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Mi generación

melvin_soteloPor Melvin Sotelo

Pertenezco a la generación de adolescentes y jóvenes que luchó contra la dictadura de Somoza, que en los ochenta cargó en sus hombros la guerra. La generación que se partió en dos: mientras unos luchamos por el sueño de construir una sociedad nueva que devino en dictadura, los otros lo hacían en la Resistencia Nacional para que hubiera democracia. La generación que sufrió la división de su familia por razones políticas e ideológicas, que partió al exilio y los hijos se dispersaron en la diáspora.

La generación que durante los años ochenta gravitó en la política, a favor o en contra de la Revolución, y compartió en los años noventa la desilusión y disolución de sus proyectos; una, porque fracasó la Revolución que le dio sentido a su vida y; la otra, porque en el intento de construcción de la democracia, recorrió un camino estrecho y de corta duración, lo que impidió sus mayores frutos.

Nos han llamado la generación “destronada”, “perdida”, “fallida”, etc. posiblemente porque de los 100,000 muertos, de las decenas de miles de mutilados y de exiliados contribuimos en ambas guerras, en un alto porcentaje, y ese vacío, hoy día, es evidente. Fuimos la generación que sufrimos con más dureza el desempleo y la incertidumbre, que nos reinventamos para salir adelante. Ha sido brutal movernos entre la ilusión, el duelo y la desesperanza, pero en medio de las dificultades, hemos aprendido a adaptarnos para sobrevivir y triunfar.

Somos una generación que creció con el compromiso en su adolescencia y juventud de forjar una patria mejor, para luego enfrascarnos en resolver nuestra vida cotidiana y la de nuestros hijos. Pero también somos la generación que defiende y promueve los derechos de la mujer, de la niñez, de los indígenas, del medioambiente, de una Nicaragua rica en su diversidad, convencida que la tolerancia y la construcción de un país para todos, es lo único que puede devolvernos la esperanza.

Esta generación que ha vivido entre dictaduras y ensayo de democracia, no puede permitir que, en nuestra etapa madura, en nuestra década de los cincuenta años, se vuelva a entronizar, como pesadilla recurrente, una nueva dictadura dinástica, que nos traerá: luto, dolor, división, cárceles, sangre y sufrimiento.

Es comprensible que, en medio de tantas ilusiones y desengaños, muchos congéneres se sientan apáticos. Sin embargo, somos testigos protagónicos privilegiados con un caudal de experiencia. En nosotros se acumulan conocimientos, experiencias, resiliencia, capacidad de emprendimiento, sensibilidad social, sentido de dignidad y amor a la patria para revertir esta tendencia funesta. Tenemos todavía la fuerza, la energía y una pasión pensante para asumir el desafío y darles a nuestros hijos y nietos la patria que soñamos en la que imperen la tolerancia, la libertad y la majestuosidad de las leyes.

Invito a mi generación, a los que fuimos la tesis y la antítesis, a los que están fuera y adentro de Nicaragua a hacer la síntesis, a construir nuestra marca generacional, que será el crear en forma definitiva las fundaciones de un proyecto democrático con la sabiduría que nos dan los años, y de la mano con la generación de jóvenes, cuyo reto será la consolidación del mismo. Sobrevivimos a dos guerras, nos toca terminar con la política como continuidad de la guerra e impulsar la lucha cívica por la democracia, la paz y la prosperidad en Nicaragua.

La revolución sandinista

Sergio Simpson
Sergio Simpson

Por Sergio Simpson / Periodista

Del libro: Reflexiones críticas desde el sandinismo

Rosario Murillo, copresidenta de Nicaragua por derecho matrimonial conforme decisión partidaria del Secretario General del FSLN, aseguró que el país se encuentra en la segunda fase de la Revolución Popular Sandinista, enfrentando a oligarcas, somocistas y burgueses.

Para dar fuerza a sus palabras: el himno comunista La Internacional acompaña los actos oficiales y en los carteles con la foto de su marido presidente coloca la primera oración “Arriba los pobres del mundo”, referente marxista.

La revolución de los años 80 fue sustentada con base en ideario sandinista analizado desde la teoría científica marxista, según leí de Carlos Fonseca y Ricardo Morales Avilés. Sin embargo, tengo sensatas dudas de ese sandinismo y marxismo por la práctica y los resultados de aquel entonces y lo que hoy es el FSLN, revuelto en contradicciones más ideológicas que antaño: los adinerados del partido deciden más que los pobres. Para no mostrarme intransigente ni ofender a los fanáticos no afirmo que son los únicos que deciden.

No me venga con el cuento de que siempre hubo oligarcas y burgueses en el FSLN, porque es de unidad nacional, pluriclasista, plurirreligoso. Ese es un argumento manipulador y oportunista. Se afirmó que era táctico involucrar a la oligarquía, a la burguesía, en la lucha contra Somoza, aprovechar sus conflictos económicos

No dijeron pensar y vivir como ellos.

Pero, aclaro un aspecto, no creo que sean totalmente burgueses, más bien los veo en un estadio superior del feudalismo. Me remito a la valoración sobre la burguesía en el Manifiesto Comunista, redactado por Marx y Engels:

“Dondequiera que se instauró (la burguesía) echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero constante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación”.

Ahora leamos lo que la ciencia política llama oligarquía: “Es una forma de gobierno en que el poder supremo está en manos de unas pocas personas. Los escritores políticos de la antigua Grecia emplearon el término para designar la forma degenerada de aristocracia (literalmente, gobierno de los mejores). La oligarquía surgirá cuando la sucesión de un sistema aristocrático se perpetúe por transferencia sanguínea o mítica, sin que las cualidades éticas y de dirección de los mejores surjan como mérito reconocido por la comunidad. Los oligarcas dueños de propiedades, de tierras o de grandes acumulaciones de dinero son poseedores de fuerza en la dirección política gracias a sus fuertes influencias económicas, habitualmente carentes de lucidez, reflexión y moderación”.

La mezcla contradictoria en el FSLN

Este juego de definiciones de clases e ideologías indica que el FSLN se encuentra en un estadio (alto, medio y bajo) donde convergen corrientes oligarcas, burguesas y proletarias. Pero dejemos los axiomas a los intelectuales. En el FSLN dominan los adinerados. Por tanto es necesario que los proletarios, los pobres, estén arriba en la organización decidiendo lo que quieren para su presente y futuro, y no abajo esperando dádivas de los dioses.

Ahora, específicamente, una de las corrientes tácticas en la que se dividió el FSLN en los setenta, la Tercerista, argumentó que en el triunfo de 1979 fue muy importante, relevante políticamente, la participación de las clases potentadas. Pero no sólo en la lucha contra Somoza, también fueron significativas ocupando altos cargos durante los 80, y desde los 90 para acá se volvieron más fuertes política, económica y emocionalmente por sus vínculos sanguíneos y consanguíneos en la estructura de dirección del partido.

Carlos Fonseca aseguró: “No es simplemente una cuestión de cambiar los individuos en el poder, sino de cambiar el sistema de explotación y alcanzar la victoria de las clases explotadas”. Ese es un razonamiento marxista que el Secretario General del FSLN acompaña con estipulaciones del comportamiento de una persona revolucionaria:

“Sabe que la corrección ideológica no vale nada sin una consecuente conducta práctica, pero una conducta práctica positiva es insuficiente si no está acompañada de una definición ideológica revolucionaria. Sólo (la) vinculación intensa con los trabajadores contribuye a su verdadera educación política.”

Los cooptados por el sistema capitalista

Sobre la conducta revolucionaria también es justo leer a Erich Fromm (nadie lo puede calificar de derecha). Es importante en esta “segunda fase de la revolución” reflexionar nada más los siguientes dos párrafos escritos por él:

“Las luchas por la libertad fueron sostenidas por los oprimidos, por aquellos que buscaban nuevas libertades, en oposición con los que tenían privilegios que defender. Al luchar una clase por su propia liberación del dominio ajeno creía hacerlo por la libertad humana como tal y, por consiguiente, podía invocar un ideal y expresar aquella inspiración a la libertad que se halla arraigada en todos los oprimidos.

Sin embargo, en las largas y virtualmente incesantes batallas por la libertad, las clases que en una determinada etapa habían combatido contra la opresión se alineaban junto a los enemigos de la libertad cuando ésta había sido ganada y les era preciso defender los privilegios recién adquiridos”.

Para hablar de revolución el FSLN debe erradicar el comportamiento oligarca, burgués y somocista de muchos de sus miembros y dirigentes. Dedicarse a la formación ideológica del partido con base en la teoría científica y el ideario sandinista, y así lograr armonía, consecuencia entre lo que se dice en las plazas y se actúa cotidiano. Los enemigos se encuentran dentro del FSLN y hasta lo dirigen en algún círculo de poder.

Déjense de evasivas y demagogias.

En ese 38% que votamos por el FSLN existen personas valiosas que han sido vilipendiadas y marginadas por esos enemigos de la revolución. Los infiltrados, aduladores o reconvertidos son hábiles para caer en gracia siempre. Incapaces unos de poner en riesgo los privilegios que obtuvieron en los 80 desde sus escritorios, y otros, o los mismos, acumulando capital propio cuando se dijo que era del partido, del colectivo, para financiar mediante préstamos a esos pobres combatientes que no alcanzaron en la repartidera del noventa.

Hay enemigos dentro del FSLN

Esos enemigos son quienes brincan y se ofenden cuando escuchan o leen las verdades. Son los culpables de que se deban asolear los trapos en público porque con artimañas y poder del dinero no lo permiten en la casa del partido. Son los que, reluciendo la inmoralidad que se combatía antaño, ofrecen pagarte por lealtad a ellos, cuando la lealtad es con los principios revolucionarios, con la organización que construimos arriesgando la vida unos y entregándola otros miles.

Carlos Marx y Federico Engels fueron científicos sociales, ilustres pensadores a quienes debemos estudiar. No son para levantarlos como símbolos aprovechando el descontento de la clase oprimida y manipular un ideal, un emblema, que persiste en la memoria, en la ansiedad por el pasado que pudo ser mejor de lo que fue. Es teoría que nos ayudará a salir verdaderamente de la pobreza. Es filosofía y como tal nos da sabiduría.

Desde la fundación del FSLN han transcurrido 46 años, casi medio siglo de batalla. Es hora de dejar el espectáculo circense, tradición de la politiquería a la cual, supuestamente, se combate para erradicar por ser el mal que ha empobrecido al 80% de nicaragüenses.

¡Que suban los pobres!

Pero, fundamentalmente tengamos presente, para que no nos manipulen, lo que en el Manifiesto Comunista escribieron Marx y Engels: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.” No hay variante.

Se pregunta por Nicaragua

Sergio Ramírez Mercado
Sergio Ramírez Mercado

Por Sergio Ramírez M.

Tomado del diario La Prensa de Nicaragua

La primera pregunta que escucho acerca de Nicaragua, es en qué se parece esta segunda etapa de la revolución a la primera. Es lo que he oído a los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Madrid, y a los de la Universidad de los Ozarks, en Arkansas, en los últimos días. Mi repuesta es que no hay tal segunda etapa de la revolución. La revolución comenzó con el derrocamiento de la dictadura de la familia Somoza en 1979, y terminó con las elecciones de 1990, que el Frente Sandinista perdió, hace ya veinticinco años, frente a una coalición de partidos de oposición que llevaba como candidata a doña Violeta Barrios de Chamorro.

La pregunta es justa, porque se basa en el hecho de que Daniel Ortega, presidente sandinista de los años ochenta, lo es hoy otra vez, a partir de las elecciones de 2006, cuando ganó por el 38 por ciento de los votos, y luego fue reelegido en 2011. Ahora no sabemos si será candidato de nuevo, o lo será su esposa, que gobierna junto con él.

El poder actual pretende envolverse en la misma retórica revolucionaria de aquellos años. Pero se trata de un discurso que suena a imitación, o falsificación. Imperialismo, burguesía, soberanía nacional, socialismo, son palabras de ese viejo diccionario que perdieron su significado, porque el mismo poder se lo ha quitado. O hay que leer ese discurso al revés, como si fuera todo lo contrario.

Lo que existe es un régimen familiar que busca perpetuarse de manera indefinida. Los pobres siguen igual de pobres, desorientados por las políticas populistas del gobierno. Hemos regresado al viejo caudillismo, que ha sido la tradición política de Nicaragua desde el siglo diecinueve, una sola persona en el poder que junto con su familia lo controla todo.

No hay ningún traslado real de la riqueza a manos de los más desamparados. El 48 por ciento de la población subsiste con menos de 2 dólares al día, y de entre ellos, la mitad subsiste con menos de 1 dólar al día. Nicaragua ocupa uno de los tres últimos lugares en los índices de miseria de América Latina, junto con Haití y Honduras.

El discurso de defensa a ultranza de la soberanía nacional en contra del imperialismo yanqui no es más que humo. Los intereses de la seguridad nacional de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe no tienen ya nada que ver con la antigua guerra fría, como lo demuestra el inicio de la normalización de relaciones con Cuba.

En un artículo publicado recientemente en Blomberg, se cita a William Brownfield, subsecretario de Estado para Narcóticos, diciendo que “los esfuerzos del gobierno de Nicaragua para proteger a su pueblo y su territorio de las actividades de los traficantes de droga han sido muy positivos”, lo cual es más importante, afirma, que los “diversos elementos complicados” en las relaciones de Estados Unidos con Nicaragua. La cooperación para detener cargamentos de drogas es lo estratégico en estas relaciones, no la democracia.

Esta posición demuestra que la progresiva desaparición del sistema democrático en Nicaragua no es motivo de preocupación de Estados Unidos, ni tampoco de ningún país relevante, en un mundo conmocionado por la amenaza del terrorismo yihadista y el Califato Islámico, igual que por el creciente poder de los carteles internacionales de la droga.

El credo del general Sandino, que inspiró la lucha del Frente Sandinista, estuvo basado en tres principios básicos: soberanía nacional, democracia, y justicia económica. En su resistencia contra las tropas de ocupación de Estados Unidos hasta que logró su salida de Nicaragua, la defensa de la soberanía nacional fue lo más relevante. Y ahora ha sido entregada a China.

La idea de la construcción de un Canal Interoceánico ha gravitado sobre nuestra historia desde los tiempos de la colonia, y Estados Unidos le impuso a Nicaragua un tratado en 1914 para construir ese Canal, algo que nunca hizo. Ahora, Wang Jing, un desconocido millonario de Beijing, cien años después, es el nuevo amo y señor de la soberanía nicaragüense, como concesionario del Canal a través del Tratado Ortega-Wang, con duración de cien años.

Ortega ha sabido tocar un resorte de esperanza muy antiguo en el alma de los nicaragüenses. Cuando la construcción del Canal se anunció en 2013, se prometió la creación de un millón de nuevos puestos de trabajo, una cifra estrafalaria.

Ahora ha sido reducida a 30,000 empleos de baja categoría, mientras los puestos mejor calificados serían para los chinos que llegarían masivamente al país para hacerse cargo de las obras.

La revista The Economist, en un análisis del estado democrático en el mundo, divide a los países entre democracias plenas e imperfectas, y regímenes autoritarios e híbridos. Nicaragua es enlistada entre los “regímenes híbridos”. En estos sistemas, afirma el análisis, existen irregularidades sustanciales en las elecciones que usualmente las alejan de ser libres o justas, y serias debilidades institucionales, mayores a las que tienen las democracias imperfectas. En este mismo grupo estarían también Ecuador, Honduras, Guatemala y Bolivia. Solo dos países de América Latina, Uruguay y Costa Rica, califican como “democracias plenas”.

Pero la frontera entre regímenes autoritarios y regímenes híbridos es muy tenue, y ya Nicaragua ha avanzado no pocos pasos para adentrarse en ese oscuro territorio de la ausencia de democracia. Ortega, o su esposa, se impondrán de cualquier manera en las elecciones presidenciales de 2016.

Pero los gobiernos familiares han terminado siempre en grandes desastres políticos. Las tensiones empezarán a manifestarse y crecerán en la medida en que las esperanzas creadas por el discurso populista de Ortega se agoten, sobre todo con el final de la cooperación de Venezuela, que debe enfrentar los bajos precios del petróleo, el desabastecimiento, la inflación, y una crecida deuda externa de corto plazo.

Y otro punto importante de inflexión será el fracaso del proyecto del Canal, percibido hoy como una gran esperanza, y que se convertirá en frustración cuando el tiempo demuestre que no era sino un invento desalmado.

El autor es escritor. Cartagena de Indias, marzo 2015.
www.sergioramirez.com
www.facebook.com/escritorsergioramirez

El fracaso de los 35 años de orteguismo

el_pulso_de_la_semanaPor Edmundo Jarquín

¿Autoritarismo responsable?

Conversaba hace tres días con un extranjero interesado en la situación de nuestro país, quien se preguntaba por qué, si yo hablaba de autoritarismo en el gobierno de Ortega, en este país no había presos políticos.

“Pero los habrá, como ya ha habido muertos y heridos por la represión”, le contesté.

A continuación le di la explicación general sobre las nuevas modalidades del autoritarismo: bajo las condiciones internacionales actuales, al menos las prevalecientes en esta región del mundo, ya no hay cabida para las viejas dictaduras castrenses como se solían conocer en América Latina. Hace mucho tiempo, en el siglo XIX y buena parte del XX, el aislamiento de los países era tal que los condicionamientos internacionales frente a las dictaduras de entonces prácticamente no existían, además que la noción contemporánea de los derechos humanos y de la democracia no tenía la fuerza e importancia que adquirió después de la segunda guerra mundial. Posteriormente, porque al amparo de la guerra fría, en nuestro hemisferio hubo entre los Estados Unidos y los dictadores un pacto bastante explícito, basado en el principio de “mayor seguridad anticomunista, menor democracia”, independientemente de lo consagrado en tratados internacionales como el de la Organización de los Estados Americanos (OEA), precisamente fundada al filo del fin de la guerra mundial.

Ahora la situación es diferente, y aunque hay una creciente tolerancia internacional frente a los autoritarismos, en nombre del pragmatismo y de una realidad internacional diversificada, en que hay actores de gran importancia -como China y Rusia- con gobiernos autoritarios e incluso totalitarios, en nuestro hemisferio los regímenes autoritarios están obligados a guardar ciertas apariencias democráticas. Es lo que ocurre en Nicaragua, le dije, y le agregué que el gobierno de Ortega no había vacilado en reprimir violentamente cuando lo consideraba necesario.

Ni mi interlocutor ni yo sabíamos que a la misma hora que conversábamos, un pequeñísimo grupo de jóvenes mujeres que protestaban frente al Consejo Supremo Electoral (CSE) fueron brutalmente agredidas por las fuerzas de choque del orteguismo. De la represión del caso, como ya ha ocurrido en otras ocasiones, no escaparon periodistas del Canal 12 y La Prensa que cubrían el hecho, y también, como en otras ocasiones, la represión se hizo a vista y paciencia -y consecuente complicidad- de la Policía Nacional. Quedaron fotos y videos en los cuales se puede con absoluta facilidad identificar a los agresores -supuestamente algunos de ellos expolicías- pero la Policía no hizo nada.

Como el visitante reconocía los aceptables niveles de seguridad ciudadana que hay en nuestro país -que, por lo demás, ya existían antes del gobierno de Ortega, pero en democracia- le dije que para quienes nos oponemos políticamente al gobierno, no hay tal seguridad ciudadana.

¿En qué, podría preguntarse el amigo extranjero, esa pequeñísima manifestación de protesta arriesgaba la estabilidad del régimen como para usar tal represión? La respuesta a la pregunta devela el contrasentido de aplicar adjetivos benignos al autoritarismo – que si responsable, que si bueno, que si consensual, que si concertador, que si dialogante- porque todas esas son máscaras que se caen estrepitosamente cuando se desafía, por pequeño que sea el desafío, su esencia: la intolerancia.

Un régimen autoritario será tan dialogante, concertador, consensual, benigno, como le convenga. El problema está en que cuando, como en nuestro caso, el régimen autoritario además de personal es familiar y tiene pretensiones dinásticas, y hay una confusión creciente entre los intereses públicos y los intereses particulares del gobernante y de su círculo inmediato, la franja de conveniencia del régimen se va ensanchando más allá del poder político, y en la misma medida la franja de conveniencia de los demás se va inexorablemente disminuyendo, porque consustancial a la intolerancia es la exclusión de los demás, ya sea política o empresarial.

La desproporción entre la pequeña protesta que comentamos, y la represión que le cayó encima, solamente se explica porque el gobierno no quería que nadie le desluciera la puesta en escena del aniversario del 19 de julio, que es cada vez más una efeméride orteguista que sandinista.

La protesta era un pequeñísimo arañazo a la estética de un poder endiosado, pero así ocurre cuando los hombres se creen dioses.

Lo que en verdad desluce el 19 de julio

Lo que en verdad desluce al 35 aniversario del 19 de julio es el saldo que Ortega entrega después de treinta y cinco años gobernando desde arriba y desde abajo.

La más última encuesta publicada esta semana confirma lo que todas las demás encuestas dicen: para tres de cada cuatro nicaragüenses, el 75% de la población, su principal problema es económico, cifra en la cual se mezclan problemas relacionados de empleo, salario y pobreza.

Pero hay algo peor, pues podría estar revelando una tendencia a un mayor deterioro: entre diciembre del año pasado, el porcentaje de encuestados que consideran que la situación económica no es solamente mala, sino pésima, se ha casi duplicado al pasar del 18% al 14%.

¿A quién echará la culpa Ortega en su discurso de hoy? ¿O desconocerá la realidad y la endulzará con promesas?

Es cierto que, como dice el evangelio, no solamente de pan vive el hombre, pero sin pan tampoco vive.

Un saldo lamentable

Editorial del diario La Nación de Costa Rica, del 19 de julio de 2014

  • A 35 años de la caída de Somoza, el sueño democrático está secuestrado
  • La corrupción se ha convertido en la principal variable de poder

Al conmemorarse, hoy, 35 años de la caída del dictador Anastasio Somoza Debayle, última encarnación de la dinastía familiar que usurpó el poder en Nicaragua desde 1936, el balance histórico muestra un saldo en extremo negativo. En él se combinan las promesas incumplidas, las esperanzas frustradas, las ilusiones destruidas, la transmutación de los ideales en corrupción y, sobre todo, la lamentable pérdida de una gran oportunidad para que el país evolucionara hacia el objetivo declarado entonces y burlado con los años: forjar una democracia justa, robusta e incluyente, construir instituciones legítimas y transparentes, promover el desarrollo y avanzar hacia el bienestar integral de todos los nicaragüenses.

En estas tres décadas y media, Daniel Ortega ha ocupado el poder por casi 20 años, gracias a una mezcla de variable apoyo popular, clientelismo, pactos espurios con sectores de la oposición, manipulación de las instituciones, arreglos oportunistas con el gran capital, complicidad de jerarcas de la Iglesia católica, debilidad y divisiones entre otros partidos políticos, y un cerco a las organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación independientes.

Su permanencia en el poder ha sido superior a la de cualquiera de los Somoza, e indica que el sandinismo dejó hace muchos años de ser una fuerza política transformadora, y se convirtió en una maquinaria para llegar al poder y mantenerse en él. Desde ese poder realiza jugosos negocios, cuyos beneficios se quedan en una élite compuesta por los tradicionales dueños del capital nicaragüense y los tradicionales comandantes de una revolución frustrada: una especie de somocismo bis.

Hoy, según datos de entidades internacionales, más del 40% de la población nicaragüense vive bajo la línea de pobreza, el desempleo supera este porcentaje, apenas un 12% tiene acceso a la seguridad social en salud, y el país ocupa el número 129 en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, por debajo de Honduras y solo mejor que Guatemala y Haití en América Latina.

Se han producido avances marginales en salud pública, extensión en la educación primaria, mejoras en la participación de las mujeres en la vida nacional, políticas de seguridad interna razonablemente exitosas, e incrementos en la inversión extranjera directa en sectores intensivos en mano de obra no calificada. Sin embargo, todos esos pasos, modestos, podrían haber sido avances sustanciales dentro de un marco realmente democrático y transparente. Esta fue la esperanza en 1979, muy pronto burlada, y la ilusión que renació en 1990, tras la elección de la impecable demócrata Violeta Barrios de Chamorro. Tras ella, sin embargo, llegó al poder Arnoldo Alemán, del Partido Constitucionalista Liberal (PCL), que se escindió durante el gobierno de su sucesor, Enrique Bolaños, y abrió paso al funesto “pacto” Alemán-Ortega, que implicó la sumisión de las débiles instituciones a sus intereses personales.

En el 2006, Daniel Ortega ganó la presidencia con apenas el 38% de los votos, y montó el engranaje para perpetuarse en ella. Hoy, gracias a las presiones y manipulaciones institucionales, la Constitución de Nicaragua autoriza la reelección indefinida, en la que está estampado el nombre del comandante. Y, mientras hacia el exterior enarbola una hueca y superada retórica de marxista y defiende un nacionalismo que ha implicado agredir a Costa Rica, hacia el interior practica un capitalismo de componendas personales, con mezclas de proyectos desbordados y quizá irrealizables (“el Gran Canal”, entre ellos), y presiones constantes sobre sus opositores.

“Somoza gobernaba con 80% de represión y 20% de corrupción”, dijo, hace algunos años, Emilio Álvarez Montalván, una de las conciencias más lúcidas de Nicaragua, fallecido el pasado 2 de julio, para agregar: “Ahora los porcentajes se han invertido”.

Los nicaragüenses merecen otra fórmula: honestidad, democracia, transparencia, justicia, progreso económico y social, y buena vecindad. Por esos valores han luchado durante más de un siglo, en ellos descansa su vigor cívico, y de ellos se nutren sus mejores líderes y surge la inspiración de enormes sectores de los ciudadanos. Desgraciadamente, a 35 años de la gran oportunidad, su potencial no ha cuajado. Peor aún, no hay señales de que logre hacerlo ni siquiera a medio plazo.