El santuario de la familia

silvio_avilez_gallo_bloquePor Silvio Avilez Gallo

La idea de santuario suele relacionarse con el de un lugar sagrado, hacia donde la gente peregrina o se reúne para rendir homenaje  a un santo.  Aunque tal es su origen y su significado primordial, en el curso de la historia el concepto también se ha vinculado a la idea de sitio de acogida y respeto, porque las personas solían refugiarse en los templos o santuarios para escapar de las persecuciones políticas.  Esto también se asocia en la época moderna a la noción de asilo en el derecho diplomático e internacional, sólo que en este caso, por analogía, los “santuarios” son las sedes diplomáticas donde los perseguidos por motivaciones políticas reciben protección de parte de otro país y el Estado territorial acepta no el carácter sagrado de los antiguos santuarios sino su inviolabilidad, la que está obligado a respetar por los convenios suscritos sobre lo que se conoce como asilo diplomático.

     Es un lugar común afirmar que la familia ha constituido el núcleo de toda sociedad organizada, tanto por su carácter fundacional como por su naturaleza de fuente de irradiación de principios y valores formativos que se inculcan desde la cuna a todos sus integrantes.  La familia es, por consiguiente, la primera escuela que marca de manera indeleble el espíritu del niño, que en ella incorpora y absorbe el legado y las tradiciones que a su vez transmitirá a sus descendientes cuando llegue el momento de constituir su propia unidad familiar.  Estos cimientos se consolidan y fortalecen con la colaboración de los encargados de la enseñanza básica e intermedia que, además de la labor meramente educativa, aportan valores éticos, cívicos y culturales como complemento de la misión formativa de los padres.

     De ahí la importancia que reviste un hogar bien cimentado por vínculos  sólidos como el matrimonio, especialmente durante la etapa crucial del aspecto formativo. Pero con el “modernismo” de la sociedad actual, ha llegado asimismo la paulatina desaparición de esos valores y principios que solían caracterizar a los hogares bien constituidos. El matrimonio, entendido como la unión entre un hombre y una mujer, ha dado lugar al surgimiento de otras formas de vinculación menos rigurosas y de menor solidez y responsabilidad, como la unión libre o emparejamiento y la simple convivencia temporal sin ningún tipo de ataduras u obligaciones. Si a esto agregamos que en algunos países el concepto de matrimonio se ha extendido a las uniones homosexuales y lésbicas, con iguales derechos que las personas unidas por vínculos legales o religiosos, se comprenderá fácilmente que nos encontramos ante una verdadera revolución que ha remecido los cimientos de la familia como elemento nuclear.

     Por lo anteriormente expuesto, en un Estado democrático en el que se respetan los derechos, garantías y libertades individuales, la esfera familiar tradicionalmente ha sido reconocida  y reservada  como del resorte exclusivo de los padres y sólo a ellos compete la importantísima labor de formación de los hijos.  Pero cuando la existencia del Estado de derecho se halla en entredicho por las constantes violaciones e irrespeto a la Constitución, las leyes y la institucionalidad jurídica, resulta lógico que los gobiernos que no comulgan con los ideales democráticos —como las mal llamadas democracias populares (albarda sobre aparejo) o los regímenes donde impera el totalitarismo o la dictadura— se esfuercen al máximo por invadir el ámbito familiar como una manera eficaz de erradicar los valores y principios que dan solidez a la formación moral y cívica, para reemplazarlos por antivalores acordes con su concepción ideológica partidaria.

     En Nicaragua existe actualmente una gran controversia por la aprobación de la ley sobre la familia, debido a que no fue suficientemente consultada  y consensuada con los diversos estamentos de la sociedad, pero sobre todo por la reciente reglamentación de dicha ley mediante decreto ejecutivo. Quienes adversan esta legislación —sobre todo juristas y defensores de los derechos humanos— afirman que el reglamento modifica y distorsiona la ley. Hasta la Conferencia Episcopal de Nicaragua ha emitido reservas y opiniones desfavorables a la nueva disposición del ejecutivo porque considera, con justa razón, que invade el ámbito privado reservado a la familia.

     La nueva ley ha creado los llamados Gabinetes de Familia, integrados por individuos vinculados o afines al FSLN, lo que significa que la política ideológica prima sobre el derecho de los padres a formar y educar a sus hijos. Los gobiernos que tienen una aspiración mesiánica, especialmente los de corte autoritario, saben perfectamente que para poder influir decisivamente en la conciencia de los futuros ciudadanos, es fundamental iniciar desde muy temprano la labor de zapa de los valores y principios tradicionales en las conciencias de los niños. Para ello es preciso comenzar por invadir la esfera familiar. De esa manera, la misión de los padres queda anulada y reemplazada por la labor sistemática de adoctrinamiento de quienes integran los Gabinetes de Familia.  Se trata de una empresa a largo plazo que rendirá los frutos esperados una vez que los niños se conviertan en adolescentes, jóvenes y adultos cuyos cerebros habrán sido metódica, eficiente y perversamente lavados.

     Los miembros de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, así como los dirigentes de otras denominaciones religiosas del país que velan por la salvaguardia de valores éticos y morales, así como la ciudadanía consciente, están justamente alarmados por esta nueva embestida de las autoridades. Basta observar la desintegración de la familia y el aumento  exponencial de la delincuencia juvenil que ya comienzan a manifestarse. 

     Debemos luchar por que la familia tradicional continúe siendo un santuario, vale decir, un refugio inviolable donde los hijos continúen sometidos a los principios y valores morales que les inculcan sus padres.

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