El perdonazo… a propósito de una dispensa

Imagen www.ifriedegg.com

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Por Silvio Avilez Gallo

Muchos recordarán la escena que tuvo lugar en el Aeropuerto Internacional de Managua el 4 de marzo de 1983, con motivo de la primera visita pastoral del Papa Juan Pablo II a Nicaragua. En aquella ocasión, una foto en la que aparecía Su Santidad dando una enérgica reprimenda al Ministro de Culltura, padre Ernesto Cardenal, de rodillas y pretendiendo besar el anillo del pontífice,  dio la vuelta al mundo. El ilustre visitante estaba visiblemente molesto de ver al sacerdote en un acto protocolario, a pesar de las instrucciones impartidas para que se abstuviera de participar en actividades oficiales de un gobierno que la Santa Sede consideraba de orientación marxista. En esa ocasión, el Papa tuvo que soportar la hostilidad agresiva de las turbas sandinistas durante la celebración de una eucaristía al aire libre, donde los vociferantes, infiltrados entre los fieles, proferían consignas con el objeto de impedir que el pontífice se dirigiera al pueblo católico nicaragüense.

Por su parte,  el cura Miguel D’Escoto, a la sazón alto funcionario de Ortega, persistió asimismo en su empecinamiento de no apartarse del gobierno, por lo que el Papa en 1984 lo suspendió a divinis, lo que implicaba, entre otras cosas, la prohibición de oficiar misa, consagrar el pan y el vino y administrar los sacramentos.

Desde esa fecha, Miguel D’Escoto continuó con sus actividades políticas partidarias y desempeñó durante muchos años el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores. Prosiguió, asimismo como activo representante y portavoz de la teología de la liberación y actualmente es asesor presidencial del Comandante Ortega para asuntos fronterizos y de política exterior.

Debido a estas circunstancias, 30 años después no deja de causar asombro y estupor entre muchos católicos la reciente decisión del Papa Francisco de dejar sin efecto la suspensión que  pesaba sobre el rebelde sacerdote. Sin embargo, en otros sectores —los llamados católicos “progresistas” o de izquierda— y en círculos oficialistas la noticia ha causado  júbilo y entusiasmo.

Si bien pocos se atreven a cuestionar abiertamente los motivos que tuvo el pontífice para levantar la suspensión que pesaba sobre Miguel D’Escoto —presumiblemente porque el Papa Francisco ha recibido información que no se compadece con la realidad—, ha trascendido que en la medida adoptada por la Santa Sede influyó de alguna manera el Nuncio Apostólico en Managua, quien habría aconsejado al cura rebelde que se dirigiera directamente al Vaticano para implorar clemencia.

Es indudable que la decisión papal de anular la suspensión obedece al espíritu conciliador y misericordioso que ha demostrado el Santo Padre desde el inicio de su pontificado, ya que se ha caracterizado por gestos de humildad hasta ahora inéditos, como rehusarse a vivir en el Palacio Vaticano, reunirse a menudo con los menesterosos y haber renunciado al boato y la pompa  propios del protocolo vaticano. El Vicario de Cristo es un auténtico discípulo del fundador de la Orden Franciscana, cuyo nombre lleva, y predica con el ejemplo de sus obras el verdadero sentido de la caridad, la humildad y el amor.

Cabe, sin embargo, preguntarse si el gesto humanitario y misericordioso del Papa Francisco no presuponía previamente, de parte del sacerdote objeto de la suspensión a divinis, alguna muestra de arrepentimiento y propósito de enmienda, porque sólo de esa manera se explica la actitud caritativa del Santo Padre. Al igual de lo que sucede con el sacramento de la reconciliación, para que la absolución del confesor surta efecto es imprescindible que el pecador muestre en su interior sentimientos de dolor y rechazo al mal y prometa encauzar su vida por el sendero del bien, es decir que en su fuero interno exista el propósito de rectificar su conducta. Si este requisito no se cumple, aunque el sacerdote imparta la absolución al penitente, sus pecados no le quedan remitidos.

Hasta donde se sabe, en el caso del favorecido con el levantamiento de la suspensión, su conducta no ha dado señales de un cambio radical en los últimos 30 años y sigue siendo un apóstol confeso del decrépito dictador Fidel Castro, de quien afirma que ha sido iluminado en su caminar ¡por el Espíritu Santo…!  Continúa actuando de conformidad con los postulados de la teología de la liberación, que ha sido rechazada y condenada una y otra vez por la Iglesia Católica por considerarla como una desviación cismática de la verdadera doctrina de Cristo. La rebeldía de Miguel D’Escoto no deja lugar a dudas respecto de sus verdaderos sentimientos, por lo que sin censurar la medida adoptada por el Papa Francisco, es natural que los católicos se cuestionen en conciencia y se sientan un tanto desconcertados por la rescisión del castigo al inculpado. El beneficiario del indulto papal inclusive ha manifestado su pesar de que en Nicaragua no exista la pena de muerte —para  aplicarla a ciudadanos y medios de comunicación que adversan el sandinismo—, lo dice mucho de su caridad para con el prójimo.

El Papa Francisco de seguro ha tenido razones muy poderosas que no conocemos para haber actuado como lo hizo. Cabe esperar que el favorecido con esta medida de clemencia demuestre con hechos el compromiso de enmendar su conducta.

El buen pastorha colocado sobre sus hombros a la oveja descarriada para devolverla al redil, a fin de reintegrarla a las otras 99 que han permanecido fieles a la voz del pastor.

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