El FSLN y el problema migratorio | Nicaragua

Por Wilfredo Montalván

Tomado de La Prensa de Nicaragua

La demostración más elocuente del rotundo fracaso en la gestión pública de los gobiernos del FSLN que encabezan Daniel Ortega y Rosario Murillo, la acaba de dar el diario La Nación de Costa Rica en su edición del domingo 16 de agosto pasado, en un amplio reportaje, en el que basados en los datos estadísticos suministrados por su Consulado en Managua, nos hace la sensacional revelación de que desde el 2008 hasta hoy hay más de doscientos mil nicaragüenses, cada año, han solicitado visa para ingresar a ese país en busca de trabajo o de satisfacer otras necesidades básicas que no encuentran en su propio entorno nacional.

Esto me preocupa más, cuando tengo a la vista otro estudio de una de las principales universidades ticas en el que asegura que entre el sesenta y ochenta por ciento de estas personas que ingresan, se quedan en Costa Rica o pasan de tránsito a otros países, preferiblemente a los Estados Unidos (EE. UU.). Las razones que aducen para adoptar esta actitud son casi siempre las mismas: falta de trabajo, encarecimiento en su economía, desesperanza, problemas de salud, carencia de oportunidades para sobrevivir dignamente; búsqueda de una mejor calidad en la educación; y la extrema pobreza en que se desenvuelven más de dos millones de nicaragüenses.

Al paso que van las cosas, esto me recuerda el chiste cruel que el periodista de fama internacional, Andrés Oppenheimer, relata en su famoso libro Cuentos Chinos. O currió en Irlanda antes de superar la pobreza y era que todo aquel que abandonara su patria en busca de mejores horizontes y sobre todo de trabajo, le decía a los que se quedaban: “El último irlandés que se vaya del país, por favor que apague la luz”. Gracias a la inteligencia de los irlandeses, doce años después lograron superar esa situación hasta llegar a ser uno de los cinco países con mayor ingreso per cápita del mundo. Pero la pregunta es: ¿Vamos los nicaragüenses a quedarnos estancados como estaba Irlanda y no vamos a buscar, al igual que ellos, cómo superar esa situación? Porque nadie sale de su patria si no es por una imperiosa necesidad.

Hablemos claro. El FSLN y su caudillo, el pasado 19 de julio celebraron 36 años de su llamada revolución y desde aquella fatídica fecha —que conste, nunca fui somocista— hasta hoy han estado gobernando Nicaragua, desde arriba y desde abajo, sin que el pueblo nicaragüense haya experimentado alguna mejoría sustancial en su situación política, económica y social. Lean las estadísticas de la ONU y de otros organismos de prestigio mundial y verán que siempre estamos a la cola en desarrollo humano, educación, salud y en todo aquello que dignifica nuestra condición humana.

Ya es hora de que los nicaragüenses despertemos y de que dejemos de estar aletargados basados en una vana ilusión. ¿Acaso se olvidan que ofrecieron tierras para campesinos, créditos bancarios para los obreros emprendedores, miles de guarderías infantiles y tantas cosas más que nunca cumplieron? A los únicos que sacó de la pobreza la llamada revolución fue a la familia Ortega-Murillo y a los paniaguados del FSLN que los rodean. Lo demás está igual o peor y es por eso que se ven obligados a salir del país dejando abandonados a sus seres queridos, en una franca desintegración familiar. Ahora es el acariciado sueño del Canal Interoceánico. ¡Por favor! Ese canal se hará o no se hará, dependiendo de la conveniencia que este tenga para los nicaragüenses y para el comercio internacional.

Es obvio que para que los nicaragüenses salgamos de la pobreza necesitamos mayor inversión, lo que nos dará más empleos de superior calidad. Pero para que esto ocurra, necesitamos gobiernos democráticos, libremente electos, respetuosos del Estado de Derecho y de la seguridad jurídica, lo que nos abrirá la posibilidad de mayor justicia social. En otras palabras: hacer precisamente lo contrario de lo que ha venido haciendo el FSLN. Porque, si las cosas siguen como van, Nicaragua, va a seguir perdiendo la mayor riqueza que puede tener una nación: su población. Y no lo duden, otros se beneficiarán de ello.

El autor es periodista y Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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