De héroes y heroínas

silvio_avilez_gallo_bloquePor Silvio Avilez Gallo

Llama poderosamente la atención la facilidad con que algunos nicaragüenses otorgan el calificativo de héroe o heroína por criterios políticos partidistas. En los países genuinamente democráticos, este honor se reserva a personas que a través de la historia se han destacado en los distintos ámbitos del quehacer nacional, al punto que la intervención del poder legislativo es un simple formalismo, ya que prácticamente toda la población reconoce los méritos de las distintas personalidades que han sobresalido en el campo de la política, en el aspecto militar, en la literatura, el humanismo, las ciencias, las artes, el deporte y otros rubros.

Lo anterior viene al caso porque en los últimos días apareció en los medios de comunicación la noticia que el poder legislativo prepara una ley para declarar heroína nacional a la que fuera cónyuge del Gral. Augusto Calderón Sandino, vale decir a doña Blanca Aráuz, por el sólo hecho de haber compartido su vida con el legendario defensor de la soberanía nacional.  Los historiadores que han escrito sobre las diversas facetas de la vida del llamado “General de hombres libres” no han aportado detalles de una supuesta participación o colaboración militar de doña Blanca en la gesta antimperialista, por lo que cabe suponer que el honor que pretende otorgarle la Asamblea Nacional se debe al mero hecho de su condición de esposa y compañera del guerrillero.

Nicaragua tiene muchos hombres y mujeres que han hecho aportes significativos a su historia, entre ellos Miguel Larreynaga, considerado padre de nuestra nacionalidad por su destacada participación en la redacción y firma del acta de independencia de Centroamérica; el Gral. José Dolores Estrada, quien, al igual que Sandino, defendió la soberanía e integridad del territorio nacional frente a las huestes del filibustero William Walker en 1856; el soldado Andrés Castro, cuya legendaria pedrada mató a un combatiente invasor en San Jacinto; el insigne maestro Emmanuel Mongalo y Rubio, que dio ejemplo de valentía y arrojo en la Batalla de Rivas durante la Guerra Nacional; a las insignes educadoras Josefa Toledo de Aguerri (Mujer de las Américas 1950) y Salvadora Moncada de Cerna (Mejor Maestra de Nicaragua 1958), que brillaron en el campo de la enseñanza, junto con el abnegado  y humilde maestro Gabriel Morales y el ilustre educador y científico Miguel Ramírez Goyena; el Dr. Pedro Joaquín Chamorro, incansable defensor de los derechos humanos, particularmente la libertad de expresión y de prensa, así como muchos otros, al punto que resulta imposible enumerarlos en este breve espacio. Pero a nadie se le ocurriría conceder iguales o similares honores a sus cónyuges sólo por su vinculación afectiva con estas personalidades.

Heroína es sin lugar a dudas la intrépida y valiente Rafaela Herrera, que con tan sólo 20 años de edad defendió, el 29 de julio de 1762, el Castillo de la Inmaculada Concepción ante la pretensión de piratas ingleses de apoderarse del Río San Juan, a fin de someter la ciudad de Granada y todo el territorio nacional al imperio británico, con miras a posesionarse de la estratégica ruta del tránsito, o sea la zona donde supuestamente se construiría el eventual canal interoceánico por Nicaragua. Nadie mejor que ella encarna el heroísmo de nuestras mujeres. ¡Cómo echamos de menos su audacia en momentos en que arriesgamos perder nuestra soberanía a manos del aventurero Wang-Jing, filibustero de nuevo cuño, con la complicidad de algunos malos nicaragüenses!  Para ella mi homenaje.

RAFAELA HERRERA

Se despejan las sombras sobre el Desaguadero.

La maciza silueta se proyecta en el río

mientras se escucha el eco en el viejo Castillo

de la siniestra parca con su fiel escudero.

Palidece la aurora.  Ha perdido su brillo

como lágrima seca de funesto agorero

porque llora en silencio la ausencia del guerrero

segado por el paso de un despiadado trillo.

Y cuando en la ribera se apresta el vil pirata

a profanar la frente sagrada de la Patria

resuena pavorosa, cual rugido de fiera,

la ronca voz que escupe su mensaje de fierro,

repele al bucanero y lo envía al destierro

por la mano certera de Rafaela Herrera.

                   

Pero si hay indiscutiblemente un nicaragüense que merece no sólo el título de héroe nacional sino el de Padre de la Patria, ese es nuestro insigne bardo Rubén Darío, que hizo brillar el nombre de Nicaragua en el mapa mundial y renovó la métrica, el ritmo y la musicalidad de la poesía en lengua española como nadie lo había hecho anteriormente. Su nombre debe figurar por doquiera en nuestra tierra, pero escasamente a un año del centenario de su tránsito a la inmortalidad, el próximo 6 de febrero de 1916, no se conoce aún el programa oficial de homenajes que el régimen  debe tributar al más ilustre hijo de Nicaragua, como sí lo hizo el gobierno de la época en 1967, en ocasión del centenario de su nacimiento, cuando nuestra patria acogió a lo más granado de la intelectualidad mundial para honrar al inmortal vate. Testigo imperecedero de esa conmemoración es el Teatro Nacional que lleva su nombre, como recuerdo de nuestra máxima gloria civil para las generaciones venideras. Honor a quien honor merece.

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