Yerra Ortega, otra vez | Nicaragua

Héctor Mairena

Héctor Mairena

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

Dicen, sicólogos que han estudiado a Daniel Ortega, que dos de sus características personales son su extrema frialdad y que su disposición a negociar -que implica ceder- solo se da  cuando es su última opción. Pero las que para un combatiente clandestino –como en efecto lo fue Ortega- pueden ser virtudes, en un estadista -que él pretende ser-, las mismas, llevadas al extremo, como es el caso, se tornan en irresponsabilidad. En irresponsabilidad que no pocas veces tiene graves y hasta funestas consecuencias.

Y para muestras dos hechos de distintas magnitudes. El año pasado, luego del enjambre de sismos que sacudió Mangua y otras ciudades por varios días, mientras la población estaba en vilo, él , según declaró, atendía responsabilidades familiares. Ha pasado más de un año y el presidente no se ha dignado en visitar a ninguno de los afectados por aquellos hechos. Otro: ¿cuánto costo, humano y material, tuvo su terquedad -su negativa a negociar- la paz en los ochenta, antes de Esquipulas?

Hoy, como quiera que sea, Ortega ejerce la presidencia de Nicaragua. Al menos así se asume, aunque los hechos cotidianos demuestren que la ha delegado. En todo caso se esperaría una actitud distinta a la que a diario observamos los nicaragüenses: irrespeto a las instituciones, ignorancia deliberada de las leyes que no le favorecen, autoritarismo político y oídos sordos a las demandas ciudadanas.

Y en este año electoral, su terquedad -serenidad le llaman sus seguidores- le hace ignorar la grita general de realizar elecciones libres y transparentes, con observación nacional e internacional creíble y calificada. Lo demandaron los obispos hace dos años, lo demandan la sociedad civil, los partidos políticos, gobiernos extranjeros y hasta bases de su propio partido.

¿Por qué? ¿Por qué si sus encuestas dicen que arrasará? ¿Por qué si tan seguro está de contar con el beneficio del voto ciudadano? No hay otra explicación que la arrogancia política de quien encabeza un proyecto autoritario.

Está claro que la personalidad de quienes ocupan posiciones de poder, influye en el estilo con que lo ejercen, lo que tiene necesariamente implicaciones para toda la sociedad. En el caso de Ortega, la evidencia demuestra que su visión autoritaria y dictatorial, es coherente con el proyecto que encabeza, con su desdén hacia las instituciones y la democracia. Para él, como para otros, la democracia es un trámite necio. Por eso la acomoda, sin importarle que se desvirtúe o destruya.

¿Hasta cuándo continuará  campante ante las protestas, la corrupción y el creciente rechazo a su gestión? ¿Hasta que la movilización ciudadana, en las calles y en las urnas, desborde su frialdad y le imponga la realidad?

El problemas es que el precio humano y material que puede llegar a pagar Nicaragua frente a la obcecación de Daniel Ortega, es alto, muy alto. Él, en tanto animal político, lo sabe, pero no le importa.

De allí que la responsabilidad ineludible de los demócratas nicaragüenses, sea demostrar con la fuerza de la razón y de la ciudadanía, que es imprescindible que en Nicaragua se restablezca la democracia. Y no será dádiva ni cesión, sino conquista.

Del blog de Héctor Mairena

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