Contigo o sin tí, RR | Nicaragua

Héctor Mairena

Héctor Mairena

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

Las sucesivas destituciones de Jhonny Torrez y José Luis Villavicencio de sus cargos en el CSE -digo bien destituciones, porque a nadie se le ocurre pensar que son decisiones motu proprio-, parecen ser la antesala de otras por venir en ese poder del Estado que el orteguismo ha reducido a oficina de asuntos electorales y de cedulación.

Con esos cambios y los que parecen inminentes, el orteguismo -o más exactamente el hegemónico grupo Murillo- ejecuta una jugada con triple efecto: desplaza afianza y…maquilla. Desplaza -con la salida de Torrez y Villavicencio- a representantes de la generación de los ochenta, a los que la señora Murillo siempre ve -a pesar de todas las muestras de entrega- con fundadas o imaginarias razones, como potenciales “traidores”. Aumenta y afianza su control con la presencia de representantes fieles, promovidos a las esferas del poder bajo la sombra protectora de la primera dama. Y maquilla la deterioradísima imagen del CSE, con nuevos rostros -pero vino reciclado en odre viejo, al fin-, precisamente en un año electoral. Nada más.

Y claro, en el horizonte aparece la posibilidad que Roberto Rivas sea uno de los próximos “renunciantes”. Y eso es relevante en la medida que Rivas es uno de los símbolos más grotescos de la corrupción política y moral del régimen. Pero hay que decirlo pronto y claro: esos cambios en sí mismos no resuelven la esencia del problema, no garantizan elecciones libres y transparentes, demanda cada vez más generalizada de la ciudadanía.

Con Rivas o sin él, no habrá condiciones para elecciones limpias, en tanto no se restablezca la independencia del CSE, se nombren magistrados imparciales y probos, se restituya la personalidad jurídica a los partidos políticos a los que se les ha arrebatado y se admita una auténtica observación electoral nacional e internacional.

Y al igual que en los últimos eventos electorales, surge nuevamente la pregunta ¿vale la pena participar en unas elecciones bajo las condiciones actuales? La respuesta es sí. Veamos las razones y las condicionantes de esa afirmación.

Las fuerzas democráticas tienen la obligación de actuar en cualquier resquicio de lucha cívica que se mantenga abierto para reconquistar la democracia y la institucionalidad en Nicaragua. Renunciar a ello sería plantear, por exclusión, la vía violenta, camino que nadie quiere y que ningún político serio plantea. Pero hay más: las elecciones como otras formalidades institucionales mínimas que se mantienen, son una molestia para el orteguismo, trámites que -“lamentablemente” dicen en la intimidad- hay que cumplir; es decir se realizan a pesar de ellos porque en el fondo temen a la libre expresión ciudadana.

Pero la eventual participación en las elecciones próximas, solo será efectiva y legítima en la medida que se asuma como parte integrante de la movilización cívica por la democracia, misma que con diversas modalidades y motivaciones ha alcanzado en el último año niveles superiores. Y esa movilización se intensificará  en los próximos meses, toda vez que las manifestaciones de rechazo a las expresiones de de abuso, ineptitud y corrupción del régimen se muestran cada día.

El éxito de la participación electoral será lograr con la presencia y acción ciudadana masiva, evidenciar el fraude que desde ya el régimen urde. Evidenciarlo para frustrarlo con la defensa activa del voto. Ciertamente no es fácil, pero la experiencia histórica en Nicaragua y en el mundo, demuestra que sí es posible. El orteguismo, como cualquier régimen autoritario, no es eterno ni invencible.

Del blog de Héctor Mairena

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