Avance tecnológico y retroceso mental

Ilustración / Imagen de www.conesenciademujer.com

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Por Silvio Avilez Gallo

La sociedad contemporánea se caracteriza por el vertiginoso progreso de las diferentes áreas del conocimiento humano, a tal punto que lo que antes tomaba siglos en variar, actualmente en menos de un decenio se producen grandes transformaciones que afectan a todas las naciones.  A la base de este progreso está la educación en sus distintos niveles, por lo cual el avance es más notorio en aquellos países que cuentan con sistemas de enseñanza modernos y de amplia cobertura, vale decir en el llamado primer mundo.

En América Latina hay un déficit educacional en los países pequeños, que no cuentan con suficientes recursos para invertir en una masificación de la enseñanza, ya que el nivel de pobreza gravita de manera importante e impide que niños y jóvenes asistan a los centros educativos porque deben colaborar con sus progenitores en la urgente tarea de allegar ingresos para subsistir.  Si a esto añadimos que los gobiernos, salvo raras y contadas excepciones, no consideran la inversión en educación como un factor productivo, se comprenderá por qué vamos a la zaga en materia de progreso y que no se destinen partidas presupuestarias importantes para fomentar la investigación y la educación académica y técnica.

Se sabe que los primeros años de vida dejan en los niños una impronta indeleble. Por  ello, el rol de los padres o encargados de su cuidado y formación es de primordial importancia. Los psicólogos afirman que la personalidad de un individuo queda marcada, en un alto porcentaje, en los primeros cinco años de vida.  Es la etapa crucial en la que los pequeños aprenden normas tales como obediencia, respeto, sociabilidad, solidaridad, integridad, honestidad y tantos otros  valores y principios que los marcarán para toda la vida. Es asimismo durante esos primeros años que la estimulación temprana juega un papel determinante para el desarrollo de las funciones cognitivas y, por consiguiente, de la inteligencia. No cabe duda que los jardines infantiles tienen especial importancia para estimular, mediante el juego, las aptitudes de los pequeñuelos, que aprenden a compartir con sus compañeritos, lo que contribuye a  contrarrestar el natural egoísmo de todo niño, al tiempo que desarrollan la comunicación oral, visual y auditiva.

Esta primera etapa de formación se continúa con los ciclos de enseñanza básica e intermedia, en los que los educadores imparten las primeras nociones de gramática, matemáticas, ciencias y otras disciplinas.  Por desgracia, en los países de menor desarrollo relativo, el bajo presupuesto destinado a la educación incide asimismo en la formación del personal docente, lo que afecta negativamente la calidad de la enseñanza en esta etapa trascendental para el aprendizaje. Esto se revela principalmente en dos aspectos: primero, en la elevada tasa de deserción escolar, que hace que sólo un 25% o poco más de quienes comenzaron concluyan la educación primaria y secundaria; y en segundo lugar, la deficiencia del sistema de aprendizaje se pone asimismo de manifiesto cuando quienes egresan del bachillerato fallan estrepitosamente en las pruebas de ingreso a la enseñanza superior o universitaria, donde la tasa de fracaso ronda alrededor del 95–97%.

Los docentes y catedráticos universitarios se quejan con frecuencia de la incapacidad de los estudiantes para redactar un informe o rendir una prueba, ya que además de la pésima sintaxis, el escrito está plagado de faltas de ortografía, deficiencias que afectarán el futuro de su carrera profesional.  El recurso al computador para buscar y obtener información mediante el sistema de copiado y pegado fomenta la ignorancia y la pereza intelectual. Si a esto agregamos, según manifiestan algunas autoridades académicas, que muchos estudiantes se revelan incapaces de comprender un texto debido al déficit de lectura que presentan, no cabe duda que la educación y el aprendizaje están realmente en crisis.

De manera contradictoria, el auge que caracteriza a la revolución tecnológica en esta época se traduce, alarmantemente, en una involución de la capacidad de pensar, de subutilizar el racionamiento —que supuestamente diferencia al homo sapiens de otras especies consideradas inferiores—, de tener el cerebro atrofiado o prácticamente de adorno, incapaz de efectuar operaciones elementales si no se cuenta con la ayuda de una calculadora u otros artefactos, de tomar decisiones informadas, de no hacer el mínimo esfuerzo por salirse de una rutina empobrecedora o proponer soluciones que requieran el funcionamiento sus neuronas. Con ello se demuestra palmariamente que el hombre se encamina aceleradamente hacia su decadencia.

Es indudable que el conocimiento es la llave del progreso en todos los ámbitos de la actividad humana. El déficit de formación escolar y universitaria se traduce en menores oportunidades de trabajo y, por consiguiente, de ingresos que permitan a la población romper el ciclo maléfico de la pobreza.  Si nos maravillamos del progreso alcanzado por la tecnología en  esferas como las comunicaciones interplanetarias, las distintas ramas de las ciencias, los artefactos electrónicos etc., debemos comprender que todo esto es producto de la mente humana, de nuestro prodigioso cerebro, que encierra un misterio insondable que supera con creces la más intrincada máquina dotada de miles o millones de circuitos electrónicos.

No debemos perder de vista que todo cuanto existe ha sido creado por el  hombre pensante y que éste debe ser el amo y no al revés. Ya están apareciendo los primeros artefactos dotados de inteligencia artificial, pero éstos jamás podrán superar o reemplazar la maravilla de la mente humana.  El peligro es que esos hitos de la ciencia se conviertan progresivamente en autómatas que manejen nuestro cerebro.

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