Costa Rica y la integración centroamericana

silvio_avilez_gallo_bloquePor Silvio Avilez Gallo

Desde la desaparición de la Capitanía General de Guatemala en 1821, lo que hoy conforma el istmo centroamericano ha pasado por una serie de transformaciones: la anexión efímera al imperio mexicano de Iturbide en 1822, la constitución de las Provincias Unidas del Centro de América en 1823 y la formación de la República Federal de Centroamérica en 1824 que duraría hasta 1838, cuando el Congreso Federal autorizó a los Estados que la integraban a constituirse en países independientes.

Desde esa fatídica fecha, ingentes han sido los esfuerzos por recuperar la perdida unidad, algunos por la vía violenta, como el fallido intento de reunificación liderado por el presidente guatemalteco Gral. Justo Rufino Barrios en 1885, que terminó con su muerte en la Batalla de Chalchuapa. Otros fueron pacíficos, como la formación de la Republica Mayor de Centro América en 1895, con la firma del Pacto de Amapala, en que El Salvador, Honduras y Nicaragua acordaron restablecer la ansiada unión, que también terminó en fracaso. La causa primordial de estos reveses fue la inmadurez democrática y cívica de los centroamericanos, que no habiendo tenido que combatir por su independencia, como sí lo hicieron México, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Argentina y otras posesiones españolas, no encontraron mejor cosa que luchar entre ellos hasta terminar con la unidad que mantuvieron por más de trescientos años.

En el siglo XX surgió por fin la primera tentativa institucional para tratar de integrarse, cuando el 14 de octubre de 1951 se firmó en San Salvador la Carta de la Organización de Estados Centroamericanos (ODECA). Luego vino el Tratado General de Integración Económica Centroamericana, firmado en Managua el 13 de diciembre de 1960, que estableció el marco jurídico y el calendario del proceso de integración que debía conducir a la unión aduanera y al mercado común del Istmo.

Sin embargo, años más tarde se produjo el primer tropiezo serio, cuando El Salvador y Honduras se enfrascaron, en 1969, en la llamada Guerra del Fútbol, que significó un grave estancamiento del proceso de integración, hasta que en 1991 se firmó el Protocolo a la Carta de la ODECA, también conocido como Protocolo de Tegucigalpa, que creó el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y estableció tanto el Parlamento Centroamericano (PARLACEN), con sede Guatemala, como la Corte Centroamericana de Justicia (CCJ), con sede en Managua.

Es decir, que el proceso de integración en Centroamérica se dio en forma casi paralela con el movimiento europeo, ya que la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), creada en 1951, precedió al Tratado de Roma (1957), que estableció la Comunidad Económica Europea (CEE).  Pero hasta ahí llega la similitud, ya que Europa ha progresado a pasos agigantados y pasó en ese lapso de la Europa de los Seis a la Unión Europea (UE), conformada en la actualidad por 29 países. Centroamérica, en cambio, todavía no ha logrado perfeccionar la unión aduanera, sin la cual no puede darse realmente una verdadera integración.

El problema radica en que no todos los miembros del SICA están comprometidos por igual con el proceso de integración. Mientras el grupo conocido como CA-4 (Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua) ha avanzado rápidamente, a tal punto que sus ciudadanos pueden desplazarse libremente por el área con sólo presentar su cédula nacional de identidad y tampoco se requieren permisos especiales para la importación temporal de vehículos, Costa Rica, en cambio, discrimina a los nicaragüenses exigiéndoles pasaporte y visa consular. Con bastante frecuencia, dicho país pone trabas al libre tránsito de productos centroamericanos. Asimismo, Costa Rica se ha rehusado sistemáticamente a integrar el PARLACEN y no le reconoce competencia ni jurisdicción a la Corte Centroamericana de Justicia, no obstante que es parte firmante del Protocolo de Tegucigalpa de 1991.

Con la llegada al poder del nuevo presidente Luis Guillermo Solís y sus recientes declaraciones en el sentido que dará prioridad a Centroamérica y el Caribe, la región abriga fundadas esperanzas de que se produzca un cambio radical en el aislacionismo tradicional de Costa Rica y decida colaborar como socio activo e importante del SICA para que la región pueda avanzar rápidamente, al igual que lo hizo Europa, hacia la ansiada constitución de una unión aduanera y un mercado común que hagan realidad el sueño de aquéllos que en 1821 vislumbraron un gran destino para la patria centroamericana.

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