Aniquilar el terror | terrorismo

Héctor Mairena

Héctor Mairena

Por Héctor Mairena / Abogado y periodista

La lógica de la guerra es tan simple como contundente y cruel: matar o morir. Es, por mucho, más simple que la política propiamente dicha. Pero la guerra y la política- aquella continuación violenta de la otra, decía Clausewitz- son hechas por seres humanos, seres con creencias y valores (o antivalores), portadores de una cultura, con determinada “conciencia social” diría el materialismo histórico. Tienen pues, guerra y política, una dimensión cultural que no siempre es considerada en su real magnitud.

La declaratoria  de guerra contra el terrorismo en Europa hecha por altos cargos, encierra dramatismo, pero también admite el fracaso de lo hecho hasta ahora -precisamente la guerra- para extirpar el terrorismo yihadista. Sin embargo, tal declaratoria, si se asume estrictamente desde el punto de vista militar, conlleva el riesgo de mantener en el descuido otros frentes de lucha. El cultural especialmente.

La guerra actual contra el terrorismo en Europa enfrenta, entre otras, dos dificultades estructurales. La primera es que la legislación europea dificulta la vigilancia y el procesamiento a sospechosos. Esta es una guerra sin estado de excepción en el teatro inmediato de operaciones, ya que el respeto a los Derechos Humanos se convierte en una frontera que los gobiernos no quieren siquiera correr el riesgo de pisar. Y es comprensible.

Sin descartar infaltables casos de ineficiencia policial o de la inteligencia, es común que varios de los terroristas que han actuado como “lobos solitarios”, ya estaban fichados o incluso habían sido interrogados. Y gozando de libertad, y quizás  hasta en “seguimiento”, cometieron los crímenes. Hay demasiados huecos legales y la libre movilidad por los estados de la Unión Europea en virtud del Tratado Schengen, les otorga ventaja a los terroristas. Hollande tuvo que pedir nuevas disposiciones legales para tener poderes especiales después de los actos del 13 de noviembre. Digo bien: nuevas leyes, no la aplicación de leyes pre existentes.

La otra dificultad es mayor. Las sociedades europeas no estaban –no están- anímicamente preparadas, culturalmente condicionadas, para recibir bombazos en los túneles de sus metros o en sus aeropuertos, ni en la discotecas o estadios, no obstante los recientes ataques en Bruselas, antes en Paris y más antes en Londres y Oslo. Y es absolutamente comprensible que no lo hayan estado. Sin embargo, la resistencia a admitir -todavía-, que el terrorista puede habitar en el vecindario o que puede ser el tipo de la maleta en el metro, tiene una consecuencia: hay una subestimación del peligro. Hasta ahora, que ocurran actos de terror en ciudades de Turquía, Pakistán o Irak, es “normal”, pero en Paris o Bélgica …! es difícil de asimilar. Pero ocurren. Y lo peor: seguirán ocurriendo, porque mientras los europeos siguen en la estupefacción, los terroristas operan.

No se trata de desatar la paranoia. O peor: que el miedo acicateado alimente –aun más- las opciones ultraderechistas y xenófobas, como ya  ocurre.En Francia el Frente Nacional y en Alemania la AFD, avanzan casi vertiginosamente en conseguir simpatías.Se trata que las sociedades europeas asuman que el terrorismo vive, conspira y actúa en su interior.Y que debe ser eliminado.

Si bien desde la perspectiva de Occidente, esta no es una guerra contra la cultura islámica, para el yihadismo sí es una guerra “santa”contra la civilización occidental, a la que pretenden sojuzgar ydestruir.Ellos lo han dicho.

Y eso no debe ser subestimado de ninguna manera, por eso la defensa activa de los valores y de la cultura occidentales,  es la primera línea de defensa en esta estrategia integral para aniquilar el terror fundamentalista, sus fuentes y a sus portadores. Y debe ser sin culpas ni complejos, sin negar las otras culturas y su derecho a existir, toda vez que valores universales –y recalco universales- como los Derechos Humanos y la paz, sean observados por unos y otros.

29 de marzo de 2016

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