Cuando en los años
sesenta del siglo pasado se produjo una
verdadera avalancha de emancipaciones de
antiguos territorios y posesiones
coloniales y su consiguiente admisión a
las Naciones Unidas, se pensó que el
colonialismo estaba definitivamente
sepultado en la historia de la humanidad.
Lejos estábamos de imaginar que medio
siglo después asistiríamos al
renacimiento de una nueva forma de
dominación: aquélla practicada
abusivamente por la comunidad
internacional, con los auspicios de las
organizaciones creadas para velar
precisamente por el respeto y la
independencia de sus miembros.
La reciente crisis que se
produjo en Honduras con la destitución
del ex presidente Manuel Zelaya por el
Congreso Nacional, debido a las
reiteradas violaciones a
la Constitución
hondureña y al abierto desacato en que
incurrió el ex mandatario al desafiar la
autoridad de
la Corte Suprema
de Justicia y del Tribunal Supremo
Electoral, ha puesto de manifiesto que
un colonialismo de nuevo cuño está en
pleno desarrollo.
Desde un principio, la decisión soberana
y apegada a derecho por parte del Poder
Legislativo de Honduras fue calificada
antojadizamente de “golpe de Estado”, no
obstante que todo se hizo con estricto
apego a lo que dispone
la Carta Magna
y que TODOS los poderes del Estado
siguieron y continúan funcionando con
absoluta normalidad. No se produjo un
quiebre de la institucionalidad, sino
una sustitución legal y legítima del
Jefe de Estado de acuerdo con los
mecanismos previstos. Esto fue
finalmente reconocido en un informe de
la Biblioteca del
Congreso de los Estados Unidos de
América.
En un verdadero golpe de
Estado se interrumpe el funcionamiento
normal del aparato estatal. Los
militares toman el mando, ejercen el
poder absoluto y dejan de operar los
poderes Ejecutivo, Legislativo y
Judicial. En el caso de Honduras, todo
siguió funcionando normalmente y los
militares no asumieron el control del
Estado. Sin embargo,
la OEA,
la ONU,
la Unión Europea
y los países que dicen respetar el
derecho a la autodeterminación de los
pueblos—así como los que exhiben un
triste historial de violaciones
reiteradas a los derechos humanos— se
negaron a reconocer la realidad de lo
sucedido y retiraron su reconocimiento
al nuevo gobierno surgido de la decisión
soberana del Congreso hondureño.
Resulta insólito e
increíble que cuando el Istmo
centroamericano se apresta a celebrar
—en poco más de un decenio— los 200 años
de su independencia política de España,
la actual República de Honduras, surgida
del desmembramiento de
la República Federal
de Centroamérica en 1838, haya sido
relegada a la ignominiosa condición de
colonia y que la inmensa mayoría de
países pretenda inmiscuirse en asuntos
que sólo compete resolver a los
hondureños. Así vimos desde el inicio de
la crisis la sesgada actuación de
la OEA y su Secretario
General, que no tuvo la menor vacilación
en expulsar a Honduras del organismo
regional, mientras que no le tembló la
mano para indultar al régimen cubano y
reabrirle las puertas que se le habían
cerrado en 1962 —irónicamente a pedido
del gobierno de Venezuela, presidido en
ese entonces por Rómulo Betancourt— por
su injerencia en los
asuntos internos de otros países.
En el largo calvario que
ha vivido el pueblo hondureño desde el
28 de junio ha debido soportar con
estoicismo la descarada intervención de
las grandes potencias y de países como
Cuba, Venezuela y Nicaragua, cuyos
gobernantes han sometido a sus pueblos a
un centralismo antidemocrático y
totalitario. Éstos no han tenido reparo
en predicar, como fariseos, la
democracia que ellos desconocen y no
practican en sus respectivos países.
Los esfuerzos desplegados
por la comunidad internacional
culminaron con los buenos oficios del
Presidente de Costa Rica, Óscar Arias
Sánchez, quien desde un comienzo hizo
caso omiso de la imparcialidad propia de
un mediador y trató de imponer una
solución favorable al depuesto
mandatario Zelaya. Finalmente, y después
de muchas presiones y negociaciones, se
acordó que el llamado Acuerdo de San
José-Tegucigalpa sería la base para la
salida de la crisis. Como parte esencial,
se determinó que el punto medular —la
restitución de Zelaya en la presidencia—
sería resuelto por decisión del Congreso
Nacional, después de conocer la opinión
de
la Corte Suprema
de Justicia,
la Comisión Nacional de
los Derechos Humanos,
la Fiscalía y
la Procuraduría
General de
la República. Asimismo,
continuaron los preparativos para la
celebración de las elecciones generales,
de antemano previstas para el 29 de
noviembre, a fin de elegir
democráticamente y con supervisión
internacional al futuro gobernante de
Honduras.
Las elecciones, que en
los países auténticamente democráticos
constituyen la expresión de la voluntad
popular, tuvieron lugar en la fecha
estipulada y según la opinión de los
observadores acreditados, fueron libres
y transparentes. El pueblo eligió
masivamente a sus nuevas autoridades y
determinó democráticamente que el Sr.
Porfirio Lobo, candidato del Partido
Nacional, será el próximo presidente
constitucional a partir del 27 de enero
de 2010. Luego, en cumplimiento del
Acuerdo de Guaymuras, el Congreso
Nacional, después de examinar las
opiniones no vinculantes de otras
autoridades del Estado, resolvió por
aplastante mayoría ratificar la decisión
tomada el 28 de junio de 2009, es decir,
no accedió a reinstalar en el cargo al
depuesto presidente Zelaya.
¿Cuál fue la reacción de
los neocolonialistas? Negar validez al
plan que ellos mismos habían impuesto
como base de una solución negociada. El
acuerdo de someter la restitución de
Zelaya a la decisión del Congreso de
Honduras fue reinterpretado
torcidamente como que implicaba la
obligatoriedad de acatar servilmente las
directrices impartidas por Washington,
Brasilia, México, Madrid, Caracas,
Managua,
La Paz, Buenos Aires,
La Habana,
Santiago, etc., en el sentido de
aprobar la reinstalación
del depuesto mandatario. Es más, estos
gobiernos injerencistas se arrogan ahora
la “autoridad” para negar toda validez a
las elecciones realizadas el 29 de
noviembre y desconocen, por consiguiente,
la legitimidad del mandato expresado
inequívocamente por el pueblo hondureño.
¿Y
la Carta de
la ONU? ¿Y
la Carta Democrática
Interamericana? ¡Muy bien, gracias!
Algunos Jefes de Estado,
incluido un connotado ex presidente
latinoamericano, han formulado lo que
podríamos llamar la “doctrina
de la ilegitimidad de origen” para
negar el reconocimiento al nuevo
presidente electo Porfirio Lobo.
Según esta peregrina teoría —una
verdadera joyita del derecho
internacional del siglo XXI—, reconocer
el resultado de unas elecciones
democráticas, libres y transparentes,
como fueron las del pasado 29 de
noviembre, equivaldría a legitimar a un
gobierno de facto (como llaman
tozudamente al del presidente
constitucional interino Roberto
Micheletti). Confunden, sencillamente,
el sebo con la manteca, sin pensar que
ese nuevo “aporte” al derecho de gentes
podría volverse como bumerang en su
contra.
Las elecciones recién
celebradas fueron convocadas de acuerdo
con el calendario establecido por el
Tribunal Supremo Electoral de Honduras
durante la presidencia de Manuel Zelaya,
se realizaron en la fecha prevista y con
supervisión internacional. Ahora bien,
¿se atreverían los detractores del
triunfo de Porfirio Lobo a sostener, por
ejemplo, que la elección de doña Violeta
de Chamorro en
1990 a la
presidencia de Nicaragua fue ilegítima
porque había sido organizada por un
gobierno golpista como el sandinista?
¿Y qué decir del referéndum
celebrado en 1988 y la subsiguiente
elección presidencial en Chile en 1989,
ambos convocados por el gobierno de
Pinochet, que llevaron al poder a la
actual Concertación en 1990? ¿Podría
alguien sensato afirmar que el
reconocimiento al gobierno del
presidente Patricio Aylwin avaló y
legitimó el golpe militar de 1973?
La
República
de Honduras se convierte de esta manera
en la primera colonia del siglo XXI,
sometida al arbitrio de quienes se dicen
—de boca— respetuosos
y garantes del
derecho internacional público. Hoy por
hoy, pretenden que
Honduras se convierta en paria de la
comunidad internacional, que se cree con
el derecho de tutelar y dirigir la
política interna del país e imponer
arbitrariamente decisiones que única y
exclusivamente el pueblo soberano de
Honduras puede y debe tomar.