Instantáneas de Fernando Cardenal | Nicaragua

Héctor Mairena

Héctor Mairena

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

1976.

Es mi primer año en la universidad. En los pasillos del Recinto Rubén Darío de la UNAN de Managua, es normal -sobre todo después de la seis de la tarde- encontrar al Padre Fernando Cardenal. Todos sabemos que es sacerdote, pero además revolucionario. Camina a pasos largos, siempre cargando un maletín, irradia sencillez y transmite energía. Es profesor de Introducción a la Filosofía. En sus clases explica con inigualable sencillez y claridad las Tesis sobre Feuerbach de Marx, o la dialéctica idealista de Hegel. Pero habla también del significado del Concilio Vaticano II y de la realidad -del drama- nacional.

Junio de 1976.

El Auditorio Fernando Gordillo, el auditorio 12, lleno a reventar. El CUUN o el FER, ha invitado a una asamblea en la que el Padre Fernando Cardenal informará a la comunidad universitaria de su comparecencia ante el Congreso de los Estados Unidos en la que denunció detalladamente las violaciones a los Derechos Humanos que se da en Nicaragua.

El Padre comparte su experiencia con la asistencia. Cuenta, entre otras muchas cosas, que un congresista le preguntó: En una escala del 1 al 10 ¿dónde pondría usted en materia de violaciones a los Derechos Humanos, a Pinochet y a Somoza ?

Fernando, directo y llano, le respondió: No se trata aquí de averiguar quién es el campeón de la represión. Se trata que los nicaragüenses sufrimos una sistemática violación  a nuestros Derechos Humanos por la dictadura de los Somoza. Y ustedes tienen una responsabilidad en eso.

Muchos años después, en sus Memorias, el Padre Cardenal revelará que hizo aquel viaje y la denuncia, en cumplimiento de una tarea que le encargó el Comandante Eduardo Contreras, a quien alguna vez llamó su padrino político. Así, con Fernando, los presos, los muertos y los perseguidos de Waslala, El Cuá, Kuskawas, Tiscapa, Sutiaba, de Nicaragua entera, tuvieron voz en el propio Capitolio.

Los somocistas lo calificaron de “traidor a la patria”.

Mayo de 1979.

En una reunión clandestina alguien cuestiona el llamado a la ofensiva generalizada contra la dictadura, porque, según sus análisis, no están dadas las condiciones. En ese momento una emisora informa que un comando sandinista ha atacado con rockets la residencia -en verdad una fortaleza- del ministro  de Gobernación de Somoza, Antonio Mora Rostrán. Fernando, mira suavemente al camarada y contundente le pregunta: si esto no es una situación pre insurreccional, ¿qué es, compañero?

Años 90.

Fernando Cardenal es el profesor que imparte la asignatura de Teología a mi grupo nocturno en la Facultad de Derecho de la UCA. Un día un compañero, joven veterano de guerra, pregunta: asumamos que Dios existe ¿cómo hay que imaginarlo, Padre?

Fernando, responde: ¿Imaginar a Dios? No hay que hacerlo, pero vea a su alrededor. En Dios se cree o no.

Otro día explica por qué cuando la política es honrada y progresista, es más meritoria que la caridad o que la religión que da la espaldas a la realidad en nombre de la eternidad. ¿Por qué? Porque la política, la revolucionaria, la que busca el bien común como decía Aristóteles, se plantea transformar las cosas aquí y ahora para todos, sobre todo la situación de los pobres.

Diciembre del 2009.

Es el cumpleaños de Ana Margarita Vijil. Y Fernando, como no, está allí. Le cuento que recientemente he terminado de leer de un tirón los dos volúmenes de sus Memorias. Que mi paso fugaz por el Movimiento Cristiano Revolucionario en 1974, fue definitorio en mi vida, que guardo especial recuerdo de Oscar Robelo Sotomayor a quien él menciona con singular consideración. Me da las gracias. Yo, sorprendido, le digo: No Padre, ¿por qué?. Gracias a usted por su ejemplo y por su testimonio.

Hoy, que Fernando lucha por su vida, junto a muchísimos nicaragüenses de distintas generaciones, se lo repito: Gracias Padre Fernando por su vida, por su ejemplo y sus enseñanzas.

Fernando Cardenal ha sabido ejercer su magisterio y proyectar su ejemplo para sus cercanos, pero también para quienes, como yo, le hemos admirado desde lejos. Es parte de su grandeza.

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