Julio Cabrales, el poeta que ascendió a la locura

Poeta Julio Cabrales

Ariel Montoya

A las 7 de mañana de hoy sábado 25 de noviembre se despidió de este mundo el poeta Julio Cabrales, en un hospital público de Managua, con las piernas amputadas y de locura, locura que lo atormentó por años junto a sus ataques de esquizofrenia, depresiones y otras molestias mentales con las cuales convivió alrededor de 40 años, solo, abandonado a su pobreza, a las limosnas que pedía y a la benevolencia de algunos amigos y de los diputados de la Asamblea Nacional que le pasó una pensión para su subsistencia, la cual vivió entre amenazas de desalojo e incluso con gusanos que subían a su cama en medio del desaseo y el abandono que sufrió en sus últimos años. Dice el actor Frank Underwood (Kevin Spacey), en la serie televisa House of Cards, “no hay consuelo ni arriba ni abajo, solo en nosotros mismos, pequeños solitarios combatiendo entre nosotros mismos”, el poeta Cabrales acaso nunca encuentre ese consuelo, o acaso hasta ahora.

No fui amigo de él, aunque si un gran admirador de su poesía y la de su padre, Luis Alberto Cabrales, pieza clave del Movimiento poético político de Vanguardia de los  años 30.  Y al igual que su padre, ambos padecieron de trastornos mentales, quedará para la divagación literaria si en el caso de Julio, la locura la trajo de España tras una sífilis perversa o bien una herencia paterna familiar, pues también su hermano Clarence la padeció.

Perteneciente a la generación del 60, el poeta Cabrales no deja una vasta obra, aunque sí significativa y valiosa enfilada en la gran poesía nicaragüense. Su obra, reunida en “Ómnibus” refleja una obra marcada por la tragedia, la insolación humana, la divinidad espiritual, el vacío y el agrietado sentido de la tormenta y la desesperación. Inspirado en la vida del bailarín ruso Vaslav Nijinsky, escribe su más famoso poema “El espectro de la rosa”,  premonitorio y perentorio de la misma vida del loco bailarín, quien murió demente.

Tres veces visité su casa, siempre asediada por pesquisas de algunos familiares y gentes humildes que lo querían, como la señora Paola Gutiérrez y su hija, vendedoras callejeras que estuvieron al tanto de él y lo asistieron en lo que pudieron, lavándolo de sus defecaciones reiteradas, buscándole un cigarro en el filo de las madrugadas y los gritos, en una modesta casa donde en invierno se inunda de agua, y donde no hay mas que una silla vieja de madera, un par de pinturas mal enmarcadas y olores desagradables.

De izquierda a derecha, la lic. Johanna Gonzalez, el poeta Julio Cabrales y el poeta Norman Sanchez. Atras, el poeta Ariel Montoya.

La primera vez fui en compañía de los poetas Lolo Morales y Guillermo Callejas, le compramos alguna comida, lo abrazamos y a veces logramos entenderle algunas palabras. La segunda vez estaba malhumorado y la tercera vez, que fue la última, fui con la licenciada Johanna González, y los poetas Norman Sánchez, Harry Tejada e Ileana García.  Esa vez estaba contento, de buen humor, como con tres cajetillas de cigarros, un libro de Tito Castillo entre sus manos que fingía leer, la camisa desabotonada, las uñas largas y sucias, la barba blanca y el ceño más que fruncido, arrugado. Lo abrazamos, nos tomamos  fotos, nos abrazamos a la sombra del adiós certero.

El 5 de noviembre de este año fui a verlo al hospital Alemán Nicaragüense, pero ya estaba en cuidados intensivos; Paola Gutiérrez, venciendo amenazas domésticas y yendo a verlo al hospital me mantuvo informado de su salud, de sus leves mejoras y de sus piernas ya malolientes y luego amputadas.  Hoy me llamó a las 7 de la mañana para decirme que se había ido para siempre.

Que el Cielo y el Sol le en medio de su locura y su partida, el consuelo que aquí no encontró.

Managua, 25 de noviembre de 2017

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