De certezas y preguntas | Nicaragua

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

Héctor Mairena

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Entramos al año 2016 con certezas e interrogantes. Como andamos la vida misma. La incertidumbre en el plano político surge, no por dudas sobre la razón o sin razón de las opciones propuestas o de las realidades impuestas, sino por el desconocimiento de los vericuetos y plazos que habrán de transitarse para el predominio final de la racionalidad, de lo justo. Vale decir del progreso histórico.

Veamos el caso de Venezuela. La victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre fue contundente. El pueblo venezolano expresó su voluntad de forma masiva y el madurismo tuvo –muy a su pesar- que reconocer los resultados. Pero de manera casi conspirativa, en medio de las distracciones de los estertores del año 2015, fraguó lo que las fuerzas democráticas venezolanas llaman un golpe judicial.

Es claro que la pretensión es amputar la mayoría calificada de la oposición que le permite impulsar acciones legislativas más profundas. Maduro es, como la mayoría de los dictadores o aprendices de serlo, predecible. Y como era de esperarse, a la par del truco legal, anunció-otra vez- en un discurso del fin de año plagado de vacíos, la “radicalización del proceso revolucionario”. Un radicalismo que ni le luce ni cabe. ¿Cómo puede haber radicalización de una revolución –si admitiésemos que en Venezuela la hay- con el rechazo de la mayoría de ciudadanos? Y no le luce porque el presidente venezolano está lejos de ser un dirigente a la altura de las exigencias de este tiempo y del cargo que ocupa.

Inevitablemente, tarde o temprano, la ya conocida voluntad democrática del pueblo venezolano deberá prevalecer plenamente. La incertidumbre es si el maduro-chavismo, que representa una peligrosa combinación de populismo con torpeza, está –de veras- dispuesto orillar el país al abismo, o incluso a empujarlo a una situación que nadie desea, y que solo traería costos sociales y humanos.

En Nicaragua, el panorama no es menos predecible. Ya sabemos que Ortega tiene la certeza que está designado (designio divino, según el penúltimo discurso de su esposa) a regir los destinos del país hasta su “tránsito a la inmortalidad“, y por lo dicho, sin solución de continuidad mediante sus herederos. Y desde esa convicción -la suya- las elecciones de noviembre del 2016, son vistas como un mero requisito y que las “tiene en la bolsa”. Lo cual es solo relativamente cierto, mediando por supuesto, los servicios profesionales de Roberto Rivas y demás.

Pero es innegable que hay un conjunto de elementos que configuran un panorama nada halagüeño para el orteguismo. En primer término se vislumbran las inevitables consecuencias que tendrán para Ortega el cambio de la correlación de fuerzas en Venezuela. Se le agota la bolsa de los fondo petroleros y su principal aliado regional está virtualmente fuera.

De otra parte, los movimientos sociales y especialmente la defensa campesina de sus tierras, experimentaron un salto cualitativo en el 2015. Esta movilización, inédita y creciente, cuestiona de fondo la naturaleza del régimen partir del tema del canal. Y no hay ninguna duda que ese movimiento continuará ampliándose y fortaleciéndose, en su presencia y diversidad.

La descomposición estructural de la policía y del ejército y la complicidad de sus actuales mandos con el orteguismo,  si bien le son funcionales a este, lo son solo temporalmente. La conducta represiva de la policía y su complicidad por omisión, como en el caso del pistolero de Metrocentro, unido a la masacre de Las Jaguitas y el cinismo e insensibilidad demostrado alrededor de tal hecho, han afectado de fondo la credibilidad y el prestigio, ya bastante escasos, de esas instituciones.Y eso no es de un valor menor.

Ortega es también predecible y bien sabemos que cuando se siente presionado, es capaz de mostrar claramente su esencia totalitaria. Ya ha demostrado ser capaz de recurrir a la represión en distintos grados y tonalidades. Pero si recurre a ella en nuevas escalas y de manera más generalizada, ante las crecientes protestas sociales y políticas, estará confirmando su propio agotamiento y dando un paso definitivo hacia su final. Ojalá no lo haga, y el camino a la democracia no sea aún más doloroso, que ya suficiente sangre y cárcel ha habido en nuestra historia.

Como siempre digo, los problemas políticos son problemas de fuerza. Y Ortega deberá entender y admitir, con la fuerza de la movilización ciudadana mediante, que ya no es tiempo de dictaduras –¿acaso algún tiempo lo fue?-, que su proyecto no cabe,  y como él mismo, luce como un detalle exótico y repudiable en el panorama regional. La incertidumbre es si lo entenderá a tiempo. Porque al final caen, siempre caen. Él lo sabe.

Del blog de Héctor Mairena

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Un comentario

  1. Estimado abogado y periodistas las incertidumbres nos las creamos cada uno como individuos, según nuestro ego y la psicosis negativa que nos formamos cuando nuestros intereses se ven afectados porque aspiramos como bien dice la palabra nos convertimos en aspiradoras o hacemos las veces de querer ser como las esponjas absorber todo para si mismos, cuando nos limitan las mismas leyes que juramos defender pero no podemos manipular, y las desmedidas ambiciones nos invaden comenzamos a renegar, a culpar, atacar y eso lleva a tomar decisiones peligrosas envenenando mentes, que terminan en confrontaciones muy pero muy peligrosas, “cuidado” con esos esquemas del pesimismo negativo por no lograr enriquecernos a costa de las dificultades de los menos favorecidos.

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