Consenso contra violencia del 19 no es cheque en blanco para Ortega

el_pulso_de_la_semanaPor Edmundo Jarquín

Asomados al borde del abismo

La generalizada condena a la brutal criminalidad del ataque a la caravana que regresaba de la celebración del 19 aniversario de la revolución sandinista, no ayuda a recuperar las vidas que se perdieron en el salvaje atentado, pero debería ayudar a prevenir que otras vidas se pierdan por el escalamiento de la violencia, ya sea de naturaleza política o común, esto es, asociada a actividades criminales que no tienen origen político.

Ha sido bueno, en medio de la tragedia, ver que sectores de toda índole -religiosos, políticos, empresariales, académicos, sociales- han condenado sin titubeos ni calificaciones, semejante crimen.

El rechazo al uso de la violencia, cualquiera que sea su naturaleza, es parte del capital más importante que puede tener una sociedad. En términos del desarrollo se suele hablar de capital físico -fábricas, infraestructura, maquinarias, regadíos, edificaciones-; también del capital de recursos naturales -tierras fértiles, bosques, recursos minerales, agua, entre otros recursos-; se suele hablar de capital social, aludiendo a la población saludable y bien educada, así como al tejido de organizaciones -gremiales, económicas, comunales, sociales, cooperativas, políticas- que potencian el valor de las personas. Con la misma propiedad podríamos hablar del capital político de las sociedades, que tiene que ver con el respeto a las leyes, la fortaleza de las instituciones políticas y los valores que predominan entre sus ciudadanos.

Precisamente, y a propósito de la creciente captación de turistas por parte de Nicaragua, se ha mencionado como parte de su atractivo una de las dimensiones de su capital político: la seguridad ciudadana. Cualquiera que haya sido la motivación -en todo caso repudiable- del crimen que comentamos, el mismo ha sido como una rasgadura en la retina de los ojos con los cuales desde afuera se ve a nuestro país.

Pero la generalizada condena al hecho tiene, además de un valor moral y político intrínseco, el mensaje que se ha enviado al mundo: nos hemos asomado al abismo, y no queriendo repetir nuestra historia, rechazamos ese camino. El mensaje que se ha enviado con gran fuerza es que no nos acostumbraremos, como parece haber ocurrido con otros países, a la criminalidad.

La Policía Nacional, y el gobierno, cometerían un grave error si consideran que los altos niveles de seguridad ciudadana en nuestro país responden solamente a un tema de eficiencia técnica de la policía. Los altos niveles de seguridad ciudadana en Nicaragua responden, entre otros factores, a dos razones: primero, al extraordinario fenómeno cultural que en Nicaragua todavía no se ve a la policía como enemigos o elementos represivos. Ese fenómeno se apoya en los vínculos que la policía construyó en los años revolucionarios, muy entremezclada con la población en diferentes tareas, más allá de las estrictamente de inteligencia o policiales; en segundo lugar, y consecuente con lo anterior, que no se le percibe como partidista. Si la policía asume, como crecientemente pareciera, un carácter partidista, su eficacia se vendrá al suelo porque, sencillamente, dejará de ser parte de la ciudadanía y su principal recurso técnico, que es el apoyo ciudadano, dejará de existir. A partir de ahí tendrá que reprimir para mantener el orden, y ya sabemos cómo terminan los regímenes represivos.

De tal manera que el gobierno y la policía deberían tomar el consenso que se ha formado repudiando el crimen del 19 de julio no como un cheque en blanco, sino como un incentivo para no caer al otro abismo al cual estamos asomados: la pérdida de la democracia y, como parte de esa pérdida, la partidización de la policía.

La Nicaragua Linda

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