A veces estamos como los discipulos de Jesús, “con las puertas cerradas”

cena_misticaPor Mons. Silvio José Báez, o.c.d.

Comentario al Evangelio del Segundo Domingo de Pascua

El Evangelio (Jn 20,19-31) nos presenta la Resurrección de Jesús en términos de “encuentro con el Resucitado”, para mostrar cómo los primeros testigos de la pascua llegaron a la fe y cómo podemos llegar también nosotros a creer. La composición del texto es muy sencilla: tiene 2 partes (vv. 19-23 y vv. 26-27) unidas por la explicación de los vv. 24-25 sobre la ausencia de Tomás. Las dos partes inician con la misma indicación sobre los discípulos reunidos y en ambas Jesús se presenta con el saludo de la paz (vv. 19.26).

En la primera parte del texto, en el bloque compuesto por los vv. 19-23, se nos da una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar están cerradas). La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo) evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo.

La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos.A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo.

Jesús “se presentó en medio de ellos” (v.19). El texto habla de “resurrección” como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: “me voy y volveré a vosotros”; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales: la Paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo. Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La  misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al hombre. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos.  En el texto, en efecto,  sobresale el tema de la nueva creación: Jesús “sopló sobre ellos”, como Yahvé cuando creó al hombre en Gen 2,7.

Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como “hombres nuevos”, llenos del aliento del Espíritu en virtud de la resurrección de Jesús, deberán continuar la misión del “Cordero que quita el pecado del mundo”: la misión de la Iglesia que continúa la obra de Cristo realiza la renovación de la humanidad como en una nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado.

En la segunda parte del texto, en el bloque compuesto por los vv. 26-27, se nos narra una experiencia similar vivida ocho días después. La primera vez Tomás, uno de los discípulos, no estaba presente y no cree en el testimonio de los otros que han visto al Señor (vv. 23-25). Quiere identificar a Jesús con las huellas de la cruz. Ocho días después otra vez están todos, incluido Tomás, y Jesús “viene” (v. 26). Es significativo el hecho que el relato utilice el verbo “venir” en presente y no en pasado: es una manera de decir que aquella experiencia se repite una y otra vez en la vida de la Iglesia.

Jesús invita a Tomás a dejar de ser apistós (no-creyente) y llegar a ser pistós (creyente).  A Tomás no se le revela en particular sino en medio de la comunidad; allí – y no en otro sitio – podrá Tomás ver al Señor y profesar su fe. Después de haber hecho experiencia personal de Jesús como los otros, Tomás cree y su profesión de fe es plena: “Señor mío y Dios mío” (cf. Sal 35,23). La fe o es experiencia o no es fe. En realidad, la resistencia de Tomás a creer revela su honestidad. Nada puede reemplazar la experiencia de un contacto personal con Cristo. Tomás no es rechazado ni por Jesús ni por la comunidad. Jesús no le critica sus dudas a Tomás, sólo lo invita a profundizar en ellas con confianza, de tal manera que llega a creer plenamente, renunciando a cualquier tipo de comprobación. Viviendo la experiencia personal de Jesús ya no siente necesidad de pruebas. Le basta saber que Jesús ha llegado a él, que lo ama y que lo invita a creer. Sólo cuando afrontamos con serenidad y honestidad nuestras dudas, sin apartarnos de la comunidad y abiertos a la experiencia personal de Jesús, maduramos en la fe. Sólo así superamos una fe superficial basada en lo que otros dicen o expresada en repetición de fórmulas frías. Tomás es un modelo de camino creyente. El camino que debemos hacer todos una y otra vez. El camino que debemos hacer pesonalmente y en comunidad para crecer en amor y fe en Jesús.

El texto concluye con unas palabras de Jesús que originalmente fueron la conclusión del evangelio de Juan antes de que le fuera añadido el capítulo 21: “Dichosos los que han creído sin haber visto” (Jn 20,29). La fe pascual en el futuro estará siempre fundamentada en el testimonio de aquellos primeros discípulos que “vieron” a Jesús y han dado testimonio de ello. Esta es la verdadera fe pascual: “todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y radiante, así recibirán la salvación, que es la meta de su fe” (1 Pe 1,8).

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