El terremoto y el Cocibolca

Editorial del diario La Prensa de Nicaragua edición del miércoles 15 de octubre de 2014

Afortunadamente, el fuerte sismo de más de 7 grados en la escala de Richter que ocurrió en la noche del lunes recién pasado, no causó daños humanos y solo algunos materiales leves en el Occidente del país. Fue un poco peor en Honduras, donde una persona murió y otra resultó herida al derrumbarse la vivienda en la que se encontraban, y un puente importante también se derrumbó. Mientras que en El Salvador solo una persona resultó muerta al ser golpeada por un poste de electricidad que se desplomó.

En Nicaragua estamos —o deberíamos estar— acostumbrados a los temblores y terremotos, ya que vivimos en una geografía sísmica donde la corteza terrestre libera constantemente la energía acumulada por la actividad volcánica y tectónica. El terremoto es un fenómeno natural que no se puede evitar, ni siquiera prever cuándo ocurrirá y solo vale tener el entrenamiento adecuado para ponerse a salvo al ocurrir un fuerte movimiento terráqueo, que las edificaciones sean resistentes a los sismos y que la gente que vive a orillas del mar esté preparada ante la ocurrencia o posibilidad de un tsunami o maremoto. Al respecto los organismos de protección civil del Estado y de la sociedad civil son pródigos en recomendaciones de cómo comportarse en caso de temblores, a fin de prevenir que los daños no sean tan catastróficos y dolorosos como los causados por los terremotos de Managua en 1931 y 1972, que causaron entre 1,200 y 1,500 muertos el primero y alrededor de 20 mil muertos y otros tantos heridos el segundo.

Pero hay otros desastres naturales —como deslaves, sequías, deforestación, pérdida de las fuentes de agua y grave contaminación ambiental— que no son inevitables sino que ocurren o se agravan por la irresponsabilidad humana, sobre todo de quienes con tal de hacer negocios lucrativos no les importa dañar el medioambiente y causar desastres ecológicos de gran magnitud.

Precisamente el mismo día que ocurrió el último terremoto que alarmó a toda la población, el lunes de esta semana, el presidente inconstitucional Daniel Ortega ratificó su sentencia de muerte contra el lago Cocibolca, en medio del cual debe pasar el Canal Interoceánico de los chinos y para construirlo inevitablemente tendrán que arruinar esa valiosa reserva de agua dulce de Nicaragua y de toda América Central. Así lo han advertido ambientalistas profesionales y científicos de reconocida capacidad y honestidad, como el mismo asesor ambiental presidencial, doctor Jaime Incer Barquero.

Ortega aseguró en 2007, después que recuperó el poder gracias al pacto con Arnoldo Alemán y el PLC, que “ni por todo el oro del mundo podemos arriesgar el lago Cocibolca para construir un Canal Interoceánico”. Pero ahora, seducido por el oro de China ha decidido no solo arriesgar el Gran Lago de Nicaragua sino destruirlo sin piedad. Y para justificarse miente descaradamente al decir que de todas maneras el lago ya está arruinado por la contaminación, como según él lo prueba la desaparición de los famosos tiburones de agua dulce. Una gran mentira evidente porque la causa de que los tiburones desaparecieran del lago fue su irracional sobreexplotación.

Justificar la destrucción del Gran Lago porque de todas maneras ya sufre contaminación, es como que un médico mate a un paciente porque está enfermo de gripe.

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