El afán “renacentista” de la neo izquierda por desmemorizar la historia

silvio_avilez_gallo_bloquePor Silvio Avilez Gallo

La historia es ese gran libro virtual que relata hechos y situaciones de los pueblos a su paso por este mundo. Es el hilo conductor que une a las generaciones que nos precedieron con aquéllas que continúan transitando por el largo y a veces tortuoso sendero de nuestro presente. Es una especie de inmenso baúl que recoge y almacena remembranzas felices y a veces ingratas que conforman la experiencia de los pueblos. Gracias a la historia, el mundo moderno conoce y puede sacar provecho de lo que hicieron pasadas civilizaciones. De ahí la importancia de aprender lo que ayer fuimos, hoy somos y quizá mañana seremos, si es que la insensatez del hombre no termina por destruir primero su único hábitat en el universo.

La continuidad histórica es, por consiguiente, indispensable para comprender nuestra peculiar idiosincrasia, que marca y distingue nuestra singularidad respecto de otros grupos con los que compartimos nuestra existencia en el mosaico internacional. Pero el relato de nuestras realizaciones no corresponde hacerlo a los contemporáneos sino a quienes nos seguirán en el futuro, puesto que conviene que el tiempo se encargue de juzgar con serenidad nuestras actuaciones, ya que los propios protagonistas no son imparciales.

Curiosamente, hay pueblos cuyos dirigentes se empeñan en reescribir constantemente la historia a su manera y pretenden consignar hechos según su óptica parcializada y a veces malintencionada. Esto lo vimos recientemente en Managua a propósito de la demolición de la llamada Concha Acústica.  El supuesto motivo fue la amenaza que representaba ante la ola de sismos que han afectado al país, pero la fortaleza de la propia estructura se encargó de desmentir a los “técnicos” que pronosticaron su inminente colapso, ya que fueron necesarios cinco días de arduo trabajo y el uso de maquinaria pesada para derribar la sólida construcción. Lo que realmente se proponían las autoridades edilicias era borrar la memoria del fallecido alcalde Herty Lewites, creador del monumento en cuestión, al igual que lo hicieron con otra de sus obras: la rotonda Colón, la que transformaron en un abigarrado esperpento con la efigie del dictador Hugo Chávez. Igual suerte corrieron anteriormente el faro de la paz y la fuente musical que iluminaba la Plaza de la República (rebautizada de la Revolución) porque eran obras de gobiernos democráticos.

Según el partido gobernante, la verdadera historia de Nicaragua comenzó el 19 de julio de 1979 con triunfo de la revolución. Todo lo que antecedió a esa “epopeya” debe ser reinterpretado para ajustarlo a la nueva realidad histórica. Y así vemos profusión de nombres de ex combatientes rojinegros para designar barrios, calles, clínicas, hospitales, mercados, etc. que anteriormente se conocían con otras denominaciones. Por ejemplo, la tradicional Casa Presidencial, construida con la generosa ayuda de Taiwán, ahora se llama Casa de los Pueblos (¿?) y lo que siempre fue el antiguo Malecón de Managua hoy lo designan con el —para muchos— desconocido y foráneo nombre de puerto Salvador Allende.  De esta fiebre de “actualización histórica” no se ha salvado ni el escudo nacional, símbolo sagrado de nuestra nacionalidad, el que fue abusivamente deformado mediante un diseño psicodélico que contraviene lo que expresamente consigna la Ley sobre características y uso de los símbolos patrios de 25 de agosto de 1971. Los autores de esta profanación incurrieron en delito de lesa patria.

Esta actitud recuerda lo que sucedía en tiempos de la extinta Unión Soviética —que el camarada Putin se encarga aceleradamente de reconstruir ante la pasividad de Occidente—, cuando los jerarcas del partido comunista estaban constantemente recogiendo y reimprimiendo enciclopedias y libros de historia para “actualizarlos” según la visión del gobernante de turno, a fin de eliminar los nombre de aquellos camaradas purgados o caídos en desgracia.

El colmo sería que en ese afán “renacentista”, los dirigentes rojinegros dispusieran sustituir la enseña patria por los colores del partido gobernante—que ya figura ilegalmente en lugar preferente junto al pabellón nacional en los actos oficiales o protocolarios—  o cambiaran la fecha de la independencia del 15 de septiembre al 19 de julio, imitando la actitud antipatriótica del dinosaurio del Caribe, que sin ningún asomo de remordimiento tiró al basurero de la historia el glorioso 20 de mayo y lo cambió por el fatídico 1º de enero.

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