La corrupción, Lula y la izquierda

Héctor Mairena

Héctor Mairena

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

En las décadas de los sesenta y los setenta, la ética política constituyó el principal capital de la izquierda latinoamericana. Sin incurrir en la idealización, es innegable que el heroísmo y el sacrificio extremo, la coherencia entre el discurso y la práctica, más que propuestas programáticas muchas veces apenas enunciadas, fueron los factores que dieron credibilidad a aquellas, entonces pequeñas organizaciones que se batían, la más de las veces en la clandestinidad y con las armas en la mano, contra feroces dictaduras. Esto es en términos generales, porque como en cualquier grupo humano, en distintos momentos se manifestaron vicios y prácticas ajenas a lo que se reivindicaba, pero muchos de esos actos- también es cierto-, fueron sancionados con severidad.

La llegada al gobierno de organizaciones auto definidas de izquierda por la vía electoral en las dos últimas décadas en América Latina, ha planteado a los que se ven a sí mismos (a veces los mismos protagonistas) como continuadores de aquellas combativas huestes de los sesenta y setenta, el desafío de asumir las transformaciones económicas y sociales que nuestros países requieren, en el contexto de la “democracia burguesa” -antes vilipendiada-, pero también los ha sometido a la dura prueba de preservar -en las nuevas circunstancias históricas- los valores esenciales que identifican a la auténtica izquierda: la ética política, la solidaridad, justicia social y la democracia.

Algunos sucumbieron en el intento, o ya habían abandonado desde antes -consciente y deliberadamente- aquellos valores, asumiendo proyectos autoritarios y personalistas. Bien lo sabemos en Nicaragua.

Traigo esto a colación por la actual situación en Brasil. Las denuncias de presunta corrupción contra el ex presidente Lula, constituyen, sin duda alguna, un golpe a la credibilidad y al prestigio de uno de los representantes más prestigiados -hasta ahora- de la izquierda democrática latinoamericana.

El proceso abierto contra el ex presidente brasileño, tiene ante todo el objetivo de golpear el gobierno de la presidenta Dilma Rouseff, eventualmente destituirla e impedir un posible regreso de Lula a la presidencia. Debe tenerse en cuenta que Rouseff llegó la presidencia para este segundo período, en una forzada segunda vuelta (el 26 de octubre del 2014), en la que la oposición acarició la victoria con un 49% y que Brasil vive desde hace varios años una profunda crisis económica que han hecho caer el ingreso per cápita en un 35 % en los últimos 5 años provocando un descontento social manifiesto. La oposición ve la mesa servida para lograr lo que no pudieron  en las urnas en el 2014.

Sin embargo, el hecho que exista una acción orquestada contra el PT y sus dos principales figuras, no niega que se hayan dado actos de corrupción. Hay que recordar que históricos luchadores (desde los sesenta) como José Dirceu y José Genoino, ambos  cofundadores y ex presidentes del PT, cumplen condenas por casos de corrupción comprobada. Que el ex presidente Da Silva haya sido parte o no de los actos corruptos, está por verse. Y ojalá sea dilucidado con apego a la verdad y las leyes,sin la judicialización de la lucha política, independientemente de los resultados.

Pero queda claro que la izquierda no está exenta que representantes suyos, desde el gobierno o fuera de él, incurran en actos de corrupción. Y así como el respeto a la institucionalidad y la fiscalización social, son los principales antídotos para detectar y castigar la corrupción en los gobiernos, en los partidos y organizaciones políticas lo es además la observancia a su propia institucionalidad. Sabedores de ello, los corruptos lo primero que hacen  es procurarse el control personal de los partidos que los aupan o destruirlos.

La izquierda tiene desde cualquier punto de vista, mejores condiciones para enfrentar la corrupción, toda vez que se mantenga fiel a sus postulados originales constitutivos.

La política actual, como antes y como deberá ser en el futuro, no debe ser de apariencias. No basta decir, hay que ser. No basta tener un programa de transformaciones justas, hay que reivindicar la ética de la honestidad y la transparencia como divisas inamovibles y condiciones transversales de cualquier cambio social, económico o político.

15 de marzo de 2016

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