios- y se transmite su propia versión de hechos históricos si de efemérides se trata. O que mediante el control de la Asamblea Nacional se defina en las reformas constitucionales del 2014, como “cristiana, solidaria y socialista” la naturaleza del estado.

La cultura política abarca los valores, actitudes u opiniones que son asumidos por los ciudadanos en su relación con las instituciones públicas, y que se traducen en conducta. Así, hay personas que se asumen a sí mismos  como militantes del orteguismo y no como ciudadanos, piezas de una pretendida revolución que han depuesto el derecho a pensar para acatar los designios del poder. Esa cultura política es adquirida, o dicho desde otro ángulo, es construida y transmitida desde aparatos formales o informales, llámese sistema educativo, medios de comunicación o redes sociales.

Pero los valores u opiniones no se colocan en la cultura política como un bloque en una pared que se construye, no se insertan como se escribe sobre una hoja en blanco. Y no es así, porque la sociedad es un espacio de conflictos, de contradicciones, de réplica permanente más o menos explícita. En tres palabras: no es uniforme.

Nicaragua es diversa, cultural, ideológica y políticamente. Y en ese espacio heterogéneo se encuentran y se confrontan los distintas valores e ideas, expresiones  al fin y al cabo, de los intereses de diferente origen y naturaleza que mueven la sociedad. Es la lucha ideológica. Esa confrontación tiene dos grandes sujetos: el bloque orteguista antidemocrático y las fuerzas democráticas, las que por cierto, tampoco son homogéneas y en las que consecuentemente también hay debate, choque de ideas y opiniones. Tampoco el orteguismo es uniforme, pero las formas en que allí se resuelven las contradicciones están marcadas por su esencia autoritaria.

Evidentemente en la actual confrontación ideológica en Nicaragua, el orteguismo actúa con la ventaja que le proporciona el control de las instituciones del estado y de la absoluta mayoría de los medios de comunicación. Dispara con mampuesta pues, y evade el debate porque su esencia es totalitaria: no debate sus verdades, las impone. Y si no, recurre al  garrote, a la pedrada, a la policía.

El contraste entre discurso oficial y la realidad es el espacio inmediato para el cuestionamiento del orteguismo, porque allí radica su debilidad: ¿Honestidad mientras florecen los actos de corrupción? ¿Solidaridad cuando se impide ayudar a los campesinos que padecen amenaza de hambruna? ¿Vivir bonito en un país que aumenta la pobreza y el número de millonarios? ¿Democracia, si se ejecutan fraudes electorales y hay partidos ilegalizados arbitrariamente? ¿Soberanía, habiendo entregado el país a un extranjero?

Y es en ese terreno, el de las ideas, que se libra la primera batalla por la democracia. Se trata de conquistar el corazón y la conciencia de los ciudadanos. Se trata de construir, a mediano y largo plazo, una cultura política democrática.

Del blog de Héctor Mairena

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