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En Honduras ha
perdido y ganado la democracia.
Ha perdido porque ahí hubo el 28 de
junio pasado un golpe de Estado
inocultable.
Ha perdido porque se ha devuelto a los
militares el papel de árbitros de la
política.
Ha perdido porque se ha establecido un
precedente nefasto.
Ha perdido porque pese a la enorme
presión de la comunidad internacional,
no se logró revertir ese golpe de
Estado, lo que implicaba la restitución
del Presidente Manuel Zelaya, aunque
fuese en las condiciones limitadas de
tiempo y facultades que implicaba el
Acuerdo Tegucigalpa-San José, alcanzado
a finales de octubre.
Pero también ha ganado la democracia.
Ha ganado la democracia porque nunca
había habido un activismo tan amplio,
plural e intenso de la comunidad
internacional, en defensa de la
democracia en un determinado país. El
carácter supranacional de los derechos
democráticos ha quedado fortalecido y
evidenciado. Aunque Daniel Ortega diga
lo contrario, ya nadie podrá alegar que
la existencia o no de los derechos y
garantías democráticas es un asunto
interno de cada país. Y recuérdese que
Daniel Ortega encabezó, desde el propio
28 de junio, la demanda por el
restablecimiento de la democracia en
Honduras.
Ha ganado la democracia, porque el
debate que se abrió sobre Honduras puso
en evidencia que hay otras formas, un
poco más sutiles que los golpes de
Estado militares, pero no menos
efectivas, de matar la democracia: los
casos de Presidentes elegidos
democráticamente, y que una vez
instalados comienzan a manipular las
instituciones para ir suprimiendo los
espacios democráticos. Es lo que ha
ocurrido en Venezuela y está ocurriendo
en Nicaragua. Es lo que se ha venido en
llamar “golpes desde el Estado”, y sobre
lo cual comentamos en una edición
reciente de este programa.
Precisamente el activismo de Ortega y
Chávez detrás de la demanda del
Presidente Zelaya para ser restituido,
es lo que explica el relativo fracaso de
la comunidad internacional, por las
siguientes dos razones.
Primero, el temor de una gran parte de
la población hondureña a que Zelaya
regresara a hacer en Honduras lo que
Ortega y Chávez están haciendo en
Nicaragua y Venezuela, explica el
respaldo que tuvo el golpe de Estado y
la capacidad de los golpistas de
resistir la presión internacional. Sin
tanto respaldo interno, no hubieran
tenido la capacidad de resistencia que
han tenido.
Segundo, la ambigüedad de Zelaya que
penduló entre la opción insurreccional o
de fuerza que impulsaban Ortega y Chávez,
y la propuesta de la comunidad
internacional concretada en Plan del
Presidente Arias, plan que sus
negociadores declararon prematuramente
muerto, hizo menos fuerte y efectiva la
presión internacional. Esa ambigüedad
abrió a los golpistas espacios de
maniobra frente a la comunidad
internacional que, obviamente, querían
la restitución de Zelaya, pero no que
volviera triunfal del brazo de Ortega y
Chávez.
En Honduras también ha ganado la
democracia porque lograron tener unas
elecciones bajo estándares democráticos
aceptables. El más importante, porque es
el piso de la democracia, que los votos
fueron bien contados.
Que cada quién haga su balance, pero la
realidad, que es más testaruda que el
dogma, demuestra que en Honduras perdió
y ganó la democracia.
Sin disimulo antidemocrático
El primero que sin ningún disimulo
antidemocrático corrió a hacer su
balance, antes incluso que se realizaran
las elecciones, fue Daniel Ortega.
Tampoco disimuló su íntima satisfacción
por el fracaso en la restitución de
Zelaya, que de los dientes para afuera
decía apoyar, porque dijo que no se
viniera después a invocar en el caso de
Nicaragua la Carta Democrática
Interamericana y cosas por el estilo. Es
decir, dejó en evidencia su satisfacción
íntima con el golpe de Estado en
Honduras, porque encuentra en el mismo
una licencia para hacer lo propio en
Nicaragua.
Pero se equivoca Ortega
Se equivoca, en primer lugar, porque
cuando los reflectores de la comunidad
internacional se alejen de Honduras se
pondrán sobre Nicaragua, y al amparo de
su luz quedará en evidencia el “golpe
desde el Estado” que Ortega está
poniendo en marcha. Y golpe es golpe.
Esos reflectores ayudarán a ver que a
título de participación en Nicaragua se
está suprimiendo la representación, y
que el saldo es que no hay ni democracia
participativa ni democracia
representativa, y menos la adecuada
combinación de ambas que han logrado
algunos países exitosos.
En segundo lugar, porque el “golpe desde
el Estado” de Ortega no tiene, ni
remotamente, el respaldo interno que ha
tenido el golpe en Honduras.
La presión democrática de la comunidad
internacional tendrá en Nicaragua un
enorme apalancamiento interno. Por eso
es que hemos dicho, con seguridad
analítica y confianza política, que no
estamos frente al inicio de un largo
ciclo dictatorial de Ortega, sino frente
al inicio del fin de su largo ciclo de
poder -¡30 años!- que ha dejado una
Nicaragua pobre y atrasada.
Ya el pueblo ha empezado a decir ¡Basta
ya!, y lo mismo dirá la comunidad
internacional en su momento.
Traicionados
La foto de un excombatiente del Frente
Sandinista, esposada las manos y
gritando vivas a los mártires del ataque
guerrillero a San Carlos en octubre de
1977 en el cual participó, mientras era
desalojado de la propiedad que, por
venganza con el Padre Ernesto Cardenal,
ha sido arrebatada a sus legítimos
dueños, me recordó uno de los símbolos
más fuertes e impactantes de la marcha
del pasado 21 de noviembre.
Bajo las fotos de Sandino, Rigoberto
López Pérez, Pedro Joaquín Chamorro,
Camilo Ortega Saavedra, y otros mártires
en la lucha por la libertad, se leía una
gran manta con el rótulo: ¡Traicionados!
Así estamos todos los demócratas: ¡Traicionados....pero
no doblegados!
Menos dinero en el bolsillo
Cuando quienes me escuchan y leen
encuentren menos dinero en sus bolsillos,
y menos comida en la mesa de sus casas,
no se atareen buscando explicaciones: es,
sencillamente, porque habrá más dinero
en el bolsillo del gobierno, es decir,
de Ortega, quien maneja el presupuesto
del gobierno como caja chica personal.
Esa es la consecuencia más importante de
la reforma fiscal, por lo que no deja de
causar estupor que algunos de los que se
dicen opositores la aprobaron, o se
abstuvieron de rechazarla.
Hoy le pasan la factura al pueblo, pero
eso solamente abona el día en que sea el
pueblo quien pase la factura a sus
hambreadores. |